Cuando me invitaron como teólogo islámico para hablar con los padres de Fernando Báez Sosa, quien fue asesinado el año pasado en Villa Gesell, me pareció el momento más desafiante desde que trabajo en Argentina como Imam de la comunidad musulmana Ahmadía. Me parecía imposible encontrar las palabras de consuelo y de paz para estos padres que habían perdido a su único hijo. Ya la pérdida de alguien cercano o conocido es dolorosa, no quería ni imaginarme la aflicción y la tristeza que tenían estos padres en sus corazones. Cuando un niño pierde sus padres lo llamamos huérfano, cuando se pierde a la pareja lo llamamos viudo/a, pero ni siquiera tenemos alguna expresión para la persona que pierde su hijo.
No obstante, según el islam la paciencia es la llave para superar los sufrimientos y los obstáculos en la vida. Una vez, el profeta Muhammad pasó por el cementerio y vio a una mujer llorando y quejándose a Dios por la muerte de su hijo. El profeta se acercó y le aconsejó que mantuviera la paciencia. La mujer, sin saber que era el profeta Muhammad, le respondió que, si él estuviera en su lugar como madre, entendería mejor su sufrimiento y no le daría este consejo. El profeta sin decir más volvió a su casa. La madre, después de haberse dado cuenta de que era el profeta, se sintió avergonzada y fue hasta su casa para pedirle perdón por su respuesta inapropiada. El profeta le dijo que él había perdido durante su vida a 11 hijos, pero que siempre mantuvo la paciencia y la confianza en Dios.
Tras el sufrimiento, sentir tristeza, dolor y aflicción es parte de nuestra identidad y de nuestra naturaleza como seres humanos. Incluso, desde el otro extremo, se le quita cierta humanidad a aquel que no sienta tristeza o dolor tras el fallecimiento de un ser querido. Los discípulos del profeta Muhammad lo consideraban como la persona más paciente y fuerte. No obstante, algunos se sorprendieron al ver las lágrimas en sus ojos tras el fallecimiento de su hijo, e incluso le preguntaron si él, a pesar de ser el profeta de Dios, también sentía dolor y tristeza en ese momento. El profeta dijo que las lágrimas son la expresión del amor y de la misericordia que uno tiene en su corazón para la persona fallecida. También, aclaró que, si bien tiene lágrimas en sus ojos y siente aflicción en su corazón, no se queja a Dios sobre la desgracia.
La paciencia no significa olvidar los recuerdos de la persona fallecida o no sentir aflicción tras su recuerdo. Según el islam, paciencia es la noble virtud de aceptar la infortuna y buscar la fuerza y el consuelo en la puerta de Dios. Un atributo principal de Dios es que él es la fuente de paz y él ama a su creación más que una madre a su hijo. Dios promete en el Sagrado Corán que él está cerca y nos responde cuando lo buscamos, sea en momentos de felicidad o de sufrimiento.
Según el islam, cuando fallece una persona no es el fin de su existencia, sino que su regreso hacia Dios, tal como se dice:
“Aquellos que, cuando les aflige una desgracia, dicen: “En verdad, a Al-lah pertenecemos y a Él volveremos”. (2:157)
La muerte es la separación entre el alma y su cuerpo, y el regreso permanente del alma a Dios donde sigue la vida sin cuerpo y sin materia. Por lo tanto, el islam hace hincapié en rezar por el alma de la persona fallecida, así lo deben hacer los familiares. Asimismo, es importante para los seres queridos seguir con su propia vida y no detenerse, por más difícil que parezca. Por lo tanto, el islam propone enterrar al fallecido lo antes posible y extender el velatorio hasta un máximo de tres días.
Por otro lado, como sociedad debe ser nuestra responsabilidad proteger, honrar y expresar nuestra empatía hacia cada vida humana, sin distinción de religión o etnia, tal como se dice en el Corán:
“Quien matara a una persona –salvo que fuera por asesinar a otra persona o por sembrar la discordia en el país- sería como si hubiese matado a toda la humanidad; más quien diera la vida a uno sería como si hubiese dado la vida a toda la humanidad.” (5:33)
Una vez, el profeta Muhammad estaba reunido con sus discípulos cuando pasó un grupo llevando el cadáver de un judío al cementerio. En este momento, el profeta se levantó y expresó su condolencia. Tras este gesto, un discípulo le preguntó al profeta: “¿Por qué él había expresado su condolencia, si la persona fallecida ni siquiera es musulmán?” El profeta respondió: “¿El judío no era un humano?” Aquí, el profeta demostró que todos somos hijos del mismo Creador y que estos gestos de condolencias, aunque parezcan menores, son vitales para los familiares de un fallecido al recibir la fuerza y mantener la paciencia.
En conclusión, volviendo a mi encuentro con los padres de Fernando Báez, fui con la intención de ayudarlos en mantener la paciencia y la fuerza. No obstante, tras hablar y conocerlos personalmente me di cuenta de que era yo quien volvería a casa con más fuerza y el aprendizaje de paciencia.
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