Las células cancerígenas requieren mucha más energía celular que las sanas y, para satisfacer esta demanda, utilizan principalmente glucosa y lípidos obtenidos a través de la dieta, elementos que se encuentran en diversos alimentos que, en exceso, pueden causar problemas a la salud.
Esta habilidad de aprovechar diferentes nutrientes facilita el crecimiento continuo y la propagación de los tumores, situando la relación entre nutrición y cáncer en el centro de la investigación oncológica actual.
En comparación con células sanas, las cancerosas incrementan su consumo de energía para mantener una rápida división y proliferación. Su metabolismo se adapta para captar un mayor volumen de glucosa y grasas, lo que les permite sobrevivir incluso en ambientes internos adversos.
Los alimentos favoritos de las células cancerígenas
La glucosa, abundante en panes, arroces y frutas, es el principal combustible para las células. Sin embargo, las células tumorales también obtienen lípidos tanto de los alimentos como de los depósitos almacenados en el cuerpo. Esta doble fuente energética contribuye al desarrollo más agresivo de la enfermedad y a la dificultad para detener su avance.
Entre las grasas presentes en la dieta, destaca el ácido palmítico, un ácido graso saturado identificado como factor clave en la capacidad de las células cancerígenas para provocar metástasis.
El ácido palmítico está presente en alimentos procesados como mantequilla, repostería, pastas, pizzas y helados. Investigaciones recientes apuntan a que su consumo elevado potencia la agresividad de los tumores y favorece su diseminación a otros órganos.
¿Cómo afectan los lípidos?
El acceso a las células tumorales depende de receptores específicos, en particular de la proteína CD36, que actúa como transportador de grasas. Un aumento en la expresión de CD36 se asocia con una mayor entrada de ácidos grasos a la célula y un incremento en la capacidad de invasión tumoral. Como respuesta, se estudian terapias dirigidas a bloquear la función de CD36 para restringir el suministro energético de las células malignas.
La efectividad de estas estrategias se ha demostrado en modelos animales. En ratones, una dieta alta en grasas conduce a tumores más grandes y a un mayor número de metástasis, además de una menor supervivencia. Por el contrario, el uso de bloqueadores de CD36 detiene el avance del cáncer y reduce la formación de nuevos tumores. Esto ha alentado el desarrollo de anticuerpos monoclonales y otros compuestos capaces de inhibir CD36 como vía experimental hacia nuevos tratamientos.
El vínculo entre dieta y cáncer obliga a replantear la importancia de una alimentación equilibrada en la prevención. Moderar el consumo de grasas saturadas y procesadas puede disminuir el riesgo de aparición del cáncer y dificultar su progresión en quienes ya lo padecen.
Seleccionar los nutrientes de manera informada y mantener el equilibrio energético representa una medida directa que contribuye a la salud celular y reduce la probabilidad de padecer enfermedades graves como el cáncer.