Pandemia, globalización y subsidiariedad

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La pandemia enfrenta a la humanidad a varios desafíos (Foto: Adrián Escandar)

Los seres humanos hemos sufrido infinidad de epidemias y pandemias. No sé si la actual es la más grave de todas las conocidas, pero no necesita ganar torneo alguno para demostrar su malignidad.

Ninguna de sus antecesoras, aun siendo terribles, ha merecido ser considerada por los historiadores como un “acontecimiento ‘epocal’“, entendiendo como tal a aquél que es utilizado como mojón indicativo del fin de una era –un período de tiempo, y en una región determinada, coherente en valores determinantes y significativos, situación política, creencias religiosas, etc.- y el comienzo de otra.

El inicio de la Edad Media es generalmente identificado con la caída del Imperio Romano de Occidente, más exactamente con la ocupación de Roma por los bárbaros en el año 476 d.c., mientras que a su fin se lo hace coincidir con el descubrimiento de América en 1492 o, un poco antes, con la caída de Constantinopla en 1453, aunque la decadencia de Roma y la “feudalización” del antiguo Imperio (la disolución de sus lazos, si bien pudieron sobrevivir en lo esencial por la expansión unificadora de la Iglesia) y el desarrollo de nuevos paradigmas antropocéntricos se anticiparan mucho a la finalización del Siglo XV. ¿La Edad Contemporánea comenzó con las revoluciones americana y/o francesa? ¿O con la invención de la imprenta (1450), que fue la primera gran revolución informática, o setenta años después, con la reforma luterana? ¿Cuál es el “acontecimiento epocal” de nuestra era? Elijamos: la explosión atómica en Hiroshima (1945) junto con la contemporánea derrota final del Eje; la definitiva (suponemos) caída de los totalitarismos con la implosión de la Unión Soviética, tomando como acontecimiento la demolición del Muro de Berlín (1989); la difusión del internet (1990/2000); el descubrimiento del ADN (1960?); el posterior desarrollo de la biotecnología?

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En realidad, todos han sido procesos que comenzaron mucho antes del “acontecimiento epocal”, y se desarrollaron y consolidaron a lo largo de décadas posteriores.

¿Cuál es la razón de que las pestes no hayan sido consideradas “acontecimientos epocales”?. Seguramente porque ninguna cambió nada fundamental en la sociedad que la recibió y padeció. Por otra parte, las pestes vinieron y se fueron, nadie sabe exactamente porqué. Sin duda las malas condiciones sanitarias e higiénicas fueron ocasión de su advenimiento, como las prevenciones para el contagio (con el tiempo llegaron los remedios y vacunas) y, quizás, la “autoinmunización”, ocasión de su partida. Pero, como el absurdo de la peste relatada por Camus, “…nunca muere o desaparece…puede permanecer dormida por años y años…(aún así)) quizás llegue el día cuando, tanto para pesadilla como para iluminación de los hombres, ella despierte nuevamente a sus ratas y las mande a morir en una ciudad hasta entonces feliz”.

No sabemos todavía si esta es la peste más terrible de la historia de nuestras pestes (personales y sociales, culturales y biológicas). Si pensamos en el número de víctimas, gracias a Dios, no la es. La “peste negra” de mediados del S. XIV mató a casi 200 millones de personas, un número cercano a la mitad de población europea, continente donde se asentó por cinco años. La denominada “gripe española” dejó un saldo mortal de aproximadamente 50 millones, entre 1918 y 1919, y así hay otros antecedentes de similar dimensión apocalíptica.

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Es muy temprano –lamentablemente, porque todos ansiamos su final- para hacer un balance de la actual pandemia, especialmente de sus resultados y legados. Pero esta peste se manifiesta también junto con ciertos fenómenos que destacan su singularidad, especialmente el del “aislamiento social”. Nunca se dio, al menos con tal intensidad local y globalizada, una situación de casi total “encierro” de la población en sus domicilios, la interrupción de la actividad recreativa, educativa y, principalmente, la comercial e industrial no esencial, con una duración tan prolongada.

