¿La gente puede cambiar? Ese es un dilema filosófico, pero hay consenso en señalar que se puede cambiar hasta cierta edad. Cuando uno supera los 50 años de edad, es decir la mitad de la vida, es difícil que su personalidad y las relaciones con el mundo se modifiquen substancialmente.

¿En el ejercicio de la política se puede cambiar? La historia argentina de las últimas décadas demuestra que eso pasa, continuamente. Radicales que se vuelven peronistas. O peronistas que se vuelcan a la izquierda. O gente de izquierda que se torna de derecha. En el mundo no es muy distinto, pero la patología es muy criolla.

La movida se motoriza por muy distintos motivos: conveniencias en relación al poder, razones económicas, motivos para conseguir más votos. No hay convencimientos férreos como los que existían hace décadas donde muchos se ofrecían a morir por las ideas, porque pertenecer a determinado bando implicaba una práctica religiosa, una fe incontenible.

Si se lee Sinceramente, el best seller de Cristina Kirchner dictado por ella pero escrito por alguien que conoce la arquitectura de la construcción de un libro, la autora es la misma de siempre. Narcisista, violenta por momentos, competitiva, obsesiva en detalles frívolos y en detalles íntimos, que no se siente culpable de nada y de que todo lo que hizo desde la presidencia fue fantástico. Incluso decir que la pobreza era de un 4 por ciento en la Argentina mientras registraba un 27 por ciento real. Del mismo modo juega con todas las estadísticas ligadas a su gestión que se conocieron en el ámbito privado, pese a la intervención patoteril en el INDEC.

Cristina no hizo una revisión de lo actuado, ni siquiera se ha atrevido a hacer una imprescindible autocrítica. Sólo le importa subirse al envión de los cuestionamientos a la gestión de Mauricio Macri, que tiene numerosos flancos débiles que no tienen arreglo en el corto plazo. Y algo muy importante: sigue pensando como una dirigente populista, como lo que fue, con todos los riesgos que ello representa para una sociedad con muchos sectores que padecen necesidades no satisfechas por el sistema.

Sus defensores dicen que ha cambiado, que no piensa como antes, que le atraen todo aquello que le permita salir del atolladero judicial y familiar. Se han tejido muchas hipótesis en torno a cómo se ha lanzado al ring, a la pelea, elegida como contrincante por los actuales habitantes de la Casa Rosada. Si tuvo coraje o está avalada por alguien poderoso, porque la realidad económica, el proceso inflacionario, la deuda externa que ha crecido un 40 por ciento en los últimos tres años asustarían a cualquiera.

Ella sabe que la deuda es impagable y hay que renegociarla, y frenar la inflación requiere entre siete y diez años aplicando una estrategia uniforme y lógica que hasta ahora es posible que no la tenga nadie en el país. En otras naciones, aferrándose a la continuidad en la acción, lograron extirpar la inflación pero les llevó una década. Ayuda para alcanzar eso que haya continuidad política, principio elemental.

Tampoco se sabe si contará con el visto bueno del Fondo Monetario Internacional, un acreedor importante de la Argentina. Hasta ahora tanto el FMI como el gobierno de Donald Trump, que representa al país que manda en el Directorio del organismo financiero, querían la continuidad de Macri y rechazaban cualquier retorno del populismo.

La fórmula Fernández-Fernández no produjo ningún cimbronazo de importancia en la actividad económica, si en la política. Los mercados no se alertaron pero al mismo tiempo se han tejido mil hipótesis de cómo Alberto Fernández fue el elegido de Cristina.

¿Quizás es su definitivo hombre de confianza después de haber sido jefe de Gabinete de Néstor Kirchner pero denostándola con firmeza desde que terminó su ciclo en Balcarce 50, apenas fuera electa por primera vez ? ¿Desde su puesto eventual de presidente le dará indulto judicial a su vice? Alberto tiene cintura política. Habla con periodistas sin formalidades y con funcionarios de entidades financieras. Eso sí: desde los tiempos de su participación junto a Domingo Cavallo ha pegado grandes saltos políticos. Nunca se supo a quien adhería definitivamente.

En el espectro de las grandes decisiones todavía faltan acontecimientos que pueden cambiar el rumbo de las cosas. En primer lugar las decisiones que adopte Alternativa Federal (Urtubey, Schiaretti, Lavagna, Pichetto), el frente dialoguista civilizado en los desencuentros ideológicos, y si Sergio Massa, amigo de Alberto Fernández, seguirá con ellos o se tentará con algún ofrecimiento del cristinismo.

Todo es posible. El segundo escenario es la Convención Radical antes de fin de mes donde se decidirá si el viejo partido que tiene una envidiable estructura a nivel nacional seguirá acompañando a Macri, si le exigirá algo a una administración débil como la actual o si eligirá su propio camino.

Por su lado, los líderes empresariales han mejorado la imagen de Mauricio Macri. Ayudó la calma con el dólar, la presentación de algunas obras públicas de relevancia y cierta leve mejora en algunos sectores de la actividad productiva. En especial en las pymes, satisfechas con que Cristina Fernández haya actuado con moderación al ubicarse como vicepresidenta no desconfían de esa propuesta electoral, como sí lo hacen los líderes de empresas grandes.

El gran problema es cuánto es el nivel de venganza con el que quiere aterrizar el cristinismo. En el juicio oral del martes acompañaron a la candidata las figuras de siempre. Entre tantos, las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas, gente cercana e intendentes del Gran Buenos Aires. Todos los que participaban de sus escenarios y su imparable oratoria. Los problemas judiciales de Cristina ofrecen un panorama mucho más complicado que el de Menem en 2003. Carga con 11 procesamientos y cinco juicios orales en marcha y fue acusada por delitos de gravedad.

Alberto Fernández tampoco ayudó a la templanza pública. "Vamos a tener que revisar muchas sentencias judiciales", declaró. Además, cuestionó la prisión preventiva aplicada a ex funcionarios de Cristina en el poder acusados por corrupción y criticó a los jueces Claudio Bonadio y Julián Ercolini. Hubo espíritu de batalla cuando dijo que son varios los jueces que tendrán que explicar "las barrabasadas que escribieron para cumplir con el poder de turno." De ese tipo de lealtades en la Justicia el cristinismo ha mostrado siempre habilidad y descaro.

Muchos profesionales se enervaron porque parece que Alberto Fernández se ha olvidado de los libros de Derecho. Es que la revisión de las sentencias es una tarea del Poder Judicial, no del Poder Ejecutivo y los tribunales de apelaciones están para tomar en cuenta o no los errores de los tribunales de niveles inferiores. En última instancia es la Corte Suprema quien tiene el control de la constitucionalidad de las decisiones.

Bien se sabe: para los adultos es muy difícil el cambio. Asombra la omnipotencia del cristinismo. Quieren mostrar al mundo que a todos los que se le oponen los pasan por arriba.