Si se dejan de lado por un momento las teorías centrales de la economía, las escuelas, los papers, los grandes referentes, se podría definir la actual situación con una metáfora elemental. Pareciera que el Gobierno, y todo el país a su conjuro, están colgados del resultado de una carrera dramática. El destino se definirá según qué fenómeno ocurra primero: el cansancio de los inversores (financistas-prestamistas, mejor expresado) o un aumento en el crecimiento económico que tape las rocas gigantescas del gasto irracional e irresponsable que se acumula explosivamente desde hace décadas, herencia maldita multipartidaria, corporativa y fatal.

Quienes piensan que no hay crecimiento viable con los actuales niveles de costo laboral inflexible (incluyendo salarios), impuestos desaforados (que tampoco alcanzan para cubrir el déficit) e inflación deliberada por vía de la emisión-crédito, temen, con bastante razón, que el financiamiento por todos esos medios se acabe más pronto de lo pensado, por una combinación de factores endógenos y exógenos. Eso volvería a enfrentar al país a la realidad, supuestamente, e implicaría un ataque contra el peso, una suba notoria de las tasas, un enfriamiento mayor de la economía y probablemente sería un paso forzado a la quimioterapia que debe practicarse sobre el gasto tiránico y paralizante. Lo que otra vez sería heroicamente resistido por los beneficiarios de esos dispendios, y por supuesto también por Cambiemos, atado al gasto suicida por sus convicciones y por sus conveniencias políticas. La recientemente agitada posibilidad de pedir un crédito de contingencia al FMI es un anticipo de ese delirio, que terminaría como terminó la dupla De la Rúa-Cavallo, y con ella la sociedad.

Del otro lado, en favor del credo del crecimiento se encolumnan dos líneas de pensamiento. Una teológica, la que tiene fe en una recuperación milagrosa a través del impulso del agro y Vaca Muerta, de las inversiones que salen a buscarse como si fueran suscripciones, de la mejoría de Brasil, que arrojaría sus migajas sobre el Mercosur, de los tratados, de las buenas relaciones sociales con algunos líderes mundiales, de la vocación patriótica de los empresarios locales, buena parte de ellos responsables históricos del actual estado de cosas.

Hay otra línea más técnica, que propugna acciones con sustento teórico, como eliminar masivamente impuestos, profundizar la lucha contra la evasión y la informalidad, permitir una mayor apreciación del dólar y tolerar una inflación más alta, compatible con el nivel de déficit. Pero no propone bajar el gasto, sino que intenta inducir el crecimiento salvador que torne menos importante el gasto. Ellas tienen una característica común: la del médico que fortalece las defensas del enfermo de cáncer, quien al mismo tiempo duplica su ingesta de azúcar, lo que alimenta más la enfermedad. Es una forma más refinada de creer en los milagros. Porque el gasto no es una variable más. El gasto es el enemigo.

Cambiemos, como toda coalición un mosaico de voluntades, concepciones y sueños, es finalmente progresista. De ahí que en paralelo siga gastando dinero del Estado, de los contribuyentes y de los consumidores en raros actos de bondad, con graves costos económicos, jurídicos y sociales. Muchos de ellos se explican solamente por la vocación reelectoral, que se observa perfectamente en el accionar de la gobernadora María Eugenia Vidal, seguramente brillante en lo político, pero tal vez letal para quienes pretenden un país sin populismos, con cualquier nombre. Porque lo que no parece haber entendido el Gobierno es que para detener el dispendio hay que retroceder y anular parte de las concesiones acumuladas. No hay tal cosa como un "pido", como un borrón y cuenta nueva sin borrar las consecuencias y las rémoras del pasado.

Mauricio Macri eligió antes de asumir, en el tramo final de su campaña en 2015, el camino que llamó gradualismo. Si se desgrana el significado, ese término implica tolerar las barbaridades del pasado, de todo el pasado, incluyendo los efectos de la corrupción que supuestamente se condena. No hace demasiado sentido analizar ahora si esa posición se debió a una cultura familiar acendrada, a una especulación electoral en ese momento o al miedo de que la masa enojada ante un cambio profundo "le incendiara el país", extorsión real que se ocuparon de agigantar y agitar los industriales y los sindicalistas proteccionistas, las orgas de lucradores con la pobreza ajena, la prensa especializada sin especialización, y los politólogos y los exégetas del peronismo, entre otros.

