El péndulo se define como un sistema físico que oscila bajo la acción gravitatoria y está configurado por una masa suspendida de un eje horizontal fijo mediante un hilo, una varilla u otro aparato que actúa así para medir el tiempo. Los péndulos se mueven, el cuerpo oscila de un punto hacia el otro si una fuerza externa lo impulsa, o sea que de manera ineluctable todo lo que se dirige hacia un lado —cuando pierde la fuerza— luego se dirige hacia el otro polo. Todo lo que se va vuelve.
Nunca las leyes físicas fueron tan asimilables a las de la política de estos tiempos. Todo lo que ayer era populismo hoy es otro asunto (a veces es un neoposmodernismo, posverdad, populismo de derecha o posturas políticamente incorrectas) y no requiere demasiada etiqueta: es sencillo, los ganadores de la hora son los que sostienen ser no populistas y, por supuesto, allí dentro cabe de todo. El péndulo eterno de nuestras vidas.
O sea que los nuevos protagonistas del presente son la antinomia de lo que fueron los anteriores. Por eso vamos de Donald Trump a Jair Bolsonaro, pasando por Emmanuel Macron y haciendo alguna parada en Mauricio Macri. Ninguno de todos estos individuos llega a la cima con una ideología acabada y habiendo sido lógicos y previsibles en sus carreras hacia el poder. Es más, improvisaron caminos transversales, y hace apenas dos décadas hubiera sido inimaginable predecir semejantes perfiles de personajes (alcanzando el éxito político) para politólogos como Raymond Aron, Jean-François Revel o Almond y Powell.
Estos protagonistas del presente serán más liberales, más afectos al mercado, más pragmáticos, pero pueden ser también más dirigistas y proteccionistas, si la hora se lo impone, porque ninguno viene con cosmogonías preconcebidas, como el socialismo o el comunismo, que predeterminaban todo con pretensión científica, con método a seguir, con fórmulas supuestamente válidas y con carácter absoluto. Ya sabemos que tal cosa era una burda fantasía dentro de mentes infantiles, al inicio, y luego despóticas en su praxis final.
La historia son hechos y los hechos no engañan, se los puede interpretar, pero la debacle del socialismo real no fue fruto de una revolución, como la francesa o la rusa. Simplemente como un reloj de cuerda dejó de funcionar, se detuvo y así implosionó y dejó a decenas de países sin sus élites cleptoráticas, fuera del poder. Se fueron, abandonaron, salieron corriendo ante el fracaso estrepitoso que produjeron. O sea, huyeron. La gente solo festejó. Recordar la caída del muro de Berlín es entender todo con esa imagen. Imagen ahora obvia, pero en algún momento el mundo fue bipolar como si hubiera dos narrativas políticas. Y no, solo había una. Guste o no, solo hay una: la de la libertad en sus versiones más diversas, pero la libertad siempre, con un capitalismo duro, a veces sumamente injusto pero único sistema que funciona respetando los derechos humanos, la libertad de expresión y de realización de la gente. Cualquier otra cosa es autoritarismo o totalitarismo.
Los líderes actuales solo procuran ser pragmáticos con los instrumentos de navegación que tienen a la vista, no creen ni en Adam Smith, ni en David Ricardo, ni en Keynes, ni en Marshall. Ya saben que las teorías del presente, en tiempos donde las diez empresas más poderosas de la Tierra hace solo ocho años no existían (estamos ante otra economía y por ende ante una nueva política), no la tienen sencilla controlando la inflación, ambientando inversión real no especulativa y conteniendo el gasto público necesario (no el de la lógica clientelística-prebendaria, sino el gasto social que sirve de palanca para ambientar la movilidad social). Los desafíos no son pocos y están a prueba día a día. Nunca la política se plebiscitó cada 24 horas como en tiempos actuales.
Los líderes del presente saben, además, que ellos son la respuesta ante un pasado inmediato vergonzoso por lo que se les pide otra mirada moral, son hijos del voto de protesta, del enojo por la corrupción o la burocracia (Trump y Bolsonaro denunciaron eso), representan la alternancia desesperada sin rostro fijo (no es por ellos que los votaron, es por sacar a sus predecesores que ellos se beneficiaron). Son también representantes del público "antisistema" que al ver a un político profesional ya desconfía per se, son la representación viva del voto castigo, y por todo eso su fortaleza es un conjunto de naipes haciendo equilibrio: son frágiles porque llegaron de manera frágil al poder. No nos equivoquemos, la vieja política construía redes durante décadas, la actual las monta en poco tiempo. El tiempo, en política, no es un asunto menor.
Trump habla mal, pero hace bien. Los números no mienten. De Bolsonaro no sabemos si es una reacción y será un fracaso más, o encarnará lo que Brasil pide a gritos en su bandera: orden y progreso. Macron y Macri son aún incógnitas de líderes que no estaban en el menú, pero que aún no logran afirmar cuotas de éxito apreciables. Siguen a prueba. En realidad, están haciendo lo que había que hacer pero el ciudadano no siempre está dispuesto a sacrificar más de lo que ha hecho. Las fatigas, las mentiras y el agotamiento de la política como representación jaquean también al nuevo político que, aunque hace lo correcto, ya no arranca el aplauso. Es que las paciencias en tiempos de redes sociales son mínimas.
Digamos la verdad, luego del fracaso de los sistemas históricos de partidos, cuando irrumpió el populismo (en una era de commodities de fiesta), más de uno creyó que habían llegado los magos de Oz. Terminamos en los polos opuestos.
La nueva política empieza a entender que si no construye legitimidad en la base, no alcanza, se requiere fidelizar electorados, resultar creíble y no ser solo el producto necesario que el mercado electoral reclama. Eso no basta. Y lo estamos viendo porque en tiempos como los actuales es tanta la información que consumimos que el riesgo de decidir mal informados o basados en fake news aumenta considerablemente. Y es paradójico porque la mayor información debería mejorar la calidad de la democracia, sin embargo, no se puede aventurar semejante opinión. Por lo menos, no por ahora.