Después de que mi madre murió, encontré en su biblioteca un libro gordo de tapa dura forrado prolijamente con papel araña azul, el mismo que usaba para mis cuadernos del colegio. Me dio pena por ella –una pena insalvable, la de una soledad que ya no es de nadie– entender al abrirlo el por qué de tanto secreto: es una guía práctica “para mantener el bienestar físico y emocional durante la menopausia”. El título es ese, sin vueltas, “Menopausia”; está escrito por Miriam Stoppard, una médica inglesa que dedicó su vida a divulgar los temas que las mujeres guardamos en el clóset o forramos con papel araña. Lloré un poco cuando leí que se lo había dedicado a su madre.
La edición en español es de 1995, el año en que mamá cumplió 50. Mi madre era una mujer independiente que en esa época vivía prácticamente sola con su hija adolescente, no le debía explicaciones a nadie. ¿De quién ocultaba entonces esa palabra que parece gritar vieja; descartable; si se terminó tu ciclo reproductor, también se acabó tu vida; ya no servís para nada; sos incogible? Ya no puedo preguntárselo, pero estoy segura: de ella misma.
Creo que lo hizo por razones parecidas a las que hacen que a mí me cuesta escribir esta columna: casi tres décadas más tarde –e incluso cuando el debate por la legalización del aborto dejó en claro que la posibilidad de gestar no es lo único que nos define– cualquier asociación con la menopausia tiene la misma connotación negativa, perder la capacidad de reproducirnos todavía tiene algo de final de vida, una condición para la que sólo existen cuidados paliativos.
Mi amiga Florencia dice que la falta de estrógenos le cambió el humor, pero también la anima a decir con relativa impunidad todas las verdades que se le ocurren en modo cero pulgas. Hace unas semanas le hizo un berrinche al marido, con lágrimas y todo –ella, que es la más estable del grupo–: la enfurece que no haya mejores soluciones para los efectos colaterales, piensa que es porque no les pasa a los varones. Tiene razón. Para los hombres la andropausia traía disfunción eréctil –otra muerte–, pero inventaron el viagra. Las mujeres tenemos que conformarnos con agitar un abanico, el mismo remedio que usaban mi tatarabuela y mi vieja. A mí también me da bronca.
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El otro día vi un móvil graciosísimo en LAM –además de estar, como todas desde la menarca, en un camino inexorable hacia la menopausia, soy fanática de los chimentos (sticker de señora con ruleros barriendo la vereda)–: jaqueada por su hijo pequeño y revoltoso, una Amalia Granata colorada y brillosa de transpiración se apantallaba con la falda del vestido. “Perdón, chicos. Se me prende fuego el cuerpo”, se disculpó, como si pudiera ser culpable de la biología. Yanina Latorre la diagnosticó al aire: “Estás menopáusica, amor”, le dijo, y prometió que le iba a recomendar una pastilla. “Yo sentía como un volcán en erupción, de abajo arriba una bola de fuego que te recorre todo el cuerpo y te sale por las orejas”, graficó, tanto o más didáctica que el libro de mi madre, aunque sin tener que ocultarse.
Que el tema se discuta abiertamente en el prime time –aunque alguna “angelita” le recomendara que aprenda a disimular, como podría haber pasado en cualquier ronda de amigas– es bastante esperanzador: es así como se corren las barreras culturales que arrastramos de un tiempo en el que, efectivamente, nuestro principal rol asignado era quedarnos en casa teniendo y cuidando hijos. Las que charlaban acaloradamente en la tele son mujeres activas a las que la edad no dejó fuera del mercado ni les impide seguir con sus carreras.
Por eso me gustó también la entrevista a Jennifer Aniston en la tapa de la última edición de la revista Allure. La next door girl por antonomasia –en inglés, “la chica de al lado”–, una belleza supuestamente accesible que ya quisiéramos la mayoría de las mortales, dice que a esta altura ya no tiene nada que esconder. Está tal vez en su mejor momento artístico y creativo, al frente de su propia productora, una usina de las series más inteligentes de la era post #MeToo que ahora la encuentra en pleno rodaje de la tercera temporada de la gloriosa The morning show. Y dice que se siente mejor que a los 20, a los 30 y a los 40, que tenemos que dejar de decirnos cosas malas a nosotras mismas.
