Javier Milei y su guerra contra el “marxismo cultural”: la oscura historia detrás del término

El diputado de La Libertad Avanza convirtió en su latiguillo una teoría conspirativa de la extrema derecha global que en cualquier otro país dispararía alertas inmediatas. Persecución ideológica selectiva y la paradoja de la victimización

Milei en Twitter, con una de sus clásicas agresiones a sus críticos.
Milei en Twitter, con una de sus clásicas agresiones a sus críticos.

En sus apariciones en la Feria del Libro, un Javier Milei más eufórico que de costumbre aseguró que no se avergonzaba de tener pene y que de ser presidente cerraría el Ministerio de la Mujer, ya que en su presidencia no se admitiría ningún tipo de “marxismo cultural”. No es la primera vez que usa la expresión. La repitió docenas de veces a lo largo de los últimos cinco años de rotación constante en medios de comunicación y su llegada al Congreso, con todo el movimiento que encabeza detrás suyo. Llegó a usarlo, incluso, para decir que el calentamiento global “es un invento del socialismo” en una recordada entrevista.

Milei es sumamente hábil en este sentido, en su discurso de frases grandilocuentes con pocas explicaciones realistas. No solo dice lo que cierta parte del electorado quiere escuchar: también sabe jugar con su ignorancia. Sus oyentes lo decodifican como pueden. Conciben al marxismo cultural marca Javier Milei como una instalación en la vida cotidiana de todo “lo zurdo” que el diputado repudia, un colectivo amorfo de progres que obligan a los demás a hincarse ante la corrección política. Es algo tan amorfo, al menos en su discurso, como la casta, una entelequia de políticos que Milei siempre evita nombrar con nombre y apellido y que no incluye a aquellas figuras con las que tiene simpatía.

Básicamente, el marxismo cultural implica una toma de poder, un cambio de valores, un nuevo status quo donde un modo de vida y un pensamiento tradicional, occidental, se ven amenazados por una agenda insidiosa. La avenida del “marxismo cultural” es amplia: puede incluir todo lo ajeno a todo lo que quien usa el término representa, o quiénes lo usan. Es un ellos contra nosotros, una amenaza externa, foránea. No es solo una amenaza política, “la amenaza de la izquierda” para destruir a Occidente por dentro. Esa amenaza no se trata solo de partidos políticos: incluye al feminismo, al fantasma de la “ideología de género” y al colectivo LGBTQ, algo a lo que el liberalismo argentino considera una minoría no considerable en pleno siglo XXI.

Y es un término netamente persecutorio: implica persecución social, política, ideológica donde, irónicamente, la víctima es quien lo usa, un diputado y economista, un hombre que se reconoce rubio a pesar de su pelo castaño y de ojos celestes y se arroga la cruzada contra este fenómeno. El golpe del “marxismo cultural” no ocurre en el Congreso, sino en la forma de vida de una sociedad.

Milei con Viviana Canosa en la Feria del Libro (REUTERS/Agustin Marcarian)
Milei con Viviana Canosa en la Feria del Libro (REUTERS/Agustin Marcarian)

Para empezar, el marxismo cultural como teoría conspirativa tiene una raíz antisemita, ese es su origen histórico: quienes se encargan de aplicarlo son, precisamente, judíos que colonizan sectores clave para instalar “su” agenda, la teoría de la quinta columna. Tiene una raíz en el bolchevismo cultural del Tercer Reich, la supuesta degeneración en el arte en contra de los valores alemanes tradicionales bajo Joseph Goebbels y la Cámara de Cultura del Reich. Las quemas de libros, prohibiciones y persecuciones de artistas como la muestra Entartete Kunst donde se ridiculizó a la vanguardia de la época, con nombres como Kurt Schwitters, obedece a este mandato.

Su origen como noción viene de Antonio Gramsci y la Escuela de Frankfurt con autores como Theodor Adorno, que establecieron que el marxismo no podría ser solo una práctica política, la instalación del programa no en el Congreso sino en los valores de la sociedad, la raíz de los problemas del capital. Del otro lado del espectro, cobró impulso en el underground radical norteamericano, en grupos fronterizos de ultras y en autores y figuras políticas como William S. Lind, particularmente tras la caída del Muro de Berlín y el comienzo del post-comunismo en Europa continental. La alt-right americana que Milei y sus partidarios intentan emular a nivel local con las mismas herramientas y retórica lo convirtió en uno de sus refritos conceptuales favoritos.

