El último secreto que el gran René Lavand le reveló al mago Jansenson antes de morir: descargá su libro, gratis hasta hoy

En ”La mano mágica”, el discípulo cuenta los 25 años de historia con su maestro. Se puede bajar gratis a cualquier computadora, tablet o teléfono.

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Norberto Jansenson narra el capítulo 4 de su libro "La mano mágica" sobre el famoso mago argentino

La última vez que el mago Norberto Jansenson vio a su maestro, el gran René Lavand, este le reveló un secreto, y no cualquier secreto. Para entonces, Lavand ya tenía 86 años y no se entusiasmaba fácil. Fue por eso que Jansenson tanto se sorprendió al ver el desborde de energía que su maestro emanaba al abrirle la puerta mientras le anunciaba: “¡Encontré la solución a un problema que me dio dolor de cabeza durante quince años, Norberto!”.

El problema en cuestión era cómo hacer la mosqueta perfecta. Para quienes no lo saben, la mosqueta es “un clásico juego de apuestas (...) y consiste en tres cacharros, cubiletes o cáscaras de nueces debajo de los cuales se esconde una pelotita que hay que seguir para adivinar debajo de cuál objeto está escondida, mientras el timador los mezcla a gran velocidad sobre una mesa improvisada con un cajón de frutas”, explica Jansenson en su libro La mano mágica, que narra sus 25 años de historia con René Lavand, y que puede descargarse gratis en Bajalibros hasta hoy, domingo 3.

En el cuarto capítulo del libro -que puede escucharse narrado por el autor en el video al comienzo de esta nota y que también puede leerse completo al final-, Jansenson cuenta cómo su maestro llegó a resolver el misterio que lo venía atormentando hace 15 años: cómo hacer que el espectador no crea que lo están engañando y, por consiguiente, pierda el entusiasmo y la atención.

La relación entre maestro y alumno, que duró un cuarto de siglo, se dio por una de esas casualidades casi mágicas, que el autor cuenta en una extensa entrevista con Infobae Leamos. Y, para Jansenson, fue determinante no solo en lo laboral, ya que Levand le reveló sus trucos y secretos, sino también a nivel personal. Escribe el autor en la dedicatoria: “A René Lavand. Por tomarme de la mano con su mano. Por la amistad, por la magia. No la de los trucos, sino la de las palabras, los silencios y la presencia”.

“La mano mágica” (fragmento)

"La mano mágica", de Norberto Jansenson, puede descargarse gratis en Bajalibros hasta hoy, domingo 3 de diciembre.
"La mano mágica", de Norberto Jansenson, puede descargarse gratis en Bajalibros hasta hoy, domingo 3 de diciembre.

Mosqueta. J de corazones

Durante todo el viaje sentí que esta iba a ser la última vez que lo vería con vida.

No sé por qué había sentido esa misma certeza en cada visita a Tandil durante el último año.

Él también la sentía. En cada comentario que le escuché hacer sobre el futuro —aunque se hablara del mes siguiente—, René decía: «Yo ya no voy a estar para verlo…».

Tenía ochenta y seis años. Los vivió todos. Quiero decir: no los pasó de largo, los habitó en cada rincón, los degustó con la intensidad de quien sospecha que se está por acabar su tiempo. Los vivió como tomaba el vino, echando la cabeza hacia atrás, dando vuelta y agitando suavemente la copa sobre sus labios para exprimirle hasta la última gota.

Llegué al Milagro Verde antes del mediodía. La rutina era siempre la misma: bajar del coche, pisar la tierra húmeda, escuchar los ladridos desaforados de Tachuela que se tiraba contra la tranquera, tocar el timbre, esperar que Nora saliera a atar a Tachuela, abrir la tranquera, entrar el coche, intentar abrazar a Nora —que es arisca para los abrazos—, entrar a la casa con ella e ir hasta el fondo para encontrar a René sentado con la mirada perdida en el fuego mientras sonaba un concierto de Beethoven.

Esa vez me sorprendió René, abriendo de repente la puerta de madera para salir a buscarme antes de que tocara el timbre. Me saludó con la mano izquierda en alto al tiempo que gritó mi nombre. Su entusiasmo me alegró y me sorprendió; hacía rato ya que René no se entusiasmaba ni siquiera por una grapa nueva.

