La Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar, en el noroeste de Sonora, alberga uno de los paisajes volcánicos más extremos del continente: cráteres casi perfectamente circulares, flujos de lava negra y dunas de 200 metros que el turismo internacional apenas empieza a frecuentar.
El sitio cubre 714.556 hectáreas dentro del desierto sonorense y reúne dos paisajes radicalmente distintos en un mismo territorio protegido. Hacia el este, un escudo volcánico inactivo con más de 400 conos de ceniza y extensos flujos de lava. Hacia el oeste, el mayor campo de dunas activas de América del Norte.
Esa combinación llevó a expertos en patrimonio mundial a describirlo, sin rodeos, como “Islandia con cactus”.
La geología que explica la comparación
El corazón volcánico de la reserva es el escudo del Pinacate, formado por coladas sucesivas de lava basáltica negra y roja, algunas de más de 20 kilómetros de longitud. Su rasgo más llamativo son 10 cráteres de tipo maar —originados cuando el agua subterránea entra en contacto con magma y provoca una explosión de vapor— que por su número y concentración no tienen equivalente en el mundo, salvo en África.
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El cráter El Elegante, el mayor de todos, mide 1.400 metros de borde a borde y alcanza 140 metros de profundidad. Se formó hace unos 32.000 años. Recorrer su borde a pie toma entre dos y tres horas.
La actividad volcánica más reciente en la zona data de hace aproximadamente 11.000 años. Algunos vulcanólogos no descartan que ciertos cráteres puedan reactivarse en el futuro, con potencial para formar volcanes de hasta unos pocos cientos de metros de altura.
Cuando la NASA entrenó aquí a sus astronautas
El parecido del terreno con la superficie lunar no pasó desapercibido para la ciencia. Entre 1965 y 1970, la NASA utilizó El Pinacate como campo de entrenamiento para los astronautas del programa lunar, por la semejanza de sus coladas y cráteres con el suelo de la Luna.
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El campo de lava resultó tan reconocible desde el espacio que los propios astronautas podían identificarlo en órbita durante sus misiones.
En 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) inscribió la reserva en la Lista del Patrimonio Natural de la Humanidad, bajo los criterios de belleza excepcional e importancia geológica y biológica.
El mar de dunas que rodea al volcán
La zona occidental de la reserva es un mundo aparte. El Gran Desierto de Altar es el único campo de dunas activas —o erg— de América del Norte, con una extensión de más de 550.000 hectáreas.
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Las dunas adoptan formas lineales, en estrella y en cúpula, y pueden alcanzar los 200 metros de altura. Se alimentan de sedimentos del delta del río Colorado y de las playas del Golfo de California. Macizos graníticos emergen entre ellas como islas, con alturas de entre 300 y 650 metros sobre el nivel del mar.
Desde el espacio, las lavas negras del escudo volcánico y las arenas blancas del desierto contrastan con el azul del Mar de Cortés en una imagen visible a simple vista.
Vida donde parece imposible
A pesar de las temperaturas de hasta 57 ℃ (135 °F) en verano y menos de 250 milímetros de lluvia al año, la reserva alberga más de 540 especies de plantas vasculares, unas 200 de aves y decenas de mamíferos y reptiles.
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Entre la fauna, destaca el berrendo sonorense (Antilocapra americana sonorensis), subespecie endémica en peligro de extinción restringida al suroeste de Arizona y el noroeste de Sonora. La reserva también contiene la cueva de maternidad de murciélagos magueyeros más grande conocida, donde se congregan entre 170.000 y 300.000 hembras. Dos especies de peces de agua dulce endémicas completan un ecosistema que desafía la lógica del entorno.
Un turismo que llega despacio, con amenazas de fondo
El acceso a la reserva se realiza por un único centro de visitantes ubicado en el kilómetro 52 de la carretera federal 8, entre Sonoyta y Puerto Peñasco. Desde allí, un recorrido interno de unos 72 kilómetros de terracería conecta los cráteres El Elegante, El Tecolote y Cerro Colorado, con dos zonas de campamento habilitadas.
El territorio es además sitio sagrado del pueblo Tohono o’odham —“la gente del desierto”—, que rechaza el término pápago con el que fueron históricamente identificados. Allí realizan ceremonias ancestrales, entre ellas “el camino de la sal”, una peregrinación al cráter El Pinacate.
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En 2025, la UNESCO advirtió sobre los efectos del muro fronterizo entre México y Estados Unidos en la conectividad ecológica del desierto sonorense. El organismo informó que investigadores mantienen un monitoreo con cámaras trampa para evaluar cómo esa infraestructura altera el desplazamiento de la fauna silvestre dentro y alrededor de la reserva.