Seguramente no nos engañaríamos ni nos dejaríamos tentar por la ciencia ficción si tratásemos de imaginar las consecuencias de este denominado “aislamiento social”. El nombre ya es revolucionario por lo contradictorio: estar (como sistema, no por una específica situación patológica de uno o un grupo de individuos) aislados en la sociedad, cuando ésta, por definición, supone y exige la integración. El “aislamiento” provocará, una tremenda crisis económica, pero de este tipo de situaciones extremas la humanidad siempre se las ha arreglado para salir. Lo que no sabemos es el tipo de crisis psicosocial que heredaremos de la pandemia, sus consecuencias culturales y políticas, si es que realmente las producirá.

El “aislamiento” está ya dejando una experiencia: la posibilidad de la educación y el, en ciertas áreas, generalizado trabajo “virtual”, vía internet. Este fenómeno puede generar cambios importantes, en principio positivos: menor traslado físico, menor utilización de trasporte público, menor, entonces, contaminación ambiental, junto con un mayor aprovechamiento del salario (eliminación de gastos de traslado, comidas “de oficina”, vestimenta), menores gastos generales para las empresas económicas y organizaciones educativas. Claro que se perderá el contacto personal, tan importante, por ejemplo, en la educación (como profesor, necesito ver a mis alumnos, sentir su atención o aburrimiento, con ello motivarme para modificar el discurso, para “condimentar” el tema, sentirme rejuvenecido al aspirar la juventud que de ellos emana).

Los efectos económicos y psicosociales de esta peste serán seguramente estudiados por científicos de distintas especialidades. No puedo dejar de imaginar a los estrategas militares, especialmente de las grandes potencias, analizando el caso como experiencia, a guisa de “maniobra”, en el marco de una hipótesis de conflicto “químico”.

No debemos dejarnos engañar, tampoco, por las sirenas apocalípticas, ni por las manías conspirativas, cuyas usinas vaya a saber en cual central de inteligencia se encuentran. Tomemos a la “infodemia” (la peste de las “fake-news”) como un entretenimiento para pasar el tiempo de encierro; no valen para mucho más.

No parece de recibo pensar que la pandemia provocará, por si sola, un cambio en el actual sistema económico, caracterizado por la tremenda desigualdad en la distribución de los bienes “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, de la tierra y el trabajo que es de todos y de cuyos frutos todos debemos participar en justa, equitativa y misericordiosa proporción (cada una de ellas subsidiaria de la anterior)[1]. Sin duda el mercado necesita de la “mano severa y firme” del Bien Común para no convertirse (así querido o no) en un disfraz del latrocinio (¡¡si dejaran que el 50% de, siquiera, la plusvalía se derramase de verdad!![2]). Quizás la pandemia provoque también correcciones culturales que impulsen los cambios positivos en el orden económico y político.

Por lo expuesto tampoco me parece que la pandemia terminará con la globalización (obviamente no con la globalización fáctica –“una humanidad cada vez más interrelacionada” (CV, 42)- lo que sería imposible, sino con la globalización como sistema). Por el contrario, la primera impresión es que la profundizará, al menos como necesidad: una peste globalizada seguramente precisará de ser combatida con medios también globalizados.

Como ocurre con el mercado, o con la democracia o con la libertad de prensa, los defectos y carencias de la globalización deben ser corregidos no por el camino de la eliminación de la sustancia sino por el esfuerzo del mejoramiento, por la creación de instituciones que, lejos de disminuir sus beneficios, los incrementen, permitiendo se separe la cizaña del trigo.

La corrección de la globalización no puede conducir al retorno del cerrado sistema “westfaliano” de los Estados nacionales competitivos por el poder, marcha atrás que si sería apocalíptica, al menos por el peligro belicista (atómico, químico?) que podría representar. Tampoco significa la desaparición del Estado (CV, 41) sino, por el contrario, la necesidad de fortificarlo en las organizaciones públicas-políticas más cercanas a las familias y sus miembros: municipio, provincia, región, nación, mayormente en ese orden subsidiario.

