La rivalidad deportiva, visceral y cultural que existe entre Boca y River y sus simpatizantes es emocionalmente muy fuerte. Hay otras rivalidades de ese tenor en distintos puntos del país (Central-NOB de Rosario, San Martín y Atlético de Tucumán, Belgrano y Talleres de Córdoba, Unión y Colón de Santa Fe), etcétera, pero la de River y Boca tiene mayores connotaciones porque reúne a la mayor parcialidad del país.
La rivalidad se mama desde la cuna. Se inculca de padres a hijos y se mantiene con los años. Es más importante muchas veces el club que el país (a nivel equipo). La camiseta es la de Boca o la de River. Esa es la que se tiene que transpirar. En los últimos años, el periodismo ha realizado su parte y, finalmente, el negocio millonario del fútbol necesita de una rivalidad permanente (en todo sentido) para generar mayor atención.
Estas sintéticas razones justifican que frente a la histórica final de Copa Libertadores, y algunos hechos deportivos (y no tanto) sucedidos en los últimos años, como el descenso de River y la no tan indiscutida, como hace una década, paternidad de Boca sobre River, gas pimienta mediante, etcétera, los simpatizantes no puedan disfrutar de la final, a dos partidos, y, en cambio, la perciban como la conocida frase: "La gloria o Devoto". Es decir: ganar será interpretado como una epopeya, una guerra ganada, una gesta épica. Perder, como la mayor de las catástrofes. Al punto que se están analizando científicamente las reacciones cardíacas, psicológicas, y las prevenciones que habría que tomar al respecto.
Sobre el pensamiento de posibles casos de violencia, entiendo que los hechos están a la vista. En Argentina han muerto más de trescientas personas en sucesos que pueden enmarcarse en la llamada "violencia en el fútbol". Sin ir más lejos, hace un mes falleció un simpatizante de San Martín de Tucumán en Formosa, en una incidencia (para algunos, emboscada) con simpatizantes de Boca, en el marco de la Copa Argentina.
De modo que es lógico que, frente a la violencia, que no ha cesado en estos años, se tengan expectativas de posibles sucesos de este tenor, no solo en el estadio, sino principalmente en las cercanías y en otros puntos de la Ciudad de Buenos Aires, que pueden replicar al interior del país por lo que significa este clásico del fútbol argentino.
Entiendo que la opinión del presidente Mauricio Macri, a la que se agregó la decisión inconsulta de que el público visitante pueda asistir a los estadios, resultó ser imprudente e irresponsable. Decimos que fue inconsulta y además desconocedora de básicas reglamentaciones. Quienes resuelven la presencia de público visitante en sus estadios son los clubes River y Boca y no alguna autoridad estatal. En todo caso, la Conmebol, ni siquiera la Asociación del Futbol Argentino (AFA), a través de la aplicación de su reglamento, podría imponer dicha presencia de visitantes (cuatro mil entradas es lo que consigna la normativa). Además, las autoridades de seguridad federal (ministra Bullrich) y de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires (ministro Ocampo) se están viendo en figurillas para adaptar sus políticas y sus discursos a la sorprendente opinión del Presidente de la Nación.
Como postura personal (y de la ONG Salvemos al Fútbol) sostengo que el público visitante debiera ser autorizado. Sin embargo, hoy no están dadas las condiciones de seguridad para que un evento de estas características tan particulares, excepcionales, se desarrolle de ese modo. Desde el año 2013, cuando se prohibió en la primera división del fútbol argentino, no se han percibido avances o políticas que tiendan a mejorar en este punto en el futuro. Debe trabajarse desde lo profesional, humano y organizacional a tales fines.
El autor es abogado penalista. Profesor asociado de Derecho Penal en la Facultad de Derecho de la UniBarcelona.