Ningún análisis de la realidad puede prescindir de la pandemia, del enorme impacto que ha causado –y causa- en todo el planeta y en nuestro país.
Hoy debemos barajar y dar de nuevo aceptando que hay un mundo a.c. y d.c., antes y después del coronavirus. Ese después ya lo estamos transitando.
La Argentina ha logrado hasta ahora evitar, en buena medida, los efectos más directos y fatales: la pérdida de vidas y el colapso del sistema de salud. Son logros ciertamente destacables. Basta pensar en las dramáticas situaciones vividas en Italia, España, Reino Unido, Estados Unidos y Brasil, por solo citar algunos de los países más golpeados por el virus.
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Las medidas fueron oportunas y eficaces, adoptadas con amplio consenso de la dirigencia política y cumplidas con notable compromiso por la gran mayoría de la población. Se ganó un tiempo muy necesario para mejorar el sistema sanitario y generar conciencia en la sociedad, sin cuya participación activa no hay modo de enfrentar el enorme desafío que plantea una enfermedad para la cual no hay, aún, cura asegurada ni vacuna adecuada.
La atención de la pandemia -sus necesidades y consecuencias- sigue siendo siendo prioritaria. En eso cabe el reconocimiento al esfuerzo conjunto de los gobiernos nacional, provinciales y municipales que, con el apoyo de toda la sociedad, deberá incrementarse en los duros momentos.
No es menor lo logrado para un país que arrastra décadas de crisis recurrentes, una gran pobreza estructural, problemas que casi no existen en el resto del mundo como la alta inflación y cuya sociedad exhibe profundas divisiones y conflictos.
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Los dramáticos -y sin duda, no deseados- efectos económicos y sociales de las medidas tomadas, se potencian por la brutal caída de la economía global. En el largo plazo, lo peor de las crisis se sufrirá en los países menos desarrollados, la Argentina es uno ellos.
Los primeros indicadores exhiben una situación sin precedentes, de enorme gravedad para la mayoría de la población, con cuantiosas pérdidas de puestos de trabajo, caídas de ingresos y el consecuente aumento sustancial de quienes están sumergidos bajo la línea de pobreza. La pobreza estructural de las décadas recientes osciló entre 25 y 30%; las primeras estimaciones proyectan que la mitad de los argentinos pueden padecerla en los próximos meses.
El virus dejó a la vista también la altísima informalidad de la economía argentina, con millones de personas de sectores medios y bajos de la sociedad que viven al día, sin reservas ni recursos para enfrentar una contingencia tan imprevisible y extrema.
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¿Hay una respuesta ante este panorama desolador?
Creemos que sí. Son muchos los ejemplos de países que afrontaron situaciones límite tan o más duras que la nuestra actual y se reconstruyeron a partir del esfuerzo colectivo solidario y los consensos mantenidos en el tiempo.
La clave es comprender que no hay espacio para la confrontación violenta, que es preciso respetar los disensos y construir acuerdos amplios en el marco del Estado de Derecho democrático que, por fortuna, es un consenso real de nuestra sociedad.
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Hemos sostenido –y volvemos a hacerlo- que nadie puede salvarse solo. De nada sirven ahora las atribuciones de culpas o los intentos de demonización entre sectores partidarios. Esas conductas no solo echan leña al fuego de la grieta sino que nos alejan de la única vía para encarar una salida viable.
Por otra parte, llevamos demasiado tiempo de deterioro como para que alguna parte de la dirigencia pueda eximirse de responsabilidad por la gravedad de los problemas que nos afectan y debemos resolver.
En suma, la respuesta debe darla la política, entendida como la capacidad de organizar la sociedad para evitar conflictos y generar bienestar. La dirigencia política, económica y social así como los tres poderes del Estado están en deuda con la sociedad. Ante una crisis de dimensiones históricas, es imprescindible que comprendan el verdadero sentido de la actividad política y sean capaces de convocarnos a todos al gigantesco esfuerzo que nos espera. Estamos seguros de que la sociedad responderá si recibe a cambio los beneficios que debe brindar un Estado eficiente. Sí, está en juego la efectividad del Estado.
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Pensar en estos términos es hacerse preguntas sobre el cambio institucional que precisamos. Las instituciones, vale recordar, son las reglas de juego que una sociedad se impone para paliar la incertidumbre de la vida en común y son los mecanismos para hacer cumplir esas reglas. Acordar reglas y obligarse a cumplirlas, algo tan básico y tan poco frecuente en la Argentina, es un punto de partida. Comprometerse a enfrentar el fenómeno sistémico de la corrupción, que destruye el tejido institucional y nos priva de cuantiosos e indispensables recursos es otro hito decisivo.
El reto histórico para los líderes de hoy es gestionar la crisis al mismo tiempo que construir el futuro. Hace falta innovación, tanto en el ámbito de las políticas como en el de la gobernanza y, cuando mencionamos a necesidad de innovar, también aceptamos tomar riesgos. Eso supone aceptar el costo del fracaso y entender que el precio de no tomar riesgos y no actuar puede ser mucho mayor. Debemos mejorar la implementación de las medidas en el plano nacional; potenciar la acción a nivel local, resolver problemas mediante la cooperación internacional y una mejor alianza mundial; aprovechar la ciencia, la tecnología y la innovación prestando una mayor atención a la transformación digital en beneficio del desarrollo sostenible;
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la Agenda 2030 de Naciones Unidas, son una referencia insoslayable. En torno a ellos se pueden alcanzar los primeros acuerdos.
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La convocatoria inmediata al Consejo Económico y Social, anunciado por el Gobierno Nacional como herramienta fundamental, puede ser un paso decisivo en la dirección correcta. Todos los sectores deberían ser llamados a integrarlo y comprometer su participación.
Vale reiterarlo, no hay margen en la actual situación para disputas partidarias o sectoriales que desconozcan la inédita gravedad de los problemas que afrontamos. Podemos hacerlo pero sólo si lo encaramos todos juntos.
Para evitar el abismo, más amenazante y cercano que nunca, y para dejar de ser ese fenómeno curioso e inexplicable que los expertos del mundo no saben definir ni catalogar.
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