Desde la aparición de los cuadernos en los que un ex chofer del poder aporta detalles de la gigantesca trama de corrupción político-empresarial que supuestamente habría tenido lugar durante los tres gobiernos del kirchnerismo, la agenda mediática desplazó su foco de atención de la economía hacia la política y, en particular, a su dimensión ético-legal.
Día a día el escándalo se nutre con un nuevo capítulo y la espectacularización de la causa envuelve cada vez más la atención de los argentinos. La legión de arrepentidos que por estos días desfilan en Comodoro Py ante el juez Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli no solo no se detiene, sino que suma progresivamente nuevos nombres —cada vez más relevantes tanto en el plano político como empresario—, que amplían el horizonte de la investigación bastante más allá de lo revelado en los cuadernos.
Un verdadero show de la corrupción que, por un lado, le da un respiro a un gobierno que desde abril viene agobiado por la situación económica y, por el otro, le plantea importantes dilemas al peronismo.
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Sin embargo, aunque a priori parezca una paradoja, el vertiginoso avance de la investigación podría terminar beneficiando más al propio peronismo que a Cambiemos, al menos en lo que respecta al proceso electoral ya en ciernes. En otras palabras, una potencial exclusión, ya sea voluntaria o bien "forzada", de la ex mandataria del escenario electoral coadyuvaría a un proceso de unidad que le permitiría al peronismo construir una candidatura competitiva para enfrentar a un oficialismo que vería así diluidas las posibilidades de recrear la hasta hoy efectiva estrategia de polarización.
Sin quórum: la garantía de candidata
Como se suele decir en la jerga futbolera, la pelota estaba en la cancha del Senado. En un contexto en el cual la sociedad argentina se mantiene en vilo por las investigaciones de la Justicia, la Cámara de Senadores no fue capaz de alcanzar el quórum necesario para que el debate sobre los allanamientos solicitados por Bonadío a diversos inmuebles de Cristina Fernández de Kirchner tenga lugar en el recinto.
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Resulta extraño que una fuerza como Cambiemos, que se jacta de su disciplina partidaria, no haya podido garantizar que todos sus senadores estén sentados en las bancas. Más aún cuando el peronismo que lidera Miguel Pichetto le garantizaba una inestimable colaboración para avanzar en la autorización judicial: bajó al recinto a ocho de sus veinticuatro legisladores.
Brasil es, por estos días, un tentador espejo en el que mirarse. Esto no solo es válido para la ex Presidenta, los funcionarios y los empresarios involucrados en la causa de los cuadernos, sino también para el propio oficialismo, que por estas horas ve con cierto temor el aceleramiento de los tiempos de la Justicia.
Tras las investigaciones del juez Sérgio Moro en el caso conocido como Lava Jato, el ex presidente Lula da Silva, montado sobre su importante base electoral, alrededor del 30%, se abrazó al axioma que reza "muerto me convierto en mártir, preso en héroe, libre en presidente". Apelando a la narrativa que lo posiciona como un preso político y víctima de una persecución del Poder Judicial, Lula se acerca a las elecciones del próximo 7 de octubre como amplio favorito. Y si bien es muy probable que no se lo habilite para participar finalmente en la contienda, su exclusión inevitablemente dañará la legitimidad del ganador e inyectará altas dosis de ingobernabilidad en el sistema político.
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Cabe entonces preguntarse: si Cristina fuese presa, ¿aumentaría como Lula su caudal electoral? Si bien parece improbable, lo cierto es que, siendo candidata, Cristina parece ser la garantía de la atomización y la fragmentación del peronismo: los números siguen sosteniendo que, sin ella, al peronismo no le alcanza para ganarle a Mauricio Macri en 2019, pero con ella tampoco. El problema de Cristina candidata no es el 30% de base electoral que la respalda, sino su techo, alimentado por su imagen negativa. Algo que, sin duda, puede crecer al calor de la investigación judicial en curso.
2015-2019: ¿qué puede aprender el peronismo de sus derrotas?
Joseph Napolitan, considerado el decano de la consultoría política moderna, solía decir: "Se puede aprender mucho más en una campaña que se ha perdido que en una que se ha ganado". Analizar las derrotas era, en la visión del experimentado consultor estadounidense, el procedimiento que podía hacer la diferencia entre perder una elección y seguir perdiéndolas.
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Si bien la apuesta de algunos sectores del peronismo sigue siendo que la ex mandataria lidere la principal fuerza opositora al Gobierno, la coyuntura sigue posibilitando que un candidato que surja del peronismo pueda competir con posibilidades reales en contra del macrismo y, eventualmente, de representantes del kirchnerismo residual.
