
[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]
El llamativo título que Infobae ha elegido para este espacio significa una invitación a reflexionar brevemente sobre la situación socioeconómica de la Argentina a partir de dos supuestos que aparecen implícitos en dicho título: primero, que la Argentina está mal, y, segundo, que los motivos se remontan a un hecho identificable de nuestro pasado.
Encuentro que el primero de los supuestos es innegable. Para confirmarlo, basta mirar la evolución de algunos indicadores socioeconómicos básicos. Voy a mencionar: la debilidad del sistema institucional en general, en particular la Justicia; el deterioro del salario real y las jubilaciones; el crecimiento de la deuda pública y el aumento de la inflación combinado con la caída de la producción y el consumo.
La segunda premisa invita a una mirada a la historia del país. En este sentido, me resulta imposible evaluar a la Argentina (o a cualquier país de América) sin tener en cuenta el colonialismo y su evolución de distintas formas por lo menos durante los últimos 250 años, es decir, desde las décadas inmediatamente anteriores a la independencia de los países americanos.
En Estados Unidos la independencia fue liderada por la clase de comerciantes y artesanos (los llamados "Patriots"), que, viendo el extraordinario despliegue del Imperio británico desde el siglo XVI, buscaban crear su propio imperio. Vale la pena recordar que la élite de las 13 colonias (los llamados "Loyalists") prefería seguir disfrutando de sus privilegios como representantes del Imperio británico. Lograda la independencia del Imperio británico que ya se había extendido hasta la India, los Estados Unidos comenzaron su política colonial tan claramente articulada en la doctrina Monroe y más tarde con la doctrina que Roosevelt prefería llamar "expansionismo". Es decir, una forma de colonización por parte de los Estados Unidos de las ex colonias españolas.
Mientras tanto, la independencia de los países latinoamericanos fue liderada por las élites representantes del desfalleciente Imperio español. Las élites veían que la destrucción del poder español (en particular frente a la invasión napoleónica) ponía en peligro sus privilegios. Avanzaron más por omisión que por acción. No es necesario más que recordar que el deseo de preservar privilegios coloniales llevó a la Primera Junta a jurar gobernar en nombre del ya depuesto Fernando VII. Finalmente, ante el fin ya irreversible del Imperio español, las élites buscan protección en el Imperio inglés dominante. Recordemos a modo de ejemplos entre muchos otros, la creación de la Famatina Mining Company en La Rioja con capital de la Baring Brothers y con la participación de Facundo Quiroga, o la Río de la Plata Mining Association creada con capital del Hullet Brothers Bank de Londres y la asociación de Bernardino Rivadavia.
Dentro de los límites de espacio que impone este artículo, quiero resaltar que la independencia argentina con respecto a España fue rápidamente suplantada por la dependencia del poder británico con la anuencia de la clase privilegiada dominante en el país.
No es este el lugar para detallar cómo funcionó el esquema colonial británico en Argentina, pero baste recordar que hasta 1945 en nuestro país se manejaba por la izquierda. Aproximadamente por esa época, y frente a la posición cada vez más poderosa de los Estados Unidos, comienza a resquebrajarse la influencia británica en el país, que sería reemplazada definitivamente por la norteamericana a partir de la caída del gobierno de Juan D. Perón.
Es decir, la historia de Argentina, una historia signada por las potencias coloniales dominantes, corre en paralelo a la de los demás países latinoamericanos, descendientes también de un imperio en decadencia (Portugal, en el caso de Brasil), pero que todavía no han logrado su total soberanía.
Sin embargo, si debo resaltar una etapa particularmente nefasta para Argentina, no puedo sino enfocarme en la que se inició con el golpe del 24 de marzo de 1976. Fuimos expuestos a la desaparición de miles de personas, al impulso de conflictos con Chile y a la guerra por las Islas Malvinas. Todo esto combinado con un modelo económico que repitió anteriores esquemas de aliento a la especulación y la destrucción de los recursos productivos.
La sistemática desaparición forzada de personas superó cualquier posible desastre anterior o posterior. Se concentró en especial en los líderes de los movimientos estudiantes, sindicales, sociales y políticos, la gran mayoría de los cuales eran jóvenes con ideales y con intenciones de cambiar el país, a pesar de la indiscutible confusión en cuanto a cómo hacerlo, incluyendo la visión errónea de algunos de que el único camino posible era la lucha armada. Esto significó una aberración abominable. No hay duda de esto.
Pero además generó otras consecuencias que, si bien parecen menores en comparación con la tremenda violación a los derechos humanos, deben destacarse. Una generación de futuros dirigentes desapareció. No solo dejaron de participar quienes habían muerto, sino que muchos otros se autoexcluyeron por el temor a sufrir las mismas consecuencias. Gente que, en condiciones normales, hubiese liderado en los siguientes cuarenta o cincuenta años, evolucionando a distintas posiciones políticas e ideológicas, dejó un enorme vacío que nunca pudo ser plenamente cubierto. Esa carencia generacional provocó una disminución en la calidad y la diversidad del potencial liderazgo que nos afectó profundamente en nuestra capacidad de producir cambios superadores.
Aun así, está en nosotros el reaccionar y el negarnos a aceptar un destino de inexorable mediocridad para trabajar en otro modelo. Un modelo en el que la inclusión social, la transformación del modelo argentino al mundo del siglo XXI y el fortalecimiento institucional sean parte de un armado colectivo en el que participemos todos, más allá de nuestras diferencias ideológicas, reconociendo que la Argentina a la que aspiramos debe ser de todos y para todos.
La autora es ex ministra de Relaciones Exteriores y Culto. Diplomática.
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