Que Milei repudie al antisemitismo no quita la naturaleza intolerante y persecutoria de lo que plantea. Hablar de marxismo cultural en Europa o en Estados Unidos equivale aliarse a elementos de la ultraderecha radicalizada, autoritaria y violenta. Donald Trump evita mencionarlo. Hizo referencias elípticas en varios discursos, pero evitó la zona roja que implica decirlo. El académico y autor Tanner Mirrlees planteó en un ensayo de 2018: “La alt-right representa al marxismo cultural en formas parciales y selectivas y hace afirmaciones sobre lo que es, ha hecho y hará a ‘Estados Unidos’ y ‘Occidente’. La meta de la alt-right es lograr que grandes números de personas perciban al marxismo cultural y a las identidades, valores y metas de los grupos que acusa en maneras odiosas. Considero que el discurso de la alt-right sobre el marxismo cultural es un instrumento de odio interseccional. Mientras que Trump ganó la presidencia volviendo al odio interseccional, la alt-right esgrime el marxismo cultural para avanzar una visión blanca, patriarcal y cristiana de los Estados Unidos y fomentar una reacción racista, sexista, clasista, violenta y xenofóbica contra las conquistas de los grupos e individuos que construye como amenazas”.

Bolsonaro fue más explícito al respecto, particularmente en sus avances contra las áreas estatales de educación y cultura. Pero hay versiones más terribles. El terrorista noruego Anders Breivik escribió un manifiesto ampliamente circulado en Internet llamado “2083″, su “declaración de independencia para Europa”, principalmente una diatriba contra la inmigración proveniente de países islámicos y una queja paranoica sobre el estado de la sociedad, contra el feminismo y la corrección política: los migrantes musulmanes son su principal demonio elegido, no los judíos. En su manifiesto, Breivik echa la culpa por esta decadencia occidental, entre otros factores al marxismo cultural. El término aparece 107 veces en más de 1500 páginas.

Breivik es un asesino en masa: fue condenado por los ataques en Oslo y Utøya de 2011 que le costaron la vida a 77 personas.

Del otro lado del mundo, al contrario de Argentina, los políticos que lo usan enfrentan costos.

El asesino y terrorista Anders Breivik, proponente de la conspiración del marxismo cultural. El cartel dice: "Detengan su genocidio contra nuestras naciones blancas". (Reuters)
El asesino y terrorista Anders Breivik, proponente de la conspiración del marxismo cultural. El cartel dice: "Detengan su genocidio contra nuestras naciones blancas". (Reuters)

Suella Braverman, miembro del Parlamento inglés, conservadora, fue fuertemente criticada en 2019 por emplearlo en un discurso. La Board of Deputies of British Jews, según un artículo de The Guardian, pidió que Braverman se explique y que prometa no emplear el término otra vez. Wes Streeting, legislador del Labour Party, reclamó que la parlamentaria se disculpe por usar “un término feo y reprensible con connotaciones antisemitas” y que “miembros del Parlamento deberían saberlo”. Hope Not Hate, un grupo que monitorea actividades de la extrema derecha, aseguró que era “extremadamente perturbador” ver a una figura política decirlo. Luego, Braverman compartió en su cuenta de Twitter una declaración de la Board of Deputies donde la organización la consideraba “una buena amiga” de la colectividad. En su declaración previa, un portavoz de la organización había dicho que el término “tiene una historia como una expresión antisemita”.

Milei se distanció del antisemitismo y de las expresiones más terribles de la ultraderecha en el pasado, pero ya enfrentó críticas por este tipo de situaciones. Las banderas de Gadsden, con la serpiente enroscada, usadas constantemente por la ultraderecha racista norteamericana, y el hombre que apareció en el acto de victoria de Milei en el Luna Park con una bandera confederada al hombro -algo que Milei repudió luego de que estallara un pequeño escándalo- se volvían un problema. Sus partidarios eligieron pelear la batalla por él. Usaron una estrategia muy curiosa: reducir la extrema derecha moderna al nacionalsocialismo, para decir que Milei no es nazi. Se ampararon en la percepción del liberalismo sobre el Estado, antitética a la del nazismo, y en los vínculos o cercanías de Milei con diversos sectores de la comunidad judía.

La estrategia fue un poco infantil: la ultraderecha contemporánea no se reduce al antisemitismo, tampoco se trata solo de ser nazi como en 1933, hace décadas que la ultraderecha se edita para sobrevivir mientras muestra sus símbolos y retórica a simple vista. Solo necesita un poco de ignorancia del otro lado. De todas formas, Leonardo Saifert, actual legislador porteño por el partido de Milei, que tuvo que pedirle disculpas a Ofelia Fernández en un célebre episodio luego de lanzarle insultos sexistas detrás de un teléfono en Twitter, se expresó en Twitter años atrás con términos como “villera de mierda”, “manga de negros del orto”, “pobre mogólica”, además de referencias por lo menos ambiguas a la última dictadura militar y una alusión al pueblo judío mismo, adjunta en esta nota. El emoji de la risa con llanto le corresponde.

