Mi familia lloraba. Yo confiaba demasiado. Le dije a mi madre: "Tranquila, él sabe qué hacer". Acababan de anunciar en televisión los resultados de las elecciones presidenciales de abril de 2013. Nadie le creía a la presidente del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, que acababa de brindarle el triunfo a Nicolás Maduro.

Sabíamos que el verdadero ganador había sido Henrique Capriles. Por primera vez, sin necesitar pruebas, teníamos la certeza. Le habían robado las elecciones. Confiábamos en que aquello sería un punto de inflexión cuya consecuencia ineludible sería la libertad. Porque Capriles pelearía. Porque Capriles respondería a quienes depositaron en él las esperanzas. A quienes le dieron su voto para que fuera presidente.

Existía ese convencimiento, casi infalible, de que el líder propondría la ruta adecuada, porque Capriles se había convertido en eso, un líder. También en un héroe para muchos. El único que en años parecía contar con los atributos que lo elevaban a la altura del desafío. De la frágil tesitura. A la altura de Hugo Chávez —y, entonces, por encima de su sombrío y tardo delfín, Nicolás Maduro.

Henrique Capriles había sido diputado, el presidente más joven de la entonces Cámara de Diputados (1999), dos veces alcalde de Baruta y dos veces gobernador del estado Miranda —uno de los más importantes del país. Era popular. Era querido y admirado. Nadie en ese entonces notaba que el político acudía a terribles y peligrosas tácticas, como la degradación del lenguaje, gestos populistas y coqueteo con el mismo socialismo chavista. Todos andaban embelesados —¡todos andábamos! Embobados con su chabacanería y su aparente coraje.

Entre otros dirigentes —muchos de los cuales gozan hoy, sin duda, de mayor popularidad— Henrique Capriles se alzó para ser quien rete al impávido y casi omnipotente Hugo Chávez. Ni María Corina Machado, ni Diego Arria, ni el otrora fenómeno, Leopoldo López, pudieron contra él en las primarias de la Mesa de la Unidad de febrero de 2012.

Recorrió el país en una campaña esbozada para enamorar. "El flaco" despertaba casi la misma adoración que el gran populista rojo. Los mítines eran una locura. Gente eufórica. Lloraba y cantaba. Sentían vívidamente el eslogan de la campaña: "¡Hay un camino!". Y todos querían abordar el autobús del progreso. "¡Se ve, se siente, Capriles presidente!". "¡Hay un camino! ¡Hay más esperanza! ¡Hay una voz en el pecho que ahora quiere gritar! ¡Con Capriles Radonski, pa' lante es pa' lla!". "¡Está aclarando la mañana en Venezuela! ¡Despierta el pueblo que ama la vida y la paz!".

Era imposible no emocionarse. Que la alegría y el optimismo no se contagiara. Que alguno no portara el pavoso tricolor, en la muñeca o en el cuello. Que alguno no agitara la bandera o vistiera la gorra de siete estrellas.

Pero perdió contra Chávez. Y lo reconoció. Y entonces la vida, siempre tan tierna y dadivosa, nos dio a todos otra oportunidad con la muerte del commander. Y una oportunidad extraordinaria, porque ahora Capriles debía enfrentar a un subnormal, híbrido perverso entre Jim Carrey y Jeff Daniels en Dumb and dumber. Un reto aparentemente fácil y en un período de tiempo que le favorecía enormemente.

Ya Capriles venía de haber realizado una homérica campaña en la que había recorrido todo el país. En cambio, el otro, Nicolás Maduro, apenas había tenido relevancia en la administración de Hugo Chávez: como canciller y, luego, vicepresidente. Henrique Capriles demostró, nuevamente, gallardía y entereza para andar por el país. Incansable, extendió su inhumana campaña. Y aumentó la intensidad. Porque debía evitar la derrota, bochornosa en ese inmejorable contexto.

