
Un informe publicado en enero de 2020 por el Banco de Pagos Internacionales de Basilea advierte que buena parte del riesgo global que deberán enfrentar los estados, empresas e individuos en los próximos años estará dado por las externalidades negativas derivadas de los denominados cisnes verdes. Esta particular especie agrupa y refiere a eventos disruptivos vinculados con desequilibrios ecológicos, sociodemográficos, de seguridad alimentaria y de salud ambiental, entre otros aspectos. Esto incluye a las pandemias así como también a los desastres asociados con el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Los cisnes verdes prometen aparecer con mayor frecuencia en el futuro inmediato, al tiempo que imponen nuevos y significativos desafíos para el mundo.
El Reporte de Riesgos Globales 2021 elaborado por el World Economic Forum da cuenta de esto. Tanto en el ranking de riesgos ordenados por probabilidad de ocurrencia como en el que los ordena por su grado de impacto, las primeras posiciones son copadas por fenómenos que caen dentro de la categoría de cisnes verdes.
La pregunta inevitable: ¿Cómo protegerse? ¿Cómo pueden los países limitar la aparición de cisnes verdes o al menos mitigar y reducir sus efectos cuando estos aparecen? La biotecnología puede ofrecer algunas pistas. Un informe reciente publicado por la renombrada consultora internacional Mc Kinsey, titulado The Bio Revolution, destaca justamente el potencial transformador de las innovaciones biotecnológicas. El documento señala que los avances en el campo de la ciencia biológica y el desarrollo acelerado de la informática, la automatización y la inteligencia artificial están impulsando una nueva ola de innovación, la cual ciertamente permitirá dar respuesta a los desafíos que plantean al mundo los cisnes verdes, impactando en áreas que van desde la salud y la agricultura hasta los bienes de consumo, energía y materiales.
Tan solo por citar un ejemplo, la bioinformática se convirtió en una herramienta clave en el actual contexto de pandemia para la detección veloz de nuevas cepas. Asimismo, las innovaciones biotecnológicas en curso contribuyen a mejorar procesos de producción existentes, tornándolos más sustentables y amigables con el ambiente. En el campo de la agricultura hoy ya existen muchos ejemplos en este sentido. Según el informe de Mc Kinsey, el 60% de los insumos físicos de la economía mundial podrían producirse biológicamente. Lo interesante -y a diferencia de lo que ocurría hace algún tiempo-, es que la reducción en los costos de muchas de estas iniciativas comienza a mostrar a estas opciones no solo como amigables con el medio ambiente sino también competitivas y rentables.
Las principales amenazas globales pueden ser gestionadas y resueltas desde la biotecnología. En este sentido, los países capaces de liderar los desarrollos biotecnológicos y de promover el desarrollo de una agenda funcional al surgimiento de empresas de base biotecnológica, tendrán mayor peso diplomático y mayor participación en la configuración de las nuevas cadenas globales de valor. La geopolítica de las vacunas es solo un ejemplo de ello. En consecuencia, tendrán también una mayor participación en los flujos comerciales globales en los próximos años, con las consecuentes externalidades positivas en materia de generación de empleo e ingreso de divisas.
Esta tendencia global presenta oportunidades y amenazas y no debiera ser ignorada por la Argentina en el diseño de su inserción internacional. Para sorpresa de muchos, nuestro país cuenta con materia prima suficiente y ventajas comparativas significativas para construir un modelo de desarrollo sustentable apoyado en la biotecnología, que le permita posicionarse como una “potencia verde”. Sus recursos naturales pero sobre todo sus recursos humanos altamente calificados y las líneas de investigación bien desarrolladas dan cuenta de esto.
Claro que los obstáculos no son menores. El ordenamiento de la macroeconomía es clave y habilitante para generar un ecosistema que permita crear incentivos suficientes para la inversión -tanto local como externa-, y acelerar así el encuentro entre el capital y la ciencia básica, de cuya conjunción surge la innovación aplicada. Construir una “agenda biotecnológica” es clave para la inserción internacional de Argentina en los tiempos que corren. Los desafíos son grandes. Depende de nosotros.
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