La globalización es hoy un sistema imperfecto que debería dar un salto cualitativo y convertirse en un ordenamiento jurídico, es decir, en una comunidad política en la que predomine la cosmovisión unitiva jurídica (la “ciudad del hombre”), sin perjuicio del respeto de tradiciones culturales, creencias religiosas, etc., es decir un ordenamiento jurídico supranacional común y subsidiario de las nacionalidades. “Urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial…”, advertía hace ya más de 10 años el ahora Papa Emérito en la encíclica Cartitas in veritate[3], a la que me atrevo a denominar y proponer como la “gran hoja de ruta” de la pos pandemia.

Algunos líderes mundiales, con mucha picardía, lanzan la consigna de “primero nuestra Nación”, como si la globalidad regulada pudiera poner en peligro el bienestar de esos riquísimos conglomerados nacionales. Es una picardía, porque saben que, siendo sus naciones superpoderosas, la globalidad regulada las sometería a un orden de por si limitativo de un poder que, de lo contrario, pueden ejercer con la fuerza que les convenga según las circunstancias. Una de los efectos del ordenamiento jurídico –nacional, global- es la protección de los más débiles frente, al menos, los excesos de los más poderosos.

Quizás sea todavía prematuro pensar en una “autoridad política mundial” sin perjuicio del deseo profético expresado por Benedicto XVI. Pero se puede ir avanzando por escalones, estableciendo agencias supranacionales con verdadero poder final (esto quiere decir, incluso, coactivo) sobre materias específicas de inevitable alcance global, como la salud, las migraciones, el hambre. Es decir, agencias supranacionales capaces de ampliar cada vez más el número de invitados a la mesa del bien común global.

En síntesis, debemos imaginar instrumentos y medidas, no sólo para enfrentar a la pandemia en sus horas críticas, sino a una situación que me imagino igual o todavía más grave: la pos pandemia. Para lidiar con ésta no bastará, en realidad será contraindicado, el encierro y aislamiento, sino ciertamente medidas de emergencia donde lo público (el Estado) asumirá un papel relevante frente a lo privado (la sociedad civil). Esperemos también que, como lo enseñaba Benedicto XVI y lo continúa haciendo nuestro Francisco, las autoridades tengan conciencia acerca de la necesaria temporalidad de la emergencia y recuerden que ellas son titulares de sólo, aunque nada menos, una competencia subsidiaria.

[1] Voy a citar las enseñanzas del Papa Emérito, Benedicto XVI, en esa encíclica extraordinaria que es “Caritas in veritate”, “La Caridad en la verdad” (CV). En el nº6 dice: “Ante todo, la justicia. Ubi societas, ibi ius: toda sociedad elabora un sistema propio de justicia. La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo “mío” al otro; pero nunca carece de justicia, lo cual lleva a dar al otro lo que es “suyo”, lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo “dar” al otro lo que es mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde…la justicia es “inseparable de la caridad” (con cita de Paulo VI, enc. Populorum progressio, nº22)…Por un lado, la caridad exige la justicia…Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón (con cita de Juan XXIII) La ‘ciudad del hombre’ no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún , con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión”.

[2] El Papa Francisco, en el nº 54 de la exh. apos. Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio), señala que la teoría del “derrame” “jamás ha sido confirmada por los hechos (y) expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”.

[3] Hoy más que nunca conviene releer el texto de CV nº 67, que parece escrito para las actuales circunstancias: “Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la Arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial …Esta autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiariedad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común (cita a Juan XXIII, enc. Pacem in terris), comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad. Dicha autoridad, además, deberá estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos (cita, Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 82). Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización (cita a Juan Pablo II, enc. Sollicitudo rei socialis, 43), que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas” (destacados en el original, salvo lo destacado en negrita).