Bajé del auto apurado. Me abrazó con su brazo izquierdo. Inmediatamente dijo:

—¡Encontré la solución a un problema que me dio dolor de cabeza durante quince años, Norberto! ¡Vamos al laboratorio, no veía la hora de que llegaras para mostrarte!

Lo seguí hasta el paño verde sin decir una palabra. Con René, la mayor parte del tiempo estábamos en silencio, o era él quien hablaba. Se sentó e inmediatamente me increpó:

—¿Cuál es el problema que tienen las mosquetas que hacen todos los magos? ¡¿Cuál es?!

La mosqueta es un clásico juego de apuestas, mayormente presentado por «trileros» (estafadores callejeros, o tahúres, que se dedican a burlar a espectadores desprevenidos o distraídos casi siempre en lugares turísticos). A los juegos de manos que hacen se les llama «mosquetas», «triles» o «tapadita», y consisten en tres cacharros, cubiletes o cáscaras de nueces debajo de los cuales se esconde una pelotita que hay que seguir para adivinar debajo de cuál objeto está escondida, mientras el timador los mezcla a gran velocidad sobre una mesa improvisada con un cajón de frutas. También se conoce la versión de tres naipes, dos negros «indiferentes» y uno rojo «principal». Mientras el embaucador mezcla los tres naipes, quien apuesta debe seguir con la vista el recorrido del naipe rojo (generalmente una reina o un as). René muchas veces contó que, en su búsqueda de nuevas técnicas para adaptar a su mano izquierda, se había topado por diferentes lugares del mundo con personajes muy oscuros con quienes «cambiaba figuritas»: él les hacía sus efectos mágicos, y ellos le revelaban sus jugarretas.

—No sé, René. Supongo que el problema es que le preguntan al público dónde está la pelotita o la carta diferente, y el público, que sabe que lo están engañando y no apuesta nada en el juego, no dice lo que en verdad cree, sino lo primero que se le ocurre. Y que hay demasiados pasos, el espectador se confunde y se desconecta; le deja de importar.

—¡Exacto! Durante años busqué una dinámica que fuera simple y con una cadencia musical. Podarle elementos y pasos y que el impacto final no se vea venir. ¿Te muestro?

—Y, pero claro, René. Cómo no me va a mostrar.

—Bueno, mirá… le falta trabajo, pero hay una versión que me satisface. Quiero saber qué opinás.

—Soy todo ojos, René.

Norberto Jansenson fue discípulo del gran mago René Lavand por un cuarto de siglo.
Norberto Jansenson fue discípulo del gran mago René Lavand por un cuarto de siglo.

—La idea es jugar con tres naipes y una moneda. Y una mano. Escondo la moneda en la carta del medio y mezclo las cartas con la moneda debajo. Acá empieza la diferencia: le voy a decir a una mujer, «si yo le preguntara ahora a usted, señora, dónde está escondida la moneda, usted diría que está acá a la derecha, pero no está». Y muestro ese naipe sin nada debajo. Le digo «enseguida usted diría que entonces “solo puede estar en la otra punta, pero tampoco está acá”», y muestro también ese naipe sin moneda debajo. ¿Ves? Ya empieza diferente, plantea una intriga angustiante: qué rígidos somos, creemos que sabemos todo y en realidad no sabemos nada.

—¿Sigue?

—¡Pero claro, hombre! ¡Recién empieza! Mirá…

Miré. Y no pude ver. Sí vi movimientos, vi desaparecer la moneda de lugares imposibles, la vi aparecer donde habría jurado que sería ridículo que apareciera. Me vi sumergido en esas aguas pegajosas y oscuras del misterio, esas que conozco bien y sin embargo son ajenas cada vez, diferentes cada vez, inquietantes cada vez.

Cuando René terminó me pareció que, tal vez, por unos minutos me había olvidado de respirar.

—¿Y? ¿Qué opinás?

—Quisiera decir otra cosa menos obvia, René, pero es extraordinario.

—Bueno, esa es la parte que no me interesa. Quiero saber cómo lo corregirías, cómo lo mejorarías. Le puse mucho trabajo, pero le falta pulir, ¡le falta volar!

—No sé ni por dónde empezar… pero seguro le diría que le sobra perfección, y le falta que usted también sea testigo del misterio, René, no tanto el dueño.

—Ya me siento incómodo con lo que me decís. Explayate un poco más.

