Cuando, en noviembre del año pasado, las autoridades, los profesores y los estudiantes de los institutos formadores se enteraron por los medios de comunicación de que la formación docente iba a pasar a manos de una universidad que se iba a crear, no imaginaban que, un año después, el grupo de diputados del PRO votaría la misma propuesta bajo otro envoltorio.

Tampoco imaginaban que el mismo gobierno que plantea una menor participación del presupuesto educativo en el de la Ciudad iba a proponer la coexistencia de dos instituciones que presentan la misma oferta educativa. Menos aún suponían que este gobierno que afirma que faltan docentes en la Ciudad no relacione esta situación con las condiciones de trabajo docente y con los magros salarios porteños, ubicados por debajo de la media nacional.

Costó comprender cómo las actuales autoridades desconocen que es necesaria una batería de medidas a adoptar a fin de incentivar la elección de la docencia como carrera profesional. Diversos estudios aseguran que en las sociedades en donde los docentes se sienten valorados y son reconocidos por los Estados como profesionales jerarquizados (no solo desde el punto de vista salarial, aunque lo incluye) los jóvenes eligen esta profesión como trabajo.

Más aún resultó difícil explicar la insistencia en la creación de una universidad para formar docentes, ya que ningún estudio ni investigación asegura que los estudios universitarios garantizarían mejores maestros y profesores (si miramos al mundo, muchos países han desarrollado la formación de sus docentes en el nivel universitario y otros en instituciones formadoras).

Pero lo que más llama la atención en este año es la persistente ausencia de espacios de trabajo concretos convocados por los responsables de implementar las políticas educativas. Esta idea se constituyó en noticia. Se presentó con todas las lucecitas de colores y no se alteró a pesar de los pedidos, de las cartas, de las reuniones de las rectoras de los profesorados con distintos interlocutores. No se alteró a pesar de las movilizaciones, de las charlas de los especialistas y los estudiosos del tema, y de las demandas de las organizaciones gremiales. Este Gobierno no estuvo dispuesto a transformar la formación docente, porque si lo hubiese estado, los caminos para mejorarla eran otros. En primer lugar, tendría que haber conocido las instituciones formadoras y sus actores, y podría haber hallado allí experiencias, saberes, ideas, propuestas, planes de trabajo. La comunidad educativa ha mostrado disponibilidad para revisar sus prácticas. De hecho, muchas instituciones han implementado diversas estrategias en relación con la organización de los espacios curriculares, la acreditación de los aprendizajes, la organización institucional, el trabajo de los tutores, etcétera. Solo había que conocerlas. Lo que sí se ha negado a discutir es la UniCABA como solución única producto de un diagnóstico desconocido, realizado unilateralmente por la administración.

Luego de un año, con la ley votada solo por el bloque del PRO, lo que se reafirma es que la decisión de no innovar aquella noticia que se dio hace exactamente un año se mantuvo firme. Un gobierno con convicciones.

La autora es magíster en Educación. Docente. Asesora LCBA. Fue ministra de Educación CABA (2003-2006).