
Como en muchas otras culturas, también en ese Estado, se acostumbraba a conceder un último deseo a quien iba a enfrentar su desenlace final, fue por esta razón que el rey aceptó escucharle. “Su alteza, si perdona mi vida, me comprometo a enseñarle a hablar a su mejor caballo”, propuso, agregando que el proceso “solo le llevaría cuatro años”.
El rey, con curiosidad y codicia, pues ningún otro reino contaba con un caballo parlante, acepta la propuesta, pero previene que si no cumple en el plazo previsto con lo prometido sufriría terribles torturas antes de su ejecución. El joven acepta el desafío y el verdugo desmonta el escenario.
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Mientras tanto, un anciano, alojado en la celda contigua, atendía perplejo la conversación. Apenas retirado el rey y su guardia, corre al encuentro del joven y le pregunta “¿Has hecho hablar a un caballo antes?, recibiendo un “No” como respuesta. ¿Cómo cumplirías tu parte del trato? Terribles torturas te esperaran. Sin embargo, la mirada del joven era calma y serena. Había comenzado ese día pensando que sería el último. Ahora tenía más tiempo.
En cinco años el rey podría decretar un jubileo y dejar libres a todos los presos. O tal vez el rey se muere y quien lo suceda olvide el acuerdo. El reino podría ser invadido por otro o quizás el que moría era él mismo, extinguiendo la muerte su obligación contractual, o ¿Por qué no?, quizás el caballo hable.
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Este antiguo cuento, atribuido al saber popular, sirve de ejemplo para entender la magnitud de la crisis política y económica en la que se enfrenta la Argentina en estos tiempos.
Paralelismo con la economía argentina
Buscando un paralelismo con el cuento, el rey está representado por todos los argentinos, que damos oportunidades a quienes prometen soluciones mágicas, a pesar de haberlas probado antes, sin resultados favorables. A diferencia del pasado reciente, las nuevas propuestas parecen ser más ortodoxas que las anteriores.
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Los caballos parlanchines de la dolarización o la demolición del Banco Central de la República Argentina han quedado en segundo plano en el discurso luego del triunfo en el balotaje de Javier Milei, destacando que su gestión se fundará en el respeto a la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos, el ordenamiento cambiario y la reducción del gasto público.
Al igual que en la historia, el anciano prisionero que ve atónito la propuesta encuentra un espejo en todos aquellos que con sentido común y algo de experiencia, se sospecha de la viabilidad de algunas de las propuestas trascendidas durante la campaña.
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Los países crecen por medio de la inversión privada, la competencia, la justicia, y el trabajo, ¿Estará la sociedad Argentina preparada para esto? Una vez más, tenemos la oportunidad de encarar los cambios que deben realizarse.

Los modelos dominados por medidas de corto plazo con beneficios efímeros pero inmediatos, y secuelas negativas menos instantáneas y más permanentes parecen haberse agotado.
Durante décadas los argentinos hemos jugado el rol del rey de esta historia, viendo como jóvenes prisioneros nos hicieron el cuento de que con el tiempo el caballo hablaría.
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El pueblo rey aceptó mayoritariamente las propuestas que el presidente electo Javier Milei había formulado, siendo, ahora, prisionero de ellas.
La historia de la Argentina está plagada de falsos profetas que con políticas estrafalarias intentaron sortear el camino de la racionalidad y el esfuerzo como motor del crecimiento y desarrollo individual y colectivo.
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Este artículo es una adaptación de otro similar, escrito en ocasión del nombramiento del ex ministro de Economía Martín Guzmán previniendo sobre el fracaso de los controles de precios y manipulaciones cambiarias.
En esta oportunidad, la intención es recordar cómo han terminado las sucesivas reediciones de este cuento. Ninguno de los prisioneros que prometieron hacer hablar al caballo fueron exitosos.
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El autor es director en Fundación Iberoamericana de Telemedicina
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