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La orfandad de liderazgos en las dos principales fuerzas políticas hace cada día más oscuro el cono de sombra en el que se encuentra la República Argentina

Alberto Fernández (Luciano González)

El Círculo Rojo, esa usina de poder asimilable a un Club de Bilderberg criollo, espera su número mágico para la noche del domingo próximo. Peter Drucker, el famoso gurú de los negocios del siglo XX, afirmaba que aquello que no se puede medir no se puede mejorar. Al consultor, nacido en Viena en 1909 y fallecido en California en 2005, habría que aclararle que en Argentina las estadísticas muchas veces bailan al ritmo del camaleón. En este sentido, ¿es posible medir políticamente la gestión oficial de la pandemia? El juez en este caso no es un científico, es Doña Rosa, que poco sabe de virus pero tiene la capacidad suficiente para descifrar el genoma de la sanata.

El lector de estas líneas podría argumentar con toda razón que la política no es una ciencia exacta, pero en la búsqueda del poder, las nuevas tecnologías requieren el uso de métodos y estrategias derivadas de la matemática y del álgebra, un universo ajeno al debate dialéctico. En estas cuestiones la pandemia también abrió una grieta entre el valor de los datos científicos y la interpretación (o negación) que los políticos hacen de los mismos. Hagan sus apuestas hasta cuándo en Argentina dos más dos será cuatro.

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Si el domingo próximo el oficialismo llegara a padecer una amplia derrota como la sufrida en las elecciones primarias del pasado 12 de septiembre, volverá a viralizarse el sermón del día después de las urnas: Yo no perdí, perdiste vos. Y como reflejo automático, surgirá el debate sobre la paternidad del triunfo de la coalición opositora: No ganaste vos, gané yo.

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Parafraseando (con modificaciones) a John Lennon, la política argentina es eso que va sucediendo día a día en medio de interpretaciones y diagnósticos vacíos de soluciones. En 1911 el académico alemán Robert Michels presentó su “ley de hierro de la oligarquía”. Destacaba a partir de ella el amplio poder detentado por las minorías en la conducción de los partidos políticos en contra de la representatividad de las masas que los conforman. Ortega y Gasset escribió que “mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas”. Una nueva derrota oficialista demostraría que los que mandan no convencen a sus votantes.

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La búsqueda de una apertura al diálogo político en el ámbito legislativo divide aguas entre el oficialismo y la oposición, y en su aprobación o rechazo, pueden percibirse las crecientes disputas internas que florecen y florecerán en el Frente de Todos y en Juntos por el Cambio. Es imposible fijar un cronograma para el diálogo cuando se desconoce a quién dirigirle el telegrama de invitación.

Pregunta obligada de los halcones: ¿Para qué negociar una agenda de cambios de imposible ejecución con un gobierno ampliamente derrotado? Pregunta obligada de las palomas: ¿Por qué no negociar con el gobierno una agenda de cambios que harían menos pesada la herencia socioeconómica para el 2023?

Un halcón oficialista podría negociar una agenda de reformas políticas y económicas con una paloma de la oposición, pero no está muy claro que un halcón opositor quiera negociar esas reformas con una paloma oficialista que tiene sus alas heridas. El año 2022 será muy vertiginoso en materia política, pero se perfila muy pobre en materia de productividad para la gestión pública. Lamentablemente quedará demostrado que con la democracia no se come, no se educa y no se cura con un país que integra el top five del ranking mundial de inflación.

Al ritmo de las especulaciones sobre distintas salidas institucionales que se traman en distintos ámbitos del poder ante un eventual escenario de hiperinflación y caos social, la orfandad de liderazgos en las dos principales fuerzas políticas hace cada día más oscuro el cono de sombra en el que se encuentra la República Argentina. Al final del lunes próximo sería muy positivo que la sociedad pueda percibir si existe algún político (o política) capaz de asumir la responsabilidad de encender la linterna de la racionalidad y el sentido común en medio de tanta incertidumbre. Si así no ocurriera, los 700 días que faltan para las elecciones presidenciales del 2023 serán interminables.

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