—Me parece que en sus movimientos se tendría que traslucir un poco de incertidumbre, de titubeo, tal vez hasta de temor.

—¡Pero si están puestos los atisbos justamente para eso!

—Los atisbos están puestos, René, justamente. Pero no parecen espontáneos. Sus incertidumbres son tan perfectas que nadie puede creer que en serio duda.

Se quedó en silencio, como ido, la mirada extraviada en el paño verde. Nora gritó que nos sentáramos a la mesa. Sirvió cintas de espinaca con salsa de tomate —sin ajo, para mí— y abrimos el vino tinto que yo había llevado. Lola se paró en dos patas para que le convidáramos pasta. René casi no tocó la comida, estuvo ausente durante todo el almuerzo. Nora trajo Serenito, su postre preferido, pero él no quiso comer. Ni siquiera terminó el vino de su copa, lo que era una extrañeza absoluta. Tenía el dorso de la mano apoyado en su barbilla y la mirada ausente. Nora se llevó los dos postres sin abrir y se puso a lavar los platos en la cocina.

Se hizo un silencio incómodo. No hubo muchas veces en que no me sintiera incómodo en los silencios de René, pero jamás hice algo para combatir esa incomodidad, que me parecía el peaje que tenía que pagar para estar sentado en su mesa, formar parte de esos momentos en que el artista se desconecta de repente del cotidiano para emprender el viaje de regreso a su mundo invisible, a conectar con pensamientos menos vulgares, con estímulos más elevados.

—¡Nora! —gritó de repente—, ¡este hombre me arruinó la siesta!

Agarró su copa y se levantó apurado. Me increpó:

—¡Vamos al laboratorio! Hice cambios.

—Pero, René, ¿estuvo todo el almuerzo pensando?

—No. La mitad del almuerzo me la pasé lamentándome por haberte pedido opinión y la otra mitad haciendo correcciones.

Me mostró la nueva versión de su mosqueta, transformada en una obra completamente distinta, aunque fuera, en esencia, la misma. Se permitió, esta vez, jugar, sin dejar traslucir la preocupación por lo técnico, sin que lo recién corregido le quitara frescura ni fluidez. Aplaudí, a propósito, con lentitud.

—¿Ahora mejor? —me preguntó.

—Pero claro, René. Ahora sí es la Mosqueta de René Lavand.

—¡Nora! —gritó, y se pasó la mano izquierda por la cabeza alisándose su poco pelo—, ¡traé un champagne, que tenemos que brindar!

Tal vez, alguna persona podría creer que la relación entre Nora y René era una relación «chapada a la antigua». Pero eso sería quedarse con la parte superficial de la historia, como cuando uno ve un truco de magia que parece una cosa pero detrás de las luces y los brillos esconde algo muy diferente. Durante los muchos años en que compartí tiempo con ellos, he admirado la fluidez de la conversación que compartían, tanto cuando hablaban como cuando se comunicaban en silencio. Parecían mucho más que una pareja; eran amigos, confidentes, colaboraban el uno con la otra en casi todas las cosas de la vida cotidiana. Nora pasaba la mayor parte del día trabajando en la escuela de la que era directora, y René pasaba la mayor parte del día ensayando, estudiando o contemplando el cerro, en silencio o con música clásica de fondo. A veces hacía las compras René, a veces las hacía Nora. No había roles adjudicados de forma rígida, salvo las tareas para las que se necesitaban dos manos, y el rol de René como artista del paño verde y el de Nora como musa inspiradora de su arte. Cuando Nora decía «a la mesa», no perdíamos ni un minuto en distraernos, porque eran órdenes que nos encantaba obedecer.

Sentí la necesidad de preguntarle —aprovechando que sonreía por primera vez desde que había empezado el almuerzo— algo que me inquietaba desde que me dijo que tenía algo para mostrarme.

—René, ¿para qué trabajó tanto en la mosqueta, si usted está retirado? ¿Adónde la va a hacer?

Se adelantó en el sillón y volvió a llevarse el dorso de la mano a la barbilla.

Dijo pausadamente:

Estoy retirado de los escenarios, Norberto. No de la vida.

Nora trajo el champagne. Brindamos por la nueva mosqueta.

Dos meses después, la mañana del siete de febrero, recibí un mensaje de texto, de Néstor Pianta —compañero de estudio en la academia de magia, entrañable amigo de casi toda la vida—, contándome que René había fallecido.