
La paradoja entre la gran utilidad de los plásticos para la vida moderna y el inmenso peligro que representan para nuestro entorno es un desafío cada vez más evidente. Por un lado, los plásticos son materiales versátiles y duraderos que se han convertido en componentes esenciales de numerosos productos y procesos industriales. Nos brindan comodidad, eficiencia y posibilidades innovadoras en diversos sectores, desde la medicina hasta la tecnología. De los más de 400 millones de toneladas de plástico que se fabrican en el mundo cada año, la mitad se conciben para ser desechados luego de un solo uso.
Es así que su impacto negativo en el ambiente resulta alarmante. Solo se recicla menos del 10% de lo que se produce, y se calcula que entre 19 y 23 millones de toneladas de desechos plásticos terminan anualmente en lagos, ríos y mares, amenazando la vida acuática, costera y terrestre, y contribuyendo al cambio climático. Esta paradoja nos exige encontrar soluciones sostenibles, promoviendo la reducción, la reutilización y el reciclaje de plásticos, así como la adopción de alternativas más amigables con el ambiente.
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Este 5 de junio se conmemoró el Día Mundial del Ambiente, una fecha promovida por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que este año llevó una vez más el lema #SinContaminaciónPorPlásticos. Esta elección es la respuesta de una comunidad internacional que está tomando nota de lo que, sin dudas, representa una de las principales amenazas para la salud humana y la supervivencia del planeta.
Es en este espíritu que desde el año pasado se está trabajando en un instrumento internacional jurídicamente vinculante sobre la contaminación por plásticos, en particular en el medio marino, del que se espera que las negociaciones finalicen para fines de 2024. Se pretende que dicho tratado internacional se base en un enfoque integral, pasando a convertirse en el acuerdo multilateral internacional más importante sobre el ambiente desde el acuerdo climático de París.
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En los últimos días se celebró en dicha ciudad el segundo período de sesiones del Comité Internacional de Negociación de tal instrumento, el CIN-2, en el que los países sentaron las bases para organizar los debates en torno a la elaboración del mismo. El trabajo realizado -que no estuvo exento de diferencias de posturas- intentó fijar los mecanismos de aprobación y un menú de opciones que contenga las posibles regulaciones tanto jurídicamente vinculantes como voluntarias para abordar el ciclo de vida completo de los plásticos.
Estos avances nos obligan a pensar qué posición tomará la Argentina de cara a las negociaciones y a la implementación de los cambios necesarios. ¿Vamos a adoptar medidas para mejorar nuestros estándares de producción, promover hábitos de consumo más responsables y garantizar una gestión integral de los distintos tipos de residuos plásticos?
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La necesidad de circularidad es completamente transversal, y debe convertirse en la regla. En nuestras manos yace el poder de romper el ciclo de esta paradoja desafiante: reconocer la necesidad de los plásticos sin ignorar su peligro para la vida. Es momento de tomar decisiones audaces y responsables, adoptar alternativas sostenibles y redefinir nuestro vínculo con los materiales y los ecosistemas que nos rodean. Solo así podremos tejer un futuro en el que la biodiversidad, la salud y el desarrollo económico no estén amenazados por nuestra propia dependencia.
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