Había escaparates tapiados, calles vacías y una economía en caída libre. Esa era la realidad de Marshalltown, Iowa, antes de que llegaran los trabajadores mexicanos. Hoy, ese mismo pueblo —transformado, diverso y económicamente activo— vuelve a enfrentar el fantasma del abandono. Pero esta vez, el motivo no es la crisis agrícola: es la campaña de deportaciones del presidente Donald Trump.
Así lo documenta The Sunday Times en un extenso reportaje desde el terreno, donde periodistas recorrieron pueblos del Medio Oeste estadounidense para registrar el impacto real de las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en comunidades que los migrantes —en su mayoría mexicanos— literalmente resucitaron.
De pueblo fantasma a comunidad viva: la historia que pocos cuentan
De acuerdo con The Sunday Times, en los años noventa Marshalltown perdía habitantes a pasos acelerados. Los comercios cerraban, los agricultores se endeudaban y la planta procesadora de carne local —columna vertebral de la economía— ofreció a sus trabajadores sindicalizados una fracción de su salario anterior o la puerta de salida.
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Cientos aceptaron irse. Y cientos de trabajadores mexicanos llegaron para ocupar su lugar.
El resultado, según el medio británico, fue una transformación profunda:
- 40% de los 28 mil habitantes actuales de Marshalltown no son blancos
- La escuela secundaria tiene un programa bilingüe donde jóvenes con apellidos noruegos hablan español con acento mexicano
- Hay una congregación metodista con servicio dominical en suajili y un templo budista en las afueras
“El centro es totalmente diferente a como era cuando yo era niño. Es muchísimo más bonito. Y es gracias a la población inmigrante”, dijo a The Sunday Times Wade Dooley, agricultor de Iowa de sexta generación.
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Llega el ICE y el miedo vacía las calles
El panorama cambió drásticamente con el regreso de Trump a la presidencia. Según documenta The Sunday Times, alrededor de 1,900 personas fueron detenidas por el ICE en Iowa desde principios de 2025. El efecto, reporta el medio, es visible a simple vista.
En West Liberty, pueblo con mayoría hispana, Antonio Sosa —ciudadano estadounidense naturalizado, originario de México— describió la situación desde el mostrador de su tienda: “Aquí la gente va a trabajar y vuelve a casa. Ya no salen. Ahora vendo solo un 25% de lo que vendía antes”.
The Sunday Times también documenta el caso de Pascual Pedro, joven de 20 años y exalumno local, deportado a Guatemala cuando acudió a una cita de rutina con autoridades migratorias. Su familia sigue en West Liberty.
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El dilema económico que nadie quiere nombrar
Uno de los puntos más reveladores del reportaje de The Sunday Times es la contradicción que enfrentan los propios estados republicanos: apoyan a Trump, pero dependen de la mano de obra inmigrante para sostener industrias clave.
Iowa tiene una industria cárnica valuada en 20 mil millones de dólares que, según fuentes consultadas por el medio, no podría operar sin trabajadores migrantes. Los puestos —cortar tendones y huesos en cámaras frigoríficas por 15 dólares la hora— son, en palabras de un experto citado por The Times, “trabajos sucios y peligrosos que prácticamente solo los inmigrantes están dispuestos a hacer”.
John Hall, presidente de la cámara de comercio de Marshalltown, fue directo con el medio británico: “La única razón por la que estamos viendo algún tipo de crecimiento es gracias a nuestras poblaciones inmigrantes”.
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“Confinados, no en libertad”
Finalmente el medio británico cierra su recorrido con una imagen que condensa el estado de ánimo en estos pueblos. Antonio Sosa, quien lleva más de cuatro décadas en Estados Unidos, describe lo que ve en las calles de West Liberty con una frase que el medio recupera como síntesis de una crisis silenciosa:
“Nos conocíamos todos de vista. Ahora vivimos confinados, no en libertad”.
Mientras tanto, expertos consultados por The Sunday Times advierten que si la tendencia continúa, comunidades que tardaron décadas en recuperarse podrían volver al punto de partida: pueblos vaciados, escuelas sin alumnos y economías sin mano de obra. Una historia que, en buena parte, también es historia mexicana.
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