Para aspirar a ello, deberá el peronismo seguir las recomendaciones de Napolitan y analizar profunda y descarnadamente sus derrotas (y errores) en las dos últimas elecciones nacionales, ejercicio de reflexión e introspección que le permitiría sacar algunas conclusiones valiosas de cara al próximo proceso electoral. Más aún cuando a cuatro años de la derrota de Daniel Scioli a manos de Mauricio Macri, tres desafíos de aquel escenario electoral parecen repetirse, aunque en este caso interpelan al peronismo en lugar de a Cambiemos:
-El posicionamiento de una candidatura nacional
Una de las principales barreras que hoy impide la construcción de una candidatura competitiva en el peronismo es la falta de posicionamientos a nivel nacional. Un problema que afecta claramente a los gobernadores peronistas con aspiraciones presidenciales, como el salteño Juan Manuel Urtubey.
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En 2015, Macri transitaba los meses previos a las PASO como un candidato que finalizaba una gestión local en la Ciudad de Buenos Aires con altos niveles de respaldo ciudadano, pero sin un consenso generalizado en torno a su candidatura a nivel nacional.
En este marco, el acuerdo con la Coalición Cívica y la Unión Cívica Radical era parte de la estrategia del PRO para posicionar a su líder en un escenario de contienda nacional. La principal amenaza que Macri tenía compitiendo en aquella interna con Sanz y Carrió era que el radicalismo se inclinase masivamente por el experimentado dirigente mendocino, algo que ciertamente no ocurriría, abonando la convicción de que hace ya tiempo los electores no votan por estructuras partidarias sino por simpatías o rechazos personales. En el caso del ex jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el voto "anti kirchnerista" fue más fuerte que el "ser radical", y Macri logró capitalizar también el voto partidario que lo veía a él como el adversario natural de la Presidenta.
Sin dudas, una importante lección para un peronismo que aún parece más enfrascado en una discusión interna de espaldas a la sociedad, y que podría encontrar en las PASO no solo una prenda de unidad sino también la posibilidad de ensanchar el espacio con el aporte de otras fuerzas opositoras al gobierno nacional.
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-El desgaste de gobernar
Gobernar conlleva, más temprano que tarde, un natural e inevitable desgaste. Tras un año en el que el peso se devaluó en torno a un 160%, el FMI nuevamente desembarcó en el país, las tarifas de los servicios básicos no desaceleran su escalada y la indomable inflación no baja del 30% anual, la economía se volvió evidentemente el talón de Aquiles de Cambiemos. Como deslizó el propio ministro de Economía —y ex panelista televisivo— Nicolás Dujovne: "Gobernar no es tan fácil como comentar".
Lo cierto es que este escenario de desgaste también estaba presente en las elecciones presidenciales de 2015. En aquella oportunidad, Macri también supo interpretar el descontento que la sociedad tenía respecto a la difícil situación económica de 2014 y el magro crecimiento económico en 2015, clima económico que abonaba la percepción de fin de ciclo tras 12 años de kirchnerismo y permitía instalar con fuerza la idea del cambio.
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Hoy, esta oportunidad está nuevamente disponible a la espera de que algún candidato audaz en la oposición la capitalice en una propuesta creíble y un discurso persuasivo.
-El escenario de ballotage
En 2015 la oposición estaba fragmentada en varias candidaturas sin una masa electoral consistente. Esta situación tranquilizaba a Daniel Scioli, quien, junto con su equipo de campaña, avizoraba un muy probable triunfo en octubre, incluso sin necesidad de pensar en un escenario de ballotage.
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Sin embargo, la por entonces desestimada posibilidad ocurrió, y el peronismo llegó a la segunda vuelta electoral sin una estrategia específicamente diseñada para dicha instancia. Macri se convirtió en Presidente de la Nación en virtud de una exigua diferencia de 2,68% a su favor, un resultado consistente con una estrategia electoral que siempre apostó al escenario de ballotage.
En 2019 el ballotage parece ser nuevamente una realidad difícil de eludir. Previo al escándalo de los cuadernos, algunos sondeos se arriesgaban a sostener que Cristina tenía chances de ganarle a Macri, por uno o dos puntos, en un eventual ballotage. Sin duda, las desavenencias y los errores del Gobierno en el plano económico parecían coadyuvar a ello. Hoy esa tendencia se revirtió y es Macri quien se imponía por un margen similar a la ex Presidenta.
Sin embargo, un tercer candidato emergente del peronismo podría romper con la polarización entre ambos espacios, logrando captar esa masa de votos que no quiere votar ni a Macri ni al kirchnerismo.
Así las cosas, el escenario electoral aún está abierto y puede dar lugar a sorpresas: los supuestos ganadores y perdedores del inédito panorama desatado por la revelación de los cuadernos pueden no ser tales.
El autor es sociólogo, consultor político y autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017).