
La temporada de premios actual se parece mucho a la trama de Cónclave: de cara a la entrega de los Oscar, van apareciendo trapitos sucios sobre las películas más nominadas y todas las semanas cambian las favoritas en función al escándalo de turno. Claro que en los Oscar, teóricamente, se premia la calidad artística, pero todos sabemos que en realidad es un concurso de popularidad.
Esta dinámica es similar a la que conforma la nueva película de Edward Berger (Sin novedad en el frente). El sumo pontífice muere de improviso -al menos para una parte importante de la curia- dejando dudas sobre su última voluntad, su preferencia en la sucesión al papado y muchos secretos que se irán revelando a lo largo de la trama. Pero, contrario a lo que podría parecer en un principio, nada queda librado al azar.

Rica en simbología y sutil en sus intenciones, la película deja claro desde un principio -para el ojo atento- cuál es la mano que mueve todos los designios de la elección que se avecina. Y no es precisamente la de Dios. El cónclave para elegir al nuevo papa se organiza con celeridad y los cardenales del mundo se presentan en el Vaticano, prontos a ocupar el codiciado trono de la iglesia católica. Claro que sus intenciones son todo menos transparentes.
El cardenal Lawrence (Ralph Fiennes) está a cargo de supervisar la organización de la ceremonia y la honestidad de los candidatos, y cada pieza de información es clave para el próximo movimiento. Aislado del exterior hasta que se tome una decisión, la convivencia entre los eclesiásticos va generando tensiones que dan lugar a un excelente thriller político de intrigas palaciegas traducidas al ámbito religioso.

Con un diseño de producción impresionante que recrea los escenarios del Vaticano, tomas simétricas y fuertes contrastes en la paleta de colores, Berger hace uso de todos los recursos audiovisuales a su disposición para generar una tensión creciente que no decae en ningún momento. Es así como las dos horas de la película se consumen en un suspiro, con un ritmo impecable que alterna entre la solemnidad y el frenetismo, acompañado de una banda sonora a la altura del desafío.
Pero más allá de su impecable aspecto visual y su apartado musical, si hay algo en lo que Cónclave destaca es en la ejecución de su guion y sobresalientes actuaciones. Fiennes lleva el liderazgo de un gran elenco integrado por John Lithgow, Isabella Rossellini y Stanley Tucci, junto a otros actores menos conocidos entre el gran público, pero con papeles igual de importantes. La gran revelación es el actor mexicano Carlos Diez, quien interpreta al recién llegado Benitez.

La historia no da un respiro, revelando sorpresas y secretos bien guardados a cada paso, pero dándole al espectador el tiempo justo para digerir y meditar sobre cada uno de los giros de la trama, antes de pasar al siguiente con tanta gracia como aplomo. La ambición, la fe y el rol de la iglesia se ponen en tela de juicio constantemente, planteando interesantes dilemas morales y posiciones tan opuestas como comprensibles por parte de sus fascinantes personajes.
Es una película que vale la pena ver en el cine y, sin dudas, se convertirá en la favorita de muchos de cara a la entrega de los premios de la academia, que este año parecen tan fascinantes como la ficción. Al final, quizás queden más dudas que certezas, pero es una de esas historias que vale la pena debatir y volver sobre sus pasos para encontrar los detalles que revelan todo desde el principio.

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