No soy un orco, soy argentino

Todos tenemos diferencias legítimas, pero deberíamos poder resolverlas con un mínimo grado de civilización. ¿Hasta dónde hay que aguantar?

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Juan Grabois (Crédito: Aglaplata)
Juan Grabois (Crédito: Aglaplata)

Nací en Argentina y cuando me toque la hora, acá me quiero morir. Caminando, porque soy argentino, ciudadano y ser humano. No soy un orco. Voy a vivir transitando la calle, en Lanús o Barrio Norte. Me voy a tomar el Belgrano Norte de Boulogne hasta Retiro, un auto, el subte, el colectivo; y si tengo que viajar en avión, me vas a ver en la fila de migraciones.

Gritá todo lo que quieras. Si me invitan un café en Palermo, ahí me vas a ver sentado. O tomando mate con mucha azúcar en Fiorito, un api morado en Villa Celina en Tabac con Calamaro, tereré en con los Guaraníes en Misiones y curanto con los Mapuches en Chubut. Comiendo un dorado pescador en Corrientes, bebiendo una gaseosa entre cartones, un guiso en el comedor del Bajo Flores con los vendedores ambulantes y los costureros, mate cocido con la gente en situación de calle o en las Casas Comunitarias de los pibes que dejaron el consumo.

También fumando un cigarrillo con los Liberados que dejaron la cárcel y se quieren rescatar, comiendo pollo con papas en la navidad de los pobres en Congreso, jugando al pool en Vicente López con mis amigos de la vida, dando clases en la UBA o un curso en la Austral, en Tribunales con mis defendidos, vendiendo mis libros.

En la cancha del Ciclón, en el cine, el teatro, en un recital. En las marchas, las protestas, las reuniones. En los actos partidarios, en las redes, la tv y los diarios cuando haga falta. Defendiendo nuestras convicciones, la reforma agraria para que la tierra sea de quien la trabaja, para cuidar la Madre Tierra y para recuperar la soberanía del Lago Escondido y todos nuestros territorios usurpados por las multinacionales del saqueo. La reforma urbana para que cada familia tenga un techo y las ciudades y las tierras no sean de los especuladores. La economía popular para que cada trabajador que se inventa su trabajo tenga un salario social complementario, derechos laborales, herramientas y maquinaria subsidiadas por el Estado si hace falta que financie sus cooperativas y asociaciones.

En las ciudades, los pueblos y el campo. Sí, que las subsidie, con los impuestos que deben pagar los más ricos de la sociedad, con las regalías que deben salir, de los bienes comunes como el litio, los minerales, el agronegocio y el petróleo. Porque la redistribución de la riqueza y la justicia social, que para vos son aberración, son nuestras ideas y principios que surgen del destino universal de los bienes. De la creación colectiva de la riqueza que es doctrina humanista y tenemos derecho a defenderla; como vos tenés derecho a criticarlas y combatirla.

Voy a aguantar todas tus agresiones con la paciencia que Dios me dé en cada momento, que espero que sea mucha, porque no quiero engendrar más violencia. Voy a aguantar tus injurias, que son mentiras que reproducen mentiras previas, siempre las mismas sin una sola prueba. Mentiras reiteradas mil veces, porque miente, miente que algo queda: “Gerente de la pobreza”, “chorro” son mentiras o amenazas, un poco contradictorias. “No vas a poder caminar por la calle”. Eso me lo podés decir, precisamente, porque estoy en la calle, a tu alcance. “Estás regalado”, como dijo ese militar retirado.

Me las voy a aguantar como pueda, a veces mejor, a veces peor. Voy a tener paciencia, aunque me indigne tu cobardía, la impunidad de tu anonimato. Si estoy con un niño, familiar, con una persona mayor, deberías refrenarte. Si tenés una gota de conciencia, es un límite civilizatorio básico; Ahí la paciencia encuentra un límite; Ahí es cuando pienso: ¿Hasta dónde hay que aguantar? En cualquier caso, lo que no vas a lograr es que baje la mirada.

No me vas a ver con miedo, no me vas a ver humillado ni avergonzado de mí mismo ni de nuestra obra colectiva. No me vas a ver renegar de nuestras ideas. Cambiar si, porque el que no cambia es necio, pero nunca renegado, porque nos torcieron el brazo a base de amenazas y agresiones. Y le pido perdón a mis compañeros, mis amigos, mi familia que haga esto personal porque ellos la sufren más que yo.

En este país no hay orcos ni elfos. Somos todos seres humanos. Nosotros y ustedes somos hermanos y hermanas enfrentados muchas veces sin sentido. Otras veces por diferencias: diferencias legítimas, de ideas, de intereses que deberíamos poder resolver con un mínimo grado de civilización. Ni digo tomando té con masas, pero sin personalizar cada conflicto, porque los conflictos existen siempre. No tienen que terminar en violencia. Para eso está la política, la protesta, la batalla de ideas. No tienen que terminar a las piñas. Nadie tiene que poner en juego su integridad, ni física, psíquica, espiritual. Ni la de otro compatriota.

Que nadie se crea un elfo luchando contra un orco. Que ningún dirigente mande a juventudes a romper protestas enfrentando pueblo contra pueblo y avivando un fuego que a él no lo va a quemar. No voy a ser yo el que alimente esa violencia, tampoco voy a callarme lo que pienso. Ni dejar de defender los derechos de los más débiles, ni abdicar de mis propios derechos como ciudadano. No voy a dejar que me disciplinen ni que así disciplinen a otros. Voy a seguir caminando. Me van a seguir viendo. Y ojalá dejen de ver un orco, porque soy un ser humano como vos y como todos.