En el momento cumbre todos andábamos embriagados por el fenómeno Capriles. Aunque perdimos, aunque nos robaron, aunque esgrimieron su cinismo, nadie decayó. De pie, firme, toda una sociedad se mantuvo a la expectativa. Lista al llamado de la trompeta. Presta para las indicaciones de su líder. Para oír y acatar.

Pero cuando escuchamos las órdenes, lamenté haberle dicho a mi madre: "Tranquila, él sabe qué hacer". Y de allí en adelante lamenté haber tratado de tranquilizar a alguien, alguna vez en mi vida, diciéndole que Henrique Capriles sabía qué hacer. Que era un estadista. Que él sabría responder. Que él triunfaría. Que él se impondría.

Aquello fue un golpe que nos despertó del embrujo. Que hizo a la sociedad darse cuenta de los gestos vulgares, de lo poco alturado de su discurso, de sus intentos de degradar la política; de su desconocimiento del talante y la naturaleza de su enemigo; de su lejanía de lo urgente, de la realidad. Y en medio de esa crucial tesitura murió un héroe.

Luego, artífice de otros desengaños. Responsable de diálogos, de la insistencia en la ruta electoral, de la banalización del carácter totalitario del régimen y, ahora, del apartheid político.

Capriles perdió en 2012. Luego perdió en 2013. Luego en su intento de desmontar el fraude, de imponer el referéndum revocatorio, de que lo crean coherente, o no desequilibrado, al menos, de mantener reuniones aborrecidas. Sus ideas, absurdas y simplonas, no se venden más. Y entonces Henrique Capriles, otrora héroe, líder e inspirador de la sociedad, se convirtió en un fracasado. En un marginado del cuadrilátero. Apenas comentarista, con espasmos cada cierto tiempo. Pataletas y reproches infantiles del que pide a gritos que le regresen sus glorias. Que vuelva a ser relevante.

La última rabieta fue la de este 13 de noviembre en su programa semanal: odas a las cajas CLAP, ese repulsivo sistema de control totalitario del régimen de Nicolás Maduro; desprecio por los venezolanos ("Si usted sale a la calle y pregunta sobre Zapatero, ¿sabe qué le va a responder la mayoría de los venezolanos? Que ese es el señor que arregla los zapatos, unos zapatos que los venezolanos no tienen para comprar"); insistencia con la irrealizable ruta electoral; y, por último, la exposición del mayor rencor, de la tirria y el resentimiento contra la disidencia. La evidencia de que Henrique Capriles no perdona que ya no sea relevante.

"Dentro de la oposición existe una pequeña secta extremista (…) Hay un extremo metido en las redes sociales que no ayuda (…) Es una secta que quiere imponerse (…) Aquí lo vamos a combatir, porque no se trata de que este país cambie una dictadura roja por otro color. Queremos vivir en democracia. Rescatarla (…) A esa secta la vamos a combatir, porque los que estamos en el centro combatimos a los extremos", dijo en su programa, que transmitió en streaming. "Esta secta se cree una supremacía blanca", sentenció.

Uno podría especular: Henrique Capriles se refiere a quienes no comparten su visión infantil de la tragedia venezolana. Por lo tanto, los llama "secta extremista". Y así, los criminaliza. Ahí sí abre las fauces, enseña los colmillos y asoma las garras. Pero no venderá el libreto de corajudo. No lo es.

El más bien monaguillo de la "oposición", figura idónea para la autoayuda barata, no asusta. Dueño de los statements vacíos y abarrotados de lugares comunes, se cuadra ahora, se planta, aprieta los puños y yergue el cuello. Pero no lo hace contra la dictadura, los narcotraficantes del régimen, el Ejército de Liberación Nacional y contra todo lo que él ha trivializado. En cambio, se endereza contra la oposición verdadera, que hoy destaca y se alza sobre los cadáveres de los héroes muertos como él. Esos que alguna vez inspiraron y terminaron convirtiéndose en fracasados.

El autor es periodista venezolano, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello con estudios de historia de Venezuela en la Fundación Rómulo Betancourt. Columnista y redactor del PanAm Post desde Caracas.