Es inolvidable un tema musical de los años 70: Parole, parole, de tres autores italianos, popularizado en la versión de Mina, pero que también cantó en francés Dalida, a dúo con Alain Delon. En especial la estrofa en la que la reiterada invocación a las palabras serviría de introducción al libro (a los libros) a los que me referiré esta vez.
Desde chico tuve una gran inclinación a consultar los diccionarios, seguramente por el ejemplo de mi padre, que por su condición de tardío castellano parlante (inmigró de Rusia cuando tenía siete años), consultaba inmediatamente con el que tuviera a mano sus dudas idiomáticas. El primero que hubo en mi casa fue el Pequeño Larousse Ilustrado, homenajeado por María Elena Walsh en su Vals del diccionario. Me seducía especialmente su segunda parte, la enciclopédica (y entre la primera y esa, las páginas rosadas, que contenían expresiones usuales en otras lenguas), lo que me hizo desear (sin lograrlo) que me compraran la Espasa Calpe. El dinero no alcanzaba y debí satisfacerme con la Enciclopedia Sopena, creo recordar que en seis tomos.
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Creo que el personaje de Talita en Rayuela menciona al diccionario como “el cementerio de las palabras” y en la misma novela Morelli suelta “¿A quién le importa el diccionario por el diccionario mismo?”. Sin embargo, “Vamos por la vida en un río hecho con palabras. A veces hundimos el puño sobre la superficie y varias saltan igual que unas gotas. Palabras que se van así como llegan… Unas se secan sobre nuestra piel, otras son absorbidas por ella” (El origen de las palabras, Damián González Bertolino).
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“¿A dónde van las palabras que se mueren? Desaparecen en silencio y nadie las recuerda nunca más: en el diccionario no queda ni un borrón o un mísero espacio en blanco que sirva de lápida para ellas”. Esto se pregunta y contesta la redactora del periódico Madrid Secreto, quien cuenta que la artista de Zaragoza Marta PCampos ha construido un camposanto para las casi 2.800 palabras del español perdidas en el último siglo.
“Están guardadas en un libro grueso cuyas páginas hay que hojear con guantes. Se titula 1914-2014: diccionario cementerio del español. En los dos volúmenes que componen la obra no hay definiciones, solo palabras que no cuajaron en nuestra lengua, o que funcionaron solo durante un tiempo. «Cuñadez», «cocadriz», «camasquince». Suenan cercanas pero están ya muy lejos.
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Las palabras olvidadas -dice la nota- también han ocupado unos nichos en la pared de la Caja de las Letras, la cámara secreta que esconde tesoros culturales en el sótano del Instituto Cervantes, lugar donde también está expuesto el antidiccionario. “En estas casillas ocupadas se superponen alfabéticamente los vocablos desaparecidos y la suma de todos resulta en un manchurrón negro de mayor o menor densidad según la letra de la que se trata. Las tumbas de la K, la Ñ y la W están vacías porque ninguna palabra ha desaparecido en el último siglo”.

Pero ¿qué pasa con las que están vivitas y coleando y usamos en la vida cotidiana sin cerciorarnos del origen de su significado?
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Algo relativo a eso me motivó a rescatar de mi biblioteca Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato, de Héctor Zimmerman, un libro publicado por Aguilar en 1999 y reeditado en 2011.
Como suele suceder, fue un hecho fortuito.
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Mi nieto de 18 años, 1,90 de estatura y dimensiones coherentes, estaba a punto de tomar un vuelo a Londres para un viaje de estudios, obviamente en asiento de clase turista, de dimensiones concebidas para pigmeos, (con todo respeto por los pigmeos). Mi mujer le aconsejó que se dirigiera a una azafata y le “llorara la carta” para que lo cambiara a una ubicación donde pudiera tener mayor espacio vital. Ante la expresión, Iván la miró con una cara que en lenguaje de Catita, el personaje de la gloriosa Niní Marshall, equivaldría a “¿Lo qué?”. Para desasnarnos, recurrimos al mataburros específico al que me refiero.
No lo revelaré aquí para excitar a la lectura de ese libro, que tiene un prólogo del historiador Tulio Halperín Donghi y se abre con una cita de Balzac: “¡Qué hermoso libro podría escribirse contando la vida y las aventuras de una palabra!”. Como el título lo indica, aparece no solo el origen y etimología de palabras de uso cotidiano (matungo, mastodonte, marrano), sino el de construcciones idiomáticas sumamente empleadas sin que casi nadie se pregunte de dónde salieron.
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Una persona que trabajó conmigo hace muchísimos años decía con frecuencia “De paso, cañazo”, implicando que se debía aprovechar una oportunidad para conseguir dos resultados a la vez. Sin embargo, el dicho “nació de un refrán español –'Al ave de paso, cañazo’—” cuyo sentido es muy distinto: “Expresión que aconseja a los habitantes de un lugar tratar mal al extraño que no ha de volver a él. En especial sugiere a los comerciantes abusar de quienes no son sus clientes habituales”. Refrán por demás antipático y para nada hospitalario, comenta Zimmerman, que alienta a dar con la caña (o con un caño, para decirlo al modo nuestro) al pobre tipo en tránsito.
Este especial diccionario está dividido en capítulos temáticos (“Adornos y belleza”; “Amor y sexo”; “Animales”) ordenados alfabéticamente, y dentro de cada capítulo las palabras elegidas se alternan con frases que pueden rastrearse en el cuidadoso índice del volumen, primorosamente editado.
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Por lo que se verá, al autor se le habían quedado cosas “en el tintero” (como solía decirse), porque en el año 2005 publicó Mil historias más de frases y palabras que decimos a cada rato, en el que podemos enterarnos de dónde sale lo de “comer vidrio”, “ser de medio pelo”, “prenderse la lamparita”, “ser un che pibe” y decenas de expresiones más.
Como bien dice el texto de contratapa de este segundo volumen, el autor “se nutre de la etimología pero también recurre a la charla cotidiana, a las maneras de hablar de los jóvenes y al uso general que la gente hace de su lengua para pintar un fresco notable y sugestivo de nuestro idioma y, por qué no, de nosotros mismos”.
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Un personaje de un programa humorístico radial de hace décadas, que tenía un manejo reducido del castellano, cortaba cada tanto su relato con la frase: “Falta palabra, pregunta compañero”.
Cuando nos falte la palabra precisa o queramos usar adecuadamente una construcción idiomática, preguntémosle al compañero Héctor Zimmerman.
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