Sin caer en el error de tratar de ser bondadosos con los políticos, ni comprender sus problemas, sino observando desde el interés común, el resumen es que Cambiemos no se animó, no quiso o no supo hacer lo que correspondía hacer inexorablemente. Atacar el gasto y bajarlo. No salvajemente, como sancionó el término elegido para descalificar esa única solución, sino seria, profunda, metódica y responsablemente, con todos los cuidados, pero con toda la contundencia requerida. El gradualismo fue el nombre de la cobardía.

Los tolerantes de siempre se aferraron a una idea: "Peligraría la gobernabilidad. No hay mayoría en el Congreso. Los cambios profundos vendrán luego de la elección de medio término, por ahora hay que concentrarse en ganar esa instancia". En nombre de ese apotegma, para evitar al peronismo, se copió su modelo, en una colosal tautología. Ahora se ha trasladado la esperanza. Los cambios vendrán después de ganar la reelección presidencial. Y la mayoría parlamentaria, de paso. O mejor, la doble reelección, del presidente y la gobernadora. Y aquí de nuevo se vuelve a la imagen inicial de la carrera. Habrá que ver qué cosas, qué eventos suceden primero. O mejor, si se puede financiar el gradualismo, en definitiva, el gasto exuberante, hasta las elecciones de 2019. En esa espera, Cambiemos profundiza su identificación con el peronismo, ya no solo en los modelos, sino también en las alianzas políticas y sus correlatos.

Macri, sin rivales políticos en las próximas presidenciales, se enfrenta sin embargo a su peor rival: él mismo. Por un lado, está el que, a través de todos los reportajes, de todas las declaraciones, expresa su convicción de que con este nivel de gasto e impuestos "se funde cualquier país". Por otro lado, el que desplaza de su gabinete a cualquiera que no sea gradualista y tolerante, o lo neutraliza, como al presidente del Central, emasculado de todo poder. Un Macri vuelve a su formación proteccionista y de Estado mussoliniano. Otro Macri parece defender la ortodoxia y la seriedad fiscal a ultranza, o quizás su derecho a cambiar de enfoque. Otra vez Jekyll y Mr. Hyde. Se debate entre ser un estadista y reelegirse.

Tanto en 2015 como en 2017, como ahora, como en 2019, como en todo el tiempo por venir, todo ajuste de un gasto corrupto, multipartidario, bárbaro, con una adictodependencia cultivada y fomentada, implica una reacción social, justa o no, fogoneada o no, violenta o no, legítima o no, además de que implica enormes desafíos técnicos, intelectuales, legales, políticos y de gerenciamiento, también desgastantes, y probablemente poco rentables para la carrera de los gobernantes. La tentación natural es evitarlo. La seriedad y la experiencia indican que hay que contener y afrontar esas reacciones, con la persuasión, la docencia, el orden social legal y el apoyo mayoritario de la sociedad, fijando plazos y resultados, y exhibiéndolos. No postergar las decisiones.

La cercanía de una elección es siempre un fácil argumento con que los asesores y los funcionarios convencen al presidente de no hacer olas. Y el presidente se deja convencer. Siempre con la idea de que esa reelección permitirá completar la obra comenzada, que para cada uno quiere decir algo especial y mágico, cuyo significado suele no comprender la historia.

El tan mentado y menos leído Alexis de Tocqueville decía, en el siglo XIX, sobre la Constitución americana, que su mayor defecto era permitir la reelección del presidente. "Esa cláusula obliga al primer mandatario a procurar ser reelecto y condiciona toda su gestión, al impedir que tome las medidas duras que deba tomar, cuando ellas fueran necesarias".

Con la esperanza puesta en el milagro que se describe al principio, Macri, y Cambiemos apuestan a la doble reelección. La economía ya no es el tema central, ni lo es la sociedad, siquiera. Manda la política. Cualquier cambio de fondo se hará después de ganar en 2019. Salvo nueva excusa. Salvo que el crédito se acabe.

Finalmente, lo que importa es el poder.