Feminista en falta: la guerra entre Nicole y Cubero y las esquirlas que hieren a los hijos

Esta semana trascendió que la mayor de las tres hijas de la modelo y el futbolista habría denunciado a su madre por violencia psicológica. Valentina Bonadeo -hija del reconocido periodista-, que vivió en primera persona el hostigamiento mediático en medio del divorcio de sus padres, dice: “No pido que no se informe, pero que sirva para la reflexión y no para juzgar sin saber”

Es fácil atacar a Nicole, siempre lo fue: es la que se supone que trataba de “Muqui” a una compañera de pasarela y la que hablaba en sus redes de la “falsa pandemia”

“Entiendo el trabajo de los medios y la necesidad de vender, y entiendo que sus padres sean personas públicas con sus carreras y escándalos, pero acá hay tres chicas que tienen su vida, tres adolescentes que tienen que levantarse todos los días para ir al colegio, que tienen su grupo de amigas y las presiones de la edad, y encima tienen que cargar con que las juzguen y opinen y sentencien sobre ellas sin siquiera escucharlas”, me dice al teléfono Valentina Bonadeo. Habla de las hijas de Nicole Neumann y Fabián Cubero, pero también de su propia historia y la de sus hermanas.

Valentina tiene ahora 27 años y es periodista, pero tenía sólo 6 cuando, tras la separación de sus padres –Gonzalo Bonadeo y Susana Herrera– quedó en medio de una batalla legal y mediática que incluyó largas horas de guardia en que los paparazzi y los móviles de los canales de televisión se apostaban en la puerta de su casa. “Eso que todavía no había redes”, destaca. Fue justamente en Twitter donde el miércoles hizo un hilo a propósito del caso de Nicole y Cubero: “No entiendo cómo les da la cara, más que nada a los ‘periodistas’ de andar juzgando a una piba de 14 años”, escribió.

Es que cuando esta semana trascendió que la mayor de las tres hijas de la modelo y el futbolista habría denunciado a su madre por violencia psicológica, Valentina sintió por primera vez la necesidad de hablar de lo que vivió en su momento, ya no sólo como una hija que pasó por la experiencia de crecer expuesta frente a un conflicto que era de adultos, sino como profesional en un oficio que ya lleva tres generaciones en su familia. Se pregunta lo que nos preguntamos muchos: ¿Cómo puede ser que no haya límites frente a la intimidad de los menores y su derecho a una infancia sin humillaciones ni abusos de ningún tipo?

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Me dice que, aunque las situaciones son distintas –”como lo es cada historia de las que tantas veces se habla sin saber ni medir consecuencias”–, hay algo en el tratamiento del tema que reflota el cansancio y la bronca de esa nena a la que, sin tener en cuenta los intentos de revinculación, los desconocidos llegaron a acusar de haber abandonado a su mamá. Demasiada carga para una chica que de por sí llevaba el dolor de un divorcio conflictivo y los tironeos propios de esa interna familiar a la que encima había que sumar un problema de base de salud mental de la madre que hizo que ella y sus hermanas vivieran las últimas dos décadas con el papá.

Valentina tiene ahora 27 años y es periodista, pero tenía sólo 6 cuando, tras la separación de sus padres –Gonzalo Bonadeo y Susana Herrera– quedó en medio de una batalla legal y mediática

Sin escarbar de más en un drama que fue público pero se tejió puertas adentro, a Valentina le molesta sobre todo que se dé por hecho que todas las madres son buenas o que se condene a una adolescente que apenas hace lo que puede: “Nosotras estuvimos ahí y tratamos muchas veces, y a mí me alegra que otros puedan tener una relación sana con sus viejos, pero eso no siempre pasa. En mi caso se decía que mi papá nos prohibió hablar con mi madre y la verdad es que estuvo lejos de ser así; al revés, él y su mujer nos llevaban a la casa de mamá para que nos quedáramos con ella y recuperamos el contacto, algo que se fue perdiendo por diferentes incumplimientos”.

