En el atardecer de la vida, de nuestras vidas, seguramente muchos haremos un recuento entre piadoso y heroico del stock de nuestros inviernos. Claramente que en otros momentos brillarán por sí solos los veranos y las primaveras. Pero, no lo dudo, serán los inviernos los que nos tomarán la memoria por asalto en una interrogación punzante: ¿podría haber hecho más?
Como humanidad estamos atravesando un invierno antropológico-sanitario que ya preanuncia unos cambios que llegaron para quedarse. No detallo cuestiones de índole práctica sino que pongo la atención en aquello que buenamente veníamos acunando como pueblos instalados entre fronteras, y que resultó la diferencia para afrontar con inteligencia focalizada el coronavirus. El imprevisible invisible. Veleidoso y sorprendente. Un mutante transparente del siglo XXI.
Y hablando de inteligencia focalizada, de poner atención en lo bueno con capacidad de perspectiva y en Argentina, si hubo un grupo humano que despertó temprano a las enormes y variadas necesidades que traería aparejada la llegada de la pandemia entre los vecinos de las barriadas más pobres, es el Equipo de Sacerdotes de Villas y Barrios Populares de la Capital y el Gran Buenos Aires. Vienen taconeando verdades desde antes, pero ahora han quedado en primera fila haciendo sentir su voz. Cuando hablan, se los escucha.
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En ese grupo está Gustavo Carrara, obispo católico que forma parte de este equipo. En su intervención en el marco de la Semana Social virtual 2020 no defraudó con sus observaciones y diagnósticos. Una vez más, a partir de Las tres “T” (Tierra-Techo-Trabajo) ubicó lo fundamental en la necesidad de ampliar derechos a los que menos tienen y más padecen la pandemia, y sumó la responsabilidad de pensar la post pandemia aunque cueste en el presente imaginar siquiera una breve colección de escenarios futuros. Citó al papa Francisco en su libro La vida después de la pandemia, de mayo de este año: “Prepararnos para el después es importante. Ya se notan algunas consecuencias que deben ser enfrentadas: hambre, sobre todo para las personas sin trabajo fijo (changas, etc.), violencia, la aparición de los usureros, (que son la verdadera peste del futuro social, delincuentes deshumanizados), etc”.
“QUÉ VES / QUÉ VES CUANDO ME VES”
“Esta pandemia dejó al descubierto en carne viva la injusticia social histórica que viven estos barrios”, dijo Carrara. Hacinamiento, falta de servicios públicos esenciales, el gran problema de la falta de acceso al agua, la inseguridad y tantas carencias más. “Pero hay que decir que la pandemia no solo puso a la luz la inequidad que existía, sino que profundizó y aumentó la brecha. Y eso se verá nuevamente en el tema educativo: mientras algunos sectores sociales encontraron nuevas modalidades de aprendizaje, los sectores populares que no tienen conectividad ni equipamiento se quedaron donde estaban o retrocedieron; en consecuencia, la brecha educativa aumentó”, señaló el primer obispo villero.
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Personalmente me ha tocado escuchar de boca de un sacerdote que trabaja y vive en una villa porteña decir que ante la falta de conectividad a internet y la carencia de dispositivos aptos, trató de emparchar el bache bajando en su computadora él mismo las tareas y el material que enviaban las escuelas en los distintos niveles, para luego fotocopiarlos y entregarlos casa por casa. Esos papeles se convertirían en el único modo de contacto entre aquel docente, de esa escuela, con este alumno, de este barrio carenciado. Superar la brecha es durísimo con las coordenadas actuales en tantos ámbitos. Esto es solo un ejemplo pero resulta elocuente, ¿verdad?
“Muchas veces escuchamos acerca de la necesidad de volver a la normalidad. ¿Qué sería volver a la normalidad? ¿Vivir como anestesiados e indiferentes ante el dolor de nuestras hermanas y hermanos? ¿Seguir admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos?”, insiste Carrara.
LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
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Claramente ya sabemos que nunca volveremos a ser los mismos después de la pandemia y pasada la cuarentena extendida por tantas veces. Muchos saldrán fortalecidos por esa capacidad invisible de ser resilientes. Otros van a quedar expuestos (una vez más) a indignidades que ya conocen: los descartados. A los descartados de nuestro mundo el viento no se los va llevar por arte de magia. La salvación será comunitaria o no será, y vendrá con una consigna que casi es marca en las villas: recibir la vida como viene. “Así podremos visibilizar un ejército invisible actuando como un solo pueblo, a lo largo y ancho de nuestra patria, cuidando y abrazando la vida como viene, porque los pobres casi no tienen más que la vida y cuidan especialmente de los chicos y de los adultos mayores”, indicó el obispo más joven del episcopado argentino.
Al finalizar su intervención, Carrara dejó sobre la mesa esa convicción de que el trabajo digno es la salida integral ante la pobreza que avanza y se lleva puestos a tantos argentinos que hoy viven de la solidaridad fraterna transformada en comida, vestido, medicamentos, cama limpia, higiene imprescindible para darle batalla al virus. Un pueblo trabajador, de pie, es el que hace la diferencia.
Una cita del papa Francisco resume por dónde pasarán los verdaderos cambios que podrían sorprendernos en la post pandemia: “Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir”.
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