Sexo apurado y feliz promiscuidad: reeditaron a Oscar Hermes Villordo, el narrador de la vida gay antes del VIH

Autor de libros descarnados y conmovedores, murió de SIDA el 1° de enero de 1994. Escribió una trilogía sobre la homosexualidad que arrancó con el best seller “La brasa en la mano”. Su última parte, “El ahijado”, vuelve a circular.

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Oscar Hermes Villordo y "El ahijado".
Oscar Hermes Villordo y "El ahijado".

Hace veintinueve años, el 1° de enero de 1994, murió Oscar Hermes Villordo en una habitación del Hospital Británico. Tenía HIV en aquellos tiempos en que el virus era una sentencia de muerte que se cumplía en unos pocos años, en su caso dos años antes le habían diagnosticado la enfermedad y en ese tiempo se convirtió en un militante de la prevención. El ahijado, la novela que cierra su trilogía de la homosexualidad, publicada por primera vez en 1990 y hace unos meses reeditada por la editorial cordobesa Caballo Negro, se ubica mucho antes de que la peste rosa acechara el amor entre varones, cuando la promiscuidad era una fiesta y los cuerpos se abrían, felices y lujuriosos, varias veces en la misma noche.

Villordo había nacido en 1929, en Machagai, un pueblo del centro de Chaco cuando Chaco todavía no era una provincia si no Territorio Nacional por el que merodeaba y se escondía Mate Cosido. Hijo de un comisario, en sus memorias cuenta que a él y a su hermano la gente los distinguía como “el asmático y el puto”. Cuando terminó el colegio secundario pasó un tiempo estudiando en Catamarca y de allí se mudó a Buenos Aires, donde vivió el resto de su vida, excepto los años de exilio durante la dictadura cívico-militar. Fue periodista en La Prensa y La Nación, biógrafo de Adolfo Bioy Casares y Manucho Mujica Láinez, amigo de María Elena Walsh (que le puso el apodo de El Negro), poeta y uno de los primeros en hablar abiertamente de su sexualidad. La brasa en la mano, la primera de la trilogía, se publicó en 1983 y fue un best seller instantáneo, vendiendo alrededor de sesenta mil ejemplares. A esta le siguió La otra mejilla, en 1986, y finalmente El ahijado.

En la segunda página de esta novela aparece una palabra hace añares caída en desuso: manfloro, una deformación del lunfardo manflorita (hermafrodita), pero que en esos años de vuelta a la democracia también era el nombre de una tira de la progre revista Humor: Manfloro era el cliché del gay: atildado, de bigote finito, rulos, hambriento de machos, amanerado. Hermano de ese otro gay de ficción, Huguito Araña, que entraba semanalmente a los dormitorios heterosexuales argentinos desde Matrimonios y algo más. Nada más alejado de estos estereotipos que los personajes de Villordo o de él mismo que se definía: “nunca fui un marica con plumas ni manotée braguetas”.

“¿Vos sos manfloro?”, la pregunta sale de la boca de un borracho. La respuesta del narrador es seguirlo hasta un baldío, meterse en los yuyos, obedecer la orden, la premura del otro, el “bajáte el lienzo”. Esta escena de sexo apurado ha ocurrido antes, varias veces, en los vagabundeos del narrador (de quien nunca sabremos el nombre) por las vías, los descampados y las obras en construcción, una periferia si no conurbana, al menos en los bordes de la ciudad, en los barrios más alejados del centro, de la noche porteña, la calle Corrientes, los bares, los teatros, la bohemia.

El que pregunta y ordena y el que “se deja” son antiguos conocidos y uno de los fragmentos más hermosos de la novela está dedicado a uno de sus encuentros: “Tal vez fueran un solo mendigo, porque todos tenían en común las braguetas abiertas mostrándolo todo, como éste. Pensé en los muchos pares de testículos asomando fláccidos y en los miembros doblados, tiernamente acomodados en el matorral de pelos y distraídamente exhibidos, como si fueran uno solo: los del hombre que tenía junto a mí. Lo acaricié conmovido, casi sin tocarlo. Lo adoré llevando los labios hasta el nido tierno. Recorrí el miembro, corto y grueso, ladeado, de cabeza descubierta, con el aliento del beso apenas retenido, y le dije, hablándome a mí mismo, ya que no podía hablarle a él, que tenía lo más hermoso, lo más deseable que un hombre puede tener entre las piernas”.

El Ahijado es una sucesión de escenas de sexo narradas de manera directa e hilvanadas por ese “ahijado” cuya historia pasa de boca en boca como un mito, una leyenda o la promesa de conocer el amor encarnado en un hombre que encanta tanto a los varones como a la única mujer de la novela. La trama se cuece al calor de los asados de obra, entre paredes sin terminar, ladrillo desnudo, piso de cemento vivo y escaleras que no llevan a ninguna parte. Detrás de las chapas que tapian puertas y ventanas aún sin aberturas, en la noche, pasan cosas: los albañiles comen, beben, juegan a las cartas, guitarrean hasta que el deseo fermenta con el vino malo y los bultos se hinchan adentro de los pantalones de grafa. A veces es noche de mujeres y a veces las chapas se corren para dejar entrar al narrador que pasa con uno y con otro, que no desprecia a ninguno, que más que buscar amor o placer está hecho para darlos.

"El ahijado", la tercera parte de una trilogía sobre homosexualidad de Oscar Hermes Villordo
