
En los últimos días nos enteramos de un nuevo cambio de Director General de Cultura y Educación en la provincia de Buenos Aires, cuya designación se corresponde con la de ministro de Educación en el territorio que abarca el 40% de la matrícula del país. Sale Agustina Vila, entra Alberto Sileoni y, con ello, toda la estructura.
Hace unos meses, en una columna similar, había comentado sobre la importancia de mantener políticas educativas más allá de los cambios de gestión y pensar a largo plazo; pero dadas las circunstancias y particularmente en este contexto, me atrevo a sugerirle al nuevo director que cambie y retome el camino que muchos de sus antecesores habían iniciado.
Sileoni se va a encontrar con el peor escenario posible. Siete de cada diez chicos y chicas en la provincia de Buenos Aires son pobres o están por debajo de los índices necesarios para tener una buena educación. Además, el 10% de los estudiantes quedaron fuera del sistema después de haber cerrado durante casi dos años los establecimientos y casi 500 mil alumnos no volvieron a la escuela, según datos oficiales (y tiendo a creer que los números son mucho más altos).
El cierre de establecimientos privados y jardines maternales, junto a la falta de asesoramiento y escucha del ministerio de Educación de la PBA hacia sus docentes, dio cuenta del poco interés hacia sus alumnos, que son básicamente los principales destinatarios de la política pública.
Por otro lado, se debe considerar el “desguace” de la política de educación del adulto: se cerraron las aulas del programa Fines, Secundaria con Oficio y Secundaria 3.0, entre otros, además de la medida inconsulta de enviar a concurso más de cinco mil cargos. Y como si eso no fuera suficiente, se cerraron los programas socioeducativos, que alcanzaban a la población más vulnerable y permitían mantener la escolaridad en los sectores más humildes de la Provincia.
Hasta el momento, lograron poner en riesgo la estabilidad laboral de todos los docentes afectados a dichos programas y reducir las posibilidades de generar fuentes de trabajo genuinas a todos aquellos adultos que no pudieron terminar sus estudios primarios o secundarios.
Pero lo más grave de todo resultó ser la falta de diálogo con los actores que forman parte del sistema -docentes y familias-, porque hacer oídos sordos nunca fue gratuito y el costo, como siempre, lo pagan los chicos.
Mi recomendación como docente es comenzar la gestión convocando a los padres y madres organizados a pensar nuevas estrategias sobre cómo recuperar los contenidos perdidos o no alcanzados de sus hijos. Asimismo, acompañar a los docentes y dotarlos de recursos para que no se sientan solos en esta nueva etapa.
Llamar a la oposición, que ganó las elecciones, para acordar políticas de corto y largo plazo para salir de la crisis más profunda que atravesó el sistema educativo. Porque al final del camino los desafíos son muy grandes y una sola persona no puede… Y un único espacio político tampoco.
Volvemos a poner a disposición a todos nuestros equipos, tal y como lo hicimos hace dos años, para poder trabajar en conjunto. La educación de nuestro país requiere del esfuerzo de todas las fuerzas políticas que lo conforman y no del ego partidario que tantas veces lo hundió.
Vamos, Sileoni, hay mucho trabajo por hacer…
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