Irónicamente, Saifert -que retiene su banca hasta hoy- presentó en marzo de este año un proyecto para manifestar “su repudio ante los episodios de intentar regular/ controlar las redes sociales con el so pretexto de un “proyecto para poner fin al odio social en las plataformas sociales”, ante expresiones de Cristina Kirchner, de acuerdo al texto disponible en el sitio de la Legislatura porteña.

El legislador Leonardo Saifert en Twitter, parte del bloque de La Libertad Avanza.
El legislador Leonardo Saifert en Twitter, parte del bloque de La Libertad Avanza.

De vuelta al Reino Unido, el discurso de Braverman en donde lo empleó habla claramente de un clima de contienda: “Como conservadores, estamos involucrados en una batalla contra el marxismo cultural, donde prohibir cosas se convierte de rigor, donde la libertad de expresión es un tabú, donde nuestras universidades, instituciones quintaesenciales del liberalismo, están amortajadas en un clima de censura”. Es decir, nosotros versus ellos, la paradoja de la mayoría amenazada por las minorías.

Las políticas de identidad sexual y percepción se incluyen en la avenida del marxismo cultural. “Tengo una opinión muy negativa con respecto a la ideología de género, lo único que hace este movimiento es perjudicar a las mujeres. El problema es que en esta sociedad todos los valores están trastocados”, dijo a Radio Mitre en 2018. En Twitter, en el mismo año, llegó a definir a la Educación Sexual Integral como una “estafa” y una “nueva forma de adoctrinamiento” -en un país donde la tasa de sífilis se duplicó entre 2016 y 2019 en adolescentes según la Sociedad Argentina de Ginecología Infanto Juvenil- para promocionar un video de Agustín Laje.

En la mañana de hoy, Beatriz Sarlo planteó un análisis sobre el candidato: “Milei es lo más peligroso que hay porque el populismo de derecha es temible y él es un populista de derecha. Tiene la percepción de repetir lo mismo que me dice la gente por la calle: ‘Son todos iguales, son una porquería, yo no creo en nada...’. Milei ha interpelado a ese sector que es enorme: los que cayeron de las capas populares y los que eran asalariados y dejaron de serlo. Usa el mismo discurso y eso sucedió en general con los fascismos”.

“Espero que esto no nos conduzca a nada en la Argentina ni creo que pueda hacerlo después de haber vivido las experiencias con las dictaduras militares. Después también están los distraídos de las capas medias que dicen: ‘Mirá qué bien Milei, este viene a poner orden’. Esos después son las primeras víctimas”, alertó en una entrevista radial con La Once Diez. Su análisis no está para nada divorciado con la historia. Para lograr ese apoyo hace falta construir enemigos, enemistar a la sociedad consigo misma. El movimiento liberal argentino ya ataca a los suyos: “zurdos”, piqueteros pobres -Saifert, después de pedirle perdón en vivo a Ofelia, planteó un proyecto para sancionar a quienes lleven menores a piquetes-, personas trans, feministas de la “ideología de género” -Milei plantea la diferencia entre su verdadero feminismo, que sería liberal, o el “hembrismo” que plantea la destrucción del macho-, empleados públicos, gente pobre que cobra planes, o los críticos de Milei en general, que por default, serían miembros de “la casta” o defensores del marxismo cultural.

A las pocas horas, Milei le respondió a Sarlo desde el piso de Crónica con una de sus frases hechas: “Dice que soy peligroso. ¿Es peligrosa la libertad?” Los seguidores de Milei la insultaron en las redes, la descalificaron por su edad, su ideología, lo que sea. Una cuenta fan del candidato a presidente con 47 mil seguidores compartió el video. “Milei destrozó a la zurda de Sarlo”, dijo el tuit.

Milei no es la cabeza del Estado, pero aspira serlo. Se ratifica como presidenciable en cada oportunidad. Si llega a ser presidente, su voluntad será expresión de la supuesta mayoría, como si la elección de una identidad sexual fuese una cuestión de minorías, lo mismo ser mujer. Entonces, ¿qué pasará con lo que Milei considera la avanzada del marxismo cultural? ¿Será criminalizado por el Estado, violentado por sus partidarios? Mucho discurso, ¿pero dónde está la libertad?

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