
En los países que progresan existen intereses, posturas, clivajes ideológicos, paradigmas y opiniones diferentes. Incluso cuando esas diferencias se manifiestan políticamente en estructuras bipartidistas, las naciones encuentran mecanismos de diálogo y formas de resolución de los conflictos, de tal manera de no erosionar el progreso social de largo plazo ni el bien común. Pensar distinto no anula la posibilidad de construir proyectos compartidos.
En Argentina también existen opiniones y posturas diversas, que se manifiestan en un bi-coalicionismo que se alternó el poder durante la última década: el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Sin embargo, en nuestro caso, la diferencia en las opiniones y posturas sobre muchos temas inhibe la capacidad de lograr consensos y acuerdos para generar condiciones de desarrollo sostenible. El empeoramiento en los indicadores económicos y sociales es un signo de esta incapacidad.
Resolver los problemas más importantes de una nación es una tarea larga, ardua, inclusiva y que requiere incorporar las diferentes perspectivas en el diagnóstico y en la articulación de acuerdos. Cuando no se quiere o no se sabe implementar estos procesos, la primera tentación es acudir a la grieta. ¿En que consiste el mecanismo? En correr el problema que debe ser resuelto (la pobreza, la falta de crecimiento, el trabajo informal, la desprotección de la niñez, la inflación, la inseguridad, o que el lector elija el que quiera) del centro del debate y, en su lugar, buscar un culpable. Ese chivo expiatorio ocupa el lugar del problema y pasa a estar, entonces, en el centro de las discusiones. El ejercicio se convierte en “la culpa es de Macri/Cristina” o “con ellos no se puede dialogar”, bajo la fantasía de que corriendo a alguno de ellos se habrá solucionado algo del desafío.
En relación a los temas más complejos de una sociedad, muy raramente el problema es una persona o un grupo de personas. Esas personas y grupos suelen mostrar perspectivas del problema y ser la voz que representa los pensamientos, deseos e intereses de enormes grupos de personas. La literatura muestra que los procesos de polarización se retroalimentan en una dinámica de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo: los políticos manifiestan las inquietudes de la sociedad y, a la vez, las exageran, lo que repercute en la adscripción de los ciudadanos en esos espacios de representación. Y así, sucesivamente. Por eso, en la solución a los problemas, deben ser incluidas todas las voces. Todos somos parte de la solución porque todos somos parte del problema. El problema –lo lamentamos por los “puristas” que hablan de grieta moral- no es “de ellos”, sino de todos.
Las diferentes perspectivas siempre traen enmarañados diversos intereses. La política real es gris. Cuando un político brinda su perspectiva sobre una problema determinado (por ejemplo, la carga impositiva) representa la mirada de sus votantes, pero también procura preservar su propio poder, a través del sostenimiento del apoyo –del voto- de ellos. Lo mismo sucede cuando un empresario defiende una política económica y huelga decir que los sindicalistas y las organizaciones sociales tienen perspectivas ideológicas pero también defienden marcados intereses grupales y personales. El problema no la obviedad que todos debaten sobre los problemas desde una perspectiva de intereses grupales e individuales sino la tentación de asumir que tener intereses es equivalente a no poder dialogar. Esa dinámica es inconducente e inhibe la posibilidad de desarrollo. Bienvenidos a la Argentina.
La segunda tentación es la de imponer una mirada inconsulta. Como los demás son el problema y son los malos, la verdad “la tenemos nosotros”. ¿Para qué consultar a los responsables de la crisis? Como la culpa es de ellos, la solución es nuestra. Esta mirada maniquea facilita un abordaje pendular, donde cada espacio impone una mirada mientras tiene capacidad de imposición. Al perder el poder, el espacio contrario desanda el camino recorrido e impone su propia agenda. Esta forma de construcción esquizofrénica atenta contra el desarrollo de largo plazo. ¿Quién apostaría por un país donde no se sabe nunca qué va a pasar?
Solucionar problemas como el del desempleo estructural, la baja competitividad o la inflación requerirá muchísimos diálogos y análisis, considerar experiencias exitosas en el mundo, y escuchar diferentes voces. ¿Qué tienen que decir el empresario, el sindicalista, cada coalición política y el referente social, que traerán sus perspectivas e intereses? Dialogar es arduo, pero es el único camino completo y duradero. Es mucho más fácil decir “de eso no se habla” o desacreditar el planteo del problema desde el arranque. Tal como se titula un libro que publicaremos el año próximo: “La grieta es una excusa”. Es la excusa perfecta para no hacer nada y mantener un status quo donde algunos pocos referentes políticos, sociales o sindicales ganan en perjuicio del empobrecimiento colectivo.
La grieta es una excusa porque hay muchos países agrietados, pero pocos tienen una de las inflaciones más altas del mundo, una pobreza de más de 40 puntos, baja competitividad, baja creación de empresas, alto trabajo informal, empeoramiento relativo de la riqueza por habitantes que dura décadas, etc. Las diferencias ideológicas no son sólo inevitables, sino sanas y constructivas. Lo tóxico es la incapacidad de resolver las diferencias. Y, hasta ahora, no hemos podido o querido salir de ahí.
En el ejercicio perverso de la grieta hay distintos niveles de responsabilidad. Quienes están en rol de autoridad en los diferentes partidos políticos, cámaras empresariales, asociaciones sindicales, etc., tienen una responsabilidad mucho más grande. Pero todos nosotros, los ciudadanos de la calle, podemos ser parte de este problema subiéndonos cómodamente al ejercicio de buscar culpables, o podemos demandarle a nuestros dirigentes que hagan el trabajo que deben hacer: el de la escucha, el diálogo y, sobre todo, la construcción de consensos.
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