
El amor suele describirse como una experiencia mágica, intensa y casi inexplicable. Sin embargo, más allá de las “mariposas en el estómago”, se trata de un proceso biológico, neurológico y social profundamente complejo. La ciencia ha demostrado que enamorarse no es solo cuestión de emoción: también implica la activación de circuitos cerebrales diseñados para la supervivencia y la formación de vínculos.
La antropóloga y bióloga Helen Fisher sostiene que el amor romántico puede dividirse en tres etapas principales. La primera es el deseo, impulsado por hormonas sexuales como la testosterona y el estrógeno. Esta fase está relacionada con la atracción física y el impulso reproductivo.
La segunda etapa es la atracción, caracterizada por una intensa actividad de la dopamina —asociada al placer y la recompensa— y la norepinefrina, vinculada con la energía y la disminución del apetito. Es el periodo de la euforia, la obsesión y la idealización de la otra persona. Estudios de resonancia magnética funcional muestran que, cuando alguien se enamora, se activa el área tegmental ventral, una región del cerebro relacionada con los sistemas de recompensa.
Finalmente, aparece el apego, dominado por la oxitocina y la vasopresina, hormonas que favorecen la estabilidad y los vínculos duraderos. Esta fase permite que las relaciones trasciendan la pasión inicial y se conviertan en lazos profundos.

Amor y diversidad
La neurología del amor es universal. Las investigaciones indican que las áreas cerebrales activadas durante el enamoramiento son las mismas independientemente de la orientación sexual. El cerebro procesa la conexión emocional y la recompensa química de manera similar en parejas heterosexuales y del mismo sexo. La respuesta de la oxitocina y la dopamina depende de la calidad del vínculo, no del género de quienes lo conforman.
En el espectro arromántico y asexual también existen experiencias afectivas válidas. Las personas asexuales pueden experimentar atracción romántica y fuertes conexiones emocionales sin sentir deseo sexual. Por su parte, las personas arrománticas pueden no buscar vínculos románticos tradicionales, pero desarrollan relaciones profundas de amistad y apego social donde la oxitocina juega un papel central.
Desde la Antigua Grecia se han clasificado distintas formas de amor que aún influyen en la psicología contemporánea: Eros (pasión), Philia (amistad leal), Storge (amor familiar), Agape (amor altruista) y Pragma (amor práctico y duradero). Cada uno puede estar asociado con distintos equilibrios neuroquímicos y formas de vínculo.

El amor como una construcción social
Pero el amor no es solo biología. La doctora Tania Rocha, académica de la Universidad Nacional Autónoma de México, advirtió para Gaceta UNAM que el amor romántico es también un constructo social atravesado por normas, valores y relaciones de poder. El modelo idealizado —alimentado por cuentos, novelas y ahora redes sociales— puede reproducir lógicas sexistas, heteronormadas y de control.
Incluso en relaciones diversas se replican roles de género y expectativas culturales. El deseo de pertenencia, reconocimiento o cumplimiento de un “proyecto de vida” influye en la elección de pareja tanto como la química cerebral.
Por su parte, el académico Óscar Clavellina señala que toda relación humana combina componentes biológicos y culturales. La forma en que nombramos y construimos al “otro” está determinada por el contexto histórico y social. En la modernidad, el sociólogo Zygmunt Bauman describió el concepto de “amor líquido”: vínculos frágiles y efímeros en una sociedad donde las relaciones pueden volverse desechables.
En conclusión, el amor es un fenómeno integral: una mezcla de reacciones químicas, experiencias personales y marcos culturales. El cerebro humano está diseñado para conectar, pero la forma en que esas conexiones se viven y se sostienen depende tanto de las hormonas como de las reglas sociales aprendidas. Amar no es solo sentir; también es construir.
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