Los recientes episodios de secuestro de información (ransomware) son un escalón más en la ruta ascendente del fraude informático que ya es parte de una realidad con la que el sistema global convive con alegría o con resignación. La idea de encriptar información en una red, server o simple laptop y luego reclamar un pago para liberarla es genialmente simple.

Los hackers dedicados a esta actividad tienen un mercado de más de mil millones de potenciales "clientes" y aprovechan de la globalización más que ninguna otra actividad legítima o ilegítima que se conozca hasta ahora. Hasta ahora.

Pero más genial es el modo en que cobran el rescate (ransom). La cifra solicitada para desencriptar los datos de los usuarios debe pagarse en bitcoins. Esta criptomoneda, sin entrar a analizar las prevenciones que existen sobre ella, es ideal para este tipo de pagos. Mientras antaño los secuestradores ideaban complicadas tramas para hacerse del pago (bolsos, portafolios arrojados desde trenes, cuentas secretas en Suiza y otros), lo que obliga además a alguna actividad presencial, la tecnología de blockchain les ha solucionado tanto los problemas de entrega como de anonimato y de distancia.

Si bien la moneda digital es traceable, en cuanto arrastra con ella cada transacción desde su origen en la billetera virtual, no lo es en cuanto a la identidad del tenedor, en ninguna de sus etapas. A los efectos pertinentes, no es diferente a un billete de cien dólares, salvo que no se le puede tomar la numeración para un seguimiento posterior.

La transacción delictiva tiene otro efecto, sobre todo en los casos a los que nos referimos, en que las víctimas son empresas. Al tener que ir al mercado para adquirirlos y dado que la oferta crece muy lentamente, los extorsionados empujan el precio hacia arriba sideralmente (como acaba de ocurrir). Adicionalmente, fue una breve lección de repaso de cómo se determina el valor de las monedas, y de cómo se generan los procesos inflacionarios. Con lo que el secuestrador obtiene muchos más dólares que los recabados originalmente.

Mientras el sistema financiero tradicional persigue a sus clientes hasta la histeria (reclamando origen de fondos por cifras ridículas, por ejemplo), las transacciones en criptomonedas no tienen esa supervigilancia pre y posfáctica. Al ser considerado un medio de trueque o intercambio y no una moneda o una divisa, el bitcoin y similares están virtualmente fuera de los sistemas orwellianos y a veces kafkianos de control de lavado de dinero. Así lo ha declarado, por ejemplo, la Reserva Federal.

Si bien en Estados Unidos se requiere alguna registración de la transacción, o de registro de datos del cliente, esa registración no se graba en el blockchain ni se ve en la wallet. Además, no hay otros países donde se requiera ese registro, con lo que los secuestradores y afines tienen una metodología muy eficiente a su disposición. También los lavadores y los traficantes de droga, se podría sostener justificadamente.

Para reforzar el anonimato, la compra se vuelve aún menos rastreable si se utiliza la internet profunda para las transacciones, el Tor Bitcoin, como se denomina, por la utilización del browser del proyecto Onion, como también se llaman los dominios de la web secreta.

El sistemático cepo al sistema financiero global convencional, que pasó de los billetes físicos a la bancarización, luego a la digitalización, después a los sistemas de registro digital sin papel y finalmente al control infinito del sistema de compliance que abarca hasta a los cadetes de inmobiliarias, hizo pensar que la economía informal estaba condenada a la desaparición. Curiosamente, es posible que ello sea cierto para el caso de un marginal que compra y vende ropa usada en alguna saladita del mundo, pero no se aplica a las grandes sumas del narcotráfico, el tráfico de armas y todo el surtido de ilegalidad que se puede encontrar en la internet profunda.

Con tal panorama y el auge de los ciberdelitos, no es difícil predecir que es inminente el ataque del GAFI y otros centros de disciplinamiento financiero e impositivo sobre este tipo de cuasimonedas, para meterlas en el brete común. Tampoco es difícil predecir que el riesgo de quienes ahora creen que se hacen millonarios con estos medios de intercambio será que, al tratar de reconvertirlos a dólares u otra divisa para poder gastarlos, se encontrarán con una masa de dinero negro en sus manos, que no podrán utilizar en el mundo civilizado. Eso los condenaría eternamente a vivir en la internet profunda una suerte de Second Life, o una Salada global, como se lo quiera ver.