Terminada la presión por “hacer bebés”, una etapa que atravesó sometiéndose a todo tipo de tratamientos en silencio, mientras la prensa especulaba con sus eventuales embarazos, dice que ahora que “el barco ya zarpó” no siente remordimientos. Al revés, lo que prima es el alivio de haber dejado de preguntarse si podía: “Ya no tengo que pensar más en eso”.
Es cierto, lo dice con un eufemismo. Y es cierto también que no todas las menopausias son tan divinas y hollywoodenses como nos la quieren contar incluso las expertas que con las mejores intenciones usan el correcto término “climaterio” y lo venden como un planazo. “La menopausia es una mierda, amiga”, insiste con la impunidad de su falta de estrógenos Florencia, y otra vez le doy la razón. Tengo otra amiga que está en la misma, se pasó toda la semana comprando lubricantes por Mercado Libre en un intento por recuperar su vida sexual, así que decido conectarlas. Me retan por hacerme la joven, pero les digo que es cuestión de tiempo. Menopausia, ya te siento: estás ahí, al acecho, lista para cagarme la autoestima justo ahora que estoy cómoda en mi cuerpo y en mi vida.
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Las mujeres tenemos una relación rara y fluctuante con la menstruación, que es distinta en cada una y varía según el grado de incomodidad que nos provoca no sólo cada período, sino nombrarla. No soy de las que riegan las plantas con la copita –aunque me volví una férrea militante en los chats de chicas y desearía haberla probado antes–; me genera cierta ambigüedad escribir la palabra, igual que me pasa con la menopausia. Son cosas íntimas, no me quiero embadurnar la cara con sangre ni mostrar la toallita en Instagram, pero frente a la biblioteca de mi madre, sé también que es un triunfo poder hablar un poco más del asunto (como decían nuestras abuelas, con otro eufemismo muy simpático), al menos con nosotras mismas.
Además de durante el embarazo, dos veces dejó de venirme: la primera, cuando era una adolescente con trastornos alimentarios; quizá fue mientras mi vieja atravesaba en secreto su menopausia, nunca lo hablamos. La segunda, hace unos años, cuando tuve que tomar antidepresivos. No imaginaba que podía ser por eso, y el día que el ginecólogo me mandó a hacer estudios, salí llorando del consultorio ante la posibilidad de que fueran síntomas de premenopausia. ¿Si yo no quería tener más hijos, por qué lloraba? A Florencia le pasó algo parecido: “Es el patriarcado, hermana”, me dijo con la lucidez de siempre y la contundencia de su revolución hormonal.
Una vez más, estoy de acuerdo. A Yanina Latorre, cuando quieren ofenderla, le dicen menopáusica y vieja cornuda. Son justo tres cosas que no dependen de ella: la biología, la edad y la fidelidad ajena. Pero las mujeres nos acostumbramos mucho a que nos callen –y a callarnos entre nosotras– con insultos que no deberían serlo. Si no, pregúntenle a la ex gobernadora María Eugenia Vidal, a quién el inefable Gildo Insfrán llamó esta semana “retrasada mental” –era más fácil que responder sobre los ¡veintisiete! años de clientelismo y pobreza extrema en Formosa– sin que el Ministerio de las Mujeres dijera nada. Ya sé, nuestro Ministerio debería estar gestionando en lugar de hacer declaraciones o atajar machirulos, pero también nos acostumbramos a que trabaje de decir cosas en lugar de pensar políticas serias y efectivas para los temas que nos atraviesan. Tal vez eso sea lo más insultante.
Como sea, escribo con el libro de mi madre sobre el escritorio. Pensé en sacarle el forro azul, pero siento que ahí están ella y sus circunstancias, así que lo dejo como está. La prolijidad de los dobleces en cada esquina, de sus dobleces, de su vida; un recuerdo de lo que callamos a través del tiempo, igual de vigente que el papel araña.
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