En el marco de la ciencia económica, existen muchas definiciones importantes y leyes fundamentales que conforman el profuso, amplio y por momentos contradictorio andamiaje teórico que esta ciencia social ha desarrollado a lo largo de muchos años de historia. Sin embargo, existe una primera definición cuya correcta exposición y comprensión resulta imprescindible para el abordaje de toda discusión económica. Me refiero, ni más ni menos, a aquella que nos específica en qué consiste la economía. Ya que resulta improcedente transitar o abordar su ámbito sin poseer una adecuada noción respecto al terreno que delimita su incumbencia. Y si bien en primera instancia esto parece una obviedad, al detenernos un momento a pensar en su definición, observaremos las contradicciones subyacentes.
Etimológicamente, el término economía proviene del griego antiguo "oikonomia", una palabra compuesta, procedente del sustantivo "oikos", que significa 'hogar' y del verbo "nemo", que refiere a la 'acción de distribuir y administrar'. Pero con el correr del tiempo y el paso de los años, la complejidad y la extensión del análisis económico fue desdibujando esta procedencia etimológica. A tal punto que hoy en día, la definición más difundida en relación con este concepto es aquella que delimita a la economía como la ciencia que estudia la administración de recursos escasos para la satisfacción de las múltiples necesidades humanas. Sin embargo, esta conceptualización no permite abarcar todo el terreno de estudio ni la complejidad de esta disciplina.
El hecho de que la definición más difundida incurra en ciertas inexactitudes no es casual y tampoco inocuo; su vigencia se debe a la hegemonía de la ortodoxia económica a nivel global, en la formación de economistas bajo la influencia de la corriente de pensamiento neoclásica. Esta intenta promover el divorcio de la economía y la política, con la falsa pretensión de neutralidad del discurso y la acción de estos profesionales.
En primera instancia, el problema de la definición antes detallada radica en que los bienes de este mundo no son escasos. Si bien es cierto que no son infinitos, los recursos con los que el planeta cuenta resultan más que abundantes y suficientes para garantizar una vida plena a todos sus habitantes. Además, el hombre posee una capacidad asombrosa para transformar su entorno y a través de ello incrementar la producción de nuevos bienes mediante la ciencia y la tecnología. Complementariamente, si bien las necesidades de los seres humanos son diversas, no son infinitas, como la sociedad de consumo intenta establecer.
Por lo tanto, el escenario que la tradicional definición de economía nos presenta parece invitar a la resignación de quienes no tuvieran una suficiente dotación de recursos, ya que estos son exhibidos como escasos e insuficientes para todos desde un comienzo. En la misma dirección, esta escuela de pensamiento económico recurre frecuentemente a la metáfora de la manta corta para explicar los problemas en economía. Sin embargo, la manta no es tan corta y cada día se hace más grande a partir del trabajo, la producción y la innovación. De lo cual se desprende que el verdadero inconveniente no se circunscribe a la escasez, sino en torno a cómo se distribuye la posibilidad de cobijarse con esa manta.
El origen de esta tendencia que propone el estudio de lo económico como ámbito disociado de lo social y de lo político se produce en la transición del feudalismo al capitalismo. Es decir, que la ciencia económica tal cual como hoy la conocemos está asociada con el surgimiento del Estado capitalista moderno. Circunstancia a partir de la cual la economía ortodoxa desempeña en nuestra sociedad el rol de promover y legitimar las políticas que los sectores dominantes determinan. Sin embargo, la realidad económica resulta mucho más compleja que el esquema de ecuaciones matemáticas que se enseñan en las universidades, y el desequilibrio es el rasgo dominante de las sociedades, debido a la intervención de factores imprevistos y contradictorios. Por lo que los fenómenos sociales y políticos no pueden ser encapsulados en modelos numéricos inflexibles.
La economía es política en toda circunstancia, por lo que ambas disciplinas se desempeñan conjuntamente en el análisis y la comprensión de los procesos históricos y sociales. Teniendo en cuenta este contexto, una definición que nos aproxima con mayor precisión al concepto en cuestión es aquella que establece a la economía como la ciencia social que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes que satisfacen necesidades humanas. De forma tal que el campo de estudio de la ciencia económica no se circunscribe únicamente a los detalles técnicos de producción, sino que abarca también las relaciones sociales que se desprenden del proceso de producción y el modo en que la acumulación se despliega.
El hilo de este artículo no resulta un aspecto menor y no se reduce a una mera cuestión de definiciones, en un marco en el cual las ocho personas más ricas del planeta acumulan una riqueza neta que asciende a 426 mil millones de dólares, lo que equivale a la riqueza que posee la mitad más pobre de la humanidad (según datos de la ONG Oxfam). Y donde, según el propio Credit Suisse, el 50% más pobre de la población mundial posee menos del 0,25% de la riqueza neta mundial. Lo cual evidencia que, mientras algunos tienen una fracción de la manta mucho mayor a la que necesitan para abrigarse, otros se mueren de frío. Es por eso que debemos ser absolutamente conscientes de que la política y, por ende, la distribución resultan centrales en el abordaje de toda discusión económica, para evitar así que quienes buscan erigirse como sumos sacerdotes de la técnica económica nos vendan sus recetas como verdades ineludibles y desinteresadas.