Al referirse a la apertura del mercado y al acceso a la oferta global, Esteban comenta que “le da al consumidor final una posibilidad de elección que durante muchos años no lo tuvo”. En esta entrevista, reflexiona sobre cómo este cambio redefine la competitividad, acelera los procesos y exige una adaptación profunda de la industria textil.
¿Cómo ves la evolución de la industria textil?
La industria textil pasó por muchos procesos a lo largo del tiempo. Hubo períodos de fuerte inversión, especialmente en hilatura y tejeduría, donde se incorporó mucha maquinaria. En indumentaria, el crecimiento fue exponencial, impulsado por la aparición de carreras de diseño y por un capital humano muy creativo que le dio un diferencial a los productos.
Desde lo comercial, hubo etapas de mercado más cerrado, donde la falta de competencia no ayudó al desarrollo profesional del sector. Hoy estamos en un escenario distinto, con una industria abierta a competir con el mundo, y eso obliga a actualizarse rápidamente, profesionalizarse y entender cuáles son las tendencias globales, no solo en producto, sino en modelo de negocio.
¿Qué cambió en la forma de hacer negocios dentro del sector?
Cambió todo. Hoy el desafío es cómo pasar rápidamente del diseño al cliente. Antes, ese proceso podía llevar seis meses. Hoy hay empresas que lo hacen en cuestión de días. Eso solo es posible con tecnología, desarrollo informático, aplicación de inteligencia artificial y una logística preparada para acompañar esa velocidad.
En Argentina estamos atravesando una transformación muy importante. Para adaptarnos, necesitamos incorporar profesionales, sumar innovación y mejorar procesos. Esa combinación es la que permite que la industria se acomode a lo que hoy está pasando a nivel mundial.
¿Cómo está cambiando el consumidor argentino?
El consumidor argentino cambió muchísimo. Durante muchos años estuvo obligado a elegir dentro de una oferta limitada. Hoy, desde una notebook, puede ver una prenda o un calzado en cualquier parte del mundo, comprarlo y recibirlo en su casa.
Eso amplió enormemente la capacidad de elección. Ahora se puede comparar, decidir y exigir. Para la industria nacional, esto representa un desafío enorme, pero también una oportunidad: transformarse y convertirse en una opción válida dentro de un mercado globalizado.
Desde una mirada logística, ¿hacia dónde debería avanzar Argentina?
Argentina dio pasos importantes en logística, pero todavía hay una brecha grande con otros países. En lugares como Estados Unidos ya se ven robots repartiendo paquetes o drones entregando productos. Comprás una prenda y te llega en pocos días, incluso desde otro país.
Acá hubo avances, pero todavía tenemos la posibilidad de dar un salto cualitativo aplicando más tecnología, inteligencia artificial, procesos más sofisticados e invirtiendo en las personas que participan de la cadena. Ese es el gran desafío, sobre todo pensando en el crecimiento del e-commerce.
En una operación internacional, ¿cuáles son las claves para que un producto llegue en tiempo y forma?
Para mí, la clave empieza antes de la logística. Tiene que ver con saber elegir al proveedor. En el mundo hay de todo: proveedores muy buenos y otros que parecen buenos, pero no lo son. Analizar su historia, su forma de trabajar y su capacidad de adaptarse a la idiosincrasia argentina es fundamental.
También es importante respetar los compromisos asumidos y construir vínculos estratégicos. No se trata de un negocio de una sola vez, sino de relaciones a largo plazo. En una industria tan intensiva en mano de obra, los inconvenientes existen, y ahí es donde la relación construida marca la diferencia.
¿Qué rol juega la logística dentro de esa construcción?
Es central. No solo desde el transporte, sino desde los actores que intervienen: operadores, navieras, forwarders y clientes. Todos tienen que estar comprometidos con el resultado que se necesita.
Argentina tiene muy buen capital humano, pero todavía hay mucho por mejorar en procesos. Es como un equipo de fútbol: podés tener grandes jugadores, pero si no hay un sistema que los haga jugar en conjunto, no funciona.
También sos coach. ¿Cómo influye eso en tu rol como gerente de operaciones?
La industria textil es mano de obra intensiva. No alcanza con números o maquinaria. Las máquinas las operan personas, y las personas tienen emociones, contextos y realidades distintas. Para mí, entender eso fue clave.
El coaching me dio herramientas que complementan mi formación técnica. Me permitió trabajar mejor con las personas, comunicarme, escucharlas y ayudarlas a integrarse en equipos de trabajo alineados con los objetivos de la compañía. Eso genera sentido de pertenencia y compromiso.
¿Por qué creés que ese enfoque es importante para el sector?
Porque cuando las personas se sienten escuchadas y comprendidas, trabajan de otra manera. El coaching no es solo una técnica laboral, también es una herramienta humana. Ayuda a superar situaciones personales y mejora la dinámica de los equipos.
No es una única mirada, es mi experiencia. Pero creo que compartirla puede servirle a otros que estén atravesando situaciones similares dentro de la industria.