
Vivimos en un país en el que se ama o se odia corporativamente. Normalmente en todos los países del mundo se juzga a los presidentes por lo que dejan, pero en este país se los juzga por lo que no dejaron. La inmoralidad es una costumbre cotidiana descubierta inexorablemente por otros inmorales que necesitan de un inmoral anterior para quedar como salvadores de la Patria.
Lo raro es la superación en el robo y la depredación de la República y, como decía Raúl Alfonsín, que nunca se analizaron los “compartimentos estancos”. Por ejemplo, se repudió la privatización de los teléfonos, pero nunca se explicó que se compraba un departamento sólo para quedarse con la línea cuando la compañía telefónica pertenecía al Estado, o que los ferrocarriles eran un montón de rieles oxidados y maderas podridas. Otra es la discusión sobre si se hizo bien o se hizo mal, y otra es la discusión sobre si querían invertir los que después se quejaron o se quejaron los que nunca quisieron invertir. Sucedió históricamente en la Argentina.
Uno de los emblemas de lo peor de la Argentina, promovido por quien después haría de la Argentina lo peor, fue él. El que dio vergüenza, el innombrable, el mono, el ni me hables, el cómo nos cagó, el peor de todos, sin saber que los que vendrían luego serían realmente la suma de todos los males. Pero había que vender un emblema de peor.
El peor que nos abrió las puertas al mundo, el peor que cruzó el Arco de Triunfo, siendo la segunda personalidad en hacerlo después de De Gaulle, el peor que hizo que nos enterásemos de que después de la frontera existía un primer mundo y nos hizo oler por un par de años que podíamos ser iguales a los demás, a los que veíamos como desarrollados. Se hizo mal, como todo lo que se hace junto a Hugo Moyano, Saúl Ubaldini y a muchos otros que aceleran cuando el negocio no les cierra y también junto a empresarios que usaron el dinero destinado a renovar sus empresas comprando propiedades en Miami o Punta del Este por ejemplo. Pero bueno, eso es una parte de la historia.

Yo soy radical, alfonsinista, y hoy con los 2 líderes de espaldas caminando por la quinta presidencial de Olivos y plantando en sus jardines un sólido NUNCA MÁS, no voy a esperar para rendir un homenaje a este hombre al que nunca voté y al que combatí en el poder, pero que fue mucho mejor que los peores que hoy están y fundamentalmente un cerrador de grietas con ideales republicanos y una visión de futuro para que la Argentina no se hunda en una Cuba o en una Venezuela.
Por eso mi homenaje y, para que se enteren todos de que, ladrillo a ladrillo, también él construyó esta maltrecha y vapuleada democracia, le doy mi respeto y un gracias afectuosamente Presidente Carlos Saúl Menem.
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