Dice también que ella pudo elaborar lo que le pasó y que tuvo un entorno, tanto en la casa paterna como en el colegio, que la cuidó y trató de que ella y sus hermanas sufrieran lo menos posible, pero todas esas veces en que se la nombró sin pensar que detrás del rating (o del clickbait) había tres chicas tratando de armarse y salir adelante son la sal de una herida que nunca cicatriza del todo. Siente que esta es una oportunidad para reflexionar: “La noticia se puede dar igual, pero hay que hacerlo con sensatez, entendiendo que tenemos una responsabilidad y no podemos sentenciar desde nuestra experiencia –personalísima– sin pensar en el daño”.

Le digo que no puedo como madre no pensar en Nicole, esa mujer que a su vez fue expuesta como una “Lolita” en las tapas de las revistas cuando sólo tenía doce años y que también sufrió a esa edad y bajo el ojo público la tristeza de tener un padre ausente durante gran parte de su vida. No puedo no pensar en lo desgarrador que debe ser que tu hija elija alejarse de vos. Entiendo y comparto lo que dice Valentina: el relato único de las madres santas nos ha hecho daño incluso a nosotras. Pero asumir que un padre es bueno –o más, “un padrazo”– simplemente porque hace lo que debe –darle un hogar a su hija, por ejemplo– también es reflejo de una visión forzada, sobre todo cuando hay una causa que indica que el padre en cuestión no paga alimentos y su abogada filtró datos (y opiniones, por las que fue apercibida) sólo para hacerlo ver mejor, sin preocuparse por proteger a las menores de la exposición. Al revés, hay incluso una nueva pareja que se la pasa subiendo provocaciones a su cuenta de Instagram.

Indiana Cubero quedó en medio de un conflicto entre su papá Fabián y Nicole Neumann

Es fácil atacar a Nicole, siempre lo fue: es la que se supone que trataba de “Muqui” a una compañera de pasarela, la que hablaba en sus redes de la “falsa pandemia” y se ofrecía para adoptar niños africanos con la misma facilidad con la que adopta –y no compra– animalitos que dice comprender mejor que a los humanos. Es fácil atacar a una mujer que pasó su vida expuesta, pero cualquier padre de adolescentes sabe que tampoco es la etapa más relajada de la crianza.

Los padres ponemos límites como podemos (hacemos, en general, lo mejor que podemos con nuestras partes más luminosas y las más oscuras –algo que Valu me dice que pudo asimilar con el tiempo, “siempre hay dos lados, con lo bueno y lo malo”–), y el que no haya pegado un grito alguna vez puede ir juntando piedras para lapidar no sólo a Neumann sino a la mayoría de los que crían.

Los que pasamos por un divorcio y tenemos hijos, sabemos también que es bastante básico poder estar de acuerdo con nuestras ex parejas al menos en los permisos y en las prohibiciones: no hay nada más humano que la manipulación, es la esencia de nuestro sistema de apego. Si el mensaje es contradictorio y para colmo se expone, se quiebra la más mínima idea de seguridad y contención que todos necesitamos para formarnos.

Pero el ejercicio opuesto también deja infinidad de dudas: es difícil ponerse en el lugar de un padre que ve sufrir a su hija en una casa en la que vive la mitad del tiempo fuera de su tutela, ¿cuál es el punto exacto en que se decide que no queda otra que judicializar un vínculo? Es obvio frente a abusos graves, ¿pero cómo se mide el malestar que le provoca a nuestros hijos el tiempo que son obligados a compartir con nuevas parejas o cómo toleran las reglas de un hogar que ya no es el nuestro?

Está bien preguntárselo y está bien no tener respuestas: como dice Valentina, cada historia es un mundo y no hay soluciones iguales para todas. Lo que es inadmisible es opinar “por cumplir o para pertenecer” olvidando que detrás de esas historias que hoy son noticia hay niños –el eslabón más vulnerable de una familia, ¡de la humanidad!– que la están pasando mal y necesitan seguir con sus vidas.

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