Es común escuchar a los docentes decir que los/as estudiantes cada vez están más irreverentes o que les resulta casi imposible dar clases y, si bien hay algo de verdad en ello, la cuestión será prestar atención a lo que sucede en el aula y a como nos relacionamos con los adolescentes a fin de mejorar la convivencia.
Los/as estudiantes también reclaman respeto, esto es, un trato recíproco e igualitario. Al momento de trabajar con jóvenes es importante no quebrar la noción de reciprocidad en tanto somos sujetos y considerar la valía social de estos, es decir, la valoración de su existencia para que cada estudiante se sienta mirado por su docente de manera más amorosa y que la escuela sea el espacio donde la palabra cobre valor y peso para resolver los problemas.
Muchas veces los conflictos emergen cuando se quiebra esa reciprocidad, cuando el/la docente descalifica o cuando hace algo que el alumno no tiene permitido en el aula. En este sentido, es importante señalar la necesidad de romper con la mirada adultocéntrica en la escuela y trabajar entre todos en la construcción de normas para que cada uno pueda sentirse parte y que el respeto sea recíproco. Es sabido que las “broncas” más que desaparecer se reactualizan en emociones que pueden convertirse en nuevas violencias.
Bleichmar (2005) sostiene que el espacio escolar, y las sociabilidades que allí se despliegan, son instancias que habilitan u obstaculizan identificaciones vinculadas a la solidaridad, el cuidado y el reconocimiento del otro en tanto semejante; entonces, la escuela es el lugar para pensar en forma colectiva los vínculos.
A su vez, los jóvenes valoran la intervención activa de los profesores ante situaciones de conflictividad entre ellos, por ende, el docente se convierte en un agente mediador. Ser adulto referente es acompañar, abrazar. Al decir de Freud, “mediante palabras puede un hombre hacer dichoso a otro o empujarlo a la desesperación”
En este sentido, para favorecer la construcción del vínculo con los/as estudiantes es necesario generar confianza. Confiar implica la posibilidad de anticipar lo que puede suceder, lo que esperamos de las demás personas y también habilitar el diálogo; sin confianza nos transformamos en víctima de miedos y temores que pueden llegar a ser paralizantes. Mutchinick (2017) en su libro La sociedad decente, afirma que las humillaciones lesionan el valor intrínseco de las personas que son víctimas, que conlleva la sensación de desamparo total. Este sentimiento de indefensión se manifiesta en la temerosa impotencia de la víctima para proteger sus propios intereses percibiendo la amenaza en los actos humillantes y su propia indefensión frente a tal amenaza.
Por ende, es necesario mostrar que hay otras maneras de actuar cuando algo del otro nos molesta, nos desagrada o incluso nos daña. La escuela es – o debería ser- el espacio donde la palabra cobra valor y peso para dirimir los problemas y, en este marco, los docentes debemos convertirnos en figuras significativas para dejar huellas y no cicatrices en los jóvenes. Nos avalan la Ley de Educación Nacional N°26.206 y la Ley para la promoción de la convivencia y el abordaje de la conflictividad social en las instituciones educativas N°26.892, las cuales plantean entre sus objetivos y propósitos promover prácticas que tengan en cuenta la resolución pacífica de conflictos y la promoción de vínculos basados en el reconocimiento y el respeto mutuo.
En este sentido, la escuela es el lugar para alojar, lo que implica la posibilidad de dar tiempo y darnos tiempo como profesionales de la educación para que los jóvenes puedan internalizar la norma no por temor, sino por confianza.
Y si bien podemos elaborar un código de convivencia acordado con las/os jóvenes, también, podemos construir otros vínculos. A su vez, es necesario abordar las vicisitudes que el convivir con otras personas conlleva: la incomodidad, los conflictos y las diferencias para transformarlas en una oportunidad para hacer algo diferente a lo habitual: ayudar a identificar los problemas o anticiparnos a ellos para que los estudiantes reflexionen y dialoguen o también para que deconstruyan algunos argumentos que naturalizan la violencia; de este modo, ayudaremos a plantear otros modos de convivir.
Sin lugar a duda, la escuela sigue siendo el espacio de socialización más importante y allí no sólo nos relacionarnos con otros, sino que aprendemos actuar con solidaridad, tolerancia y empatía y debe ser enseñado por docentes coherentes entre el decir y el hacer.