
Cualquier candidato presidencial, en cualquier democracia del mundo, soñaría con participar de un debate en las condiciones que le tocaron ayer a Alberto Fernández. Habitualmente, los debates se realizan con alguna incógnita sobre el resultado electoral. En este caso, se realizó dos meses después de una primaria que dejó en claro el rechazo de la mayoría por el gobierno de Mauricio Macri: era un debate, casi, con resultado cantado. En esas condiciones, solo tenía que esperar cualquier cosa que dijera Macri para desautorizarlo, contrariarlo, burlarse de él, levantarle la voz, decirle las cosas en la cara. Y es lo que hizo. Fernández ya sabe que, al menos en eso, tiene a una mayoría de su parte: usó esa ventaja al máximo. Fue como un boxeador que subía al ring y encontraba a su contrincante boleado: solo tenía que pegar en los flancos expuestos.
En ese sentido, Fernández actuó como un dirigente tradicional. Hizo campaña para los enojados. Su contrincante no es ni Roberto Lavagna ni Nicolás del Caño ni ninguno de los otros. Su competidor es el presidente Mauricio Macri. O, mejor dicho, lo era hasta el 11 de agosto. Desde entonces, quedó clara la fortaleza y la debilidad de cada uno. Macri llegaba débil al primer debate y Fernández con toda la fuerza del vencedor. Era un grandote, un fortachón contra alguien que no está en condiciones de oponerle demasiada resistencia. Y esa asimetría fue explotada al máximo por el favorito a asumir el poder el próximo 10 de diciembre.
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Si todo sucede como se vislumbra, en dos semanas Fernández será elegido como el próximo presidente de la Argentina. En ese momento, empezará una pelea, para él, mucho más complicada que el debate contra Macri, que es la pelea contra la realidad de un país sumamente complicado. Y sobre esa pelea, que es la trascendental, explicó poco. En ese sentido, un dirigente menos tradicional tal vez hubiera elegido otro camino: en lugar de ensañarse con su contendiente golpeado, habría tratado de explicar la manera en que va a enfrentar el gigantesco desafío que le espera. Si algo demostró ayer Fernández, es su condición de político profesional, en el mejor y peor sentido del término.
Fernández propuso estimular al mismo tiempo las exportaciones y el consumo, explicó que podrá tomar tanto medidas ortodoxas como heterodoxas, y poco más. No necesita hacerlo en este momento. ¿Para qué abrir debates innecesarios antes de las elecciones? Ese es el razonamiento de siempre. El resultado es que, si alguien recorta solo sus intervenciones, podrá entender muy claramente lo que opina del gobierno de Mauricio Macri -que fue una porquería-, muy vagamente lo que piensa hacer él y nada de lo que sucedió antes de 2015. Es cierto que Fernández ha opinado sobre estas cosas en entrevistas en todos estos meses. Pero ningún escenario era tan jerarquizado como el de ayer.
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Su opinión sobre lo sucedido previamente al 2015 no tiene solo que ver con los hechos graves de corrupción o con los problemas económicos que bien señaló Roberto Lavagna en el debate, sino con algo más amplio. Fernández llevará con él al poder a la estructura de dirigentes más poderosa del país, la que ha gobernado la mayor cantidad de años desde el regreso de la democracia: ¿cómo asegurar que no sucederá lo mismo que otras veces, que el péndulo no vuelve al lugar de origen? ¿O todos los problemas llevan el nombre de Mauricio Macri? Para salir del laberinto en el que se mete cada vez que se niega a calificar a Nicolás Maduro como un dictador, ¿era necesario inventar que alguien está planeando enviar soldados argentinos a Caracas? ¿De verdad la educación pública está viviendo un gran momento en la Argentina? ¿En serio los hospitales entraron en crisis en 2015? ¿Daniel Scioli, el hombre que no mintió, es un ejemplo para sentar en primera fila, fue un buen gobernador de la provincia de Buenos Aires? ¿Realmente Mauricio Macri tiene la responsabilidad por el brote de sarampión?
Un debate, finalmente, es un hecho anecdótico, sobre todo si lo más importante ya parece jugado. A medida que pasen los días, la cuenta regresiva se irá acelerando hacia el 10 de diciembre. Ese día, seguramente Macri bajará y Fernández subirá al toro mecánico que es el sillón de Rivadavia. Respecto de ese momento, Fernández todavía es una incógnita: “Un poco de ortodoxia y un poco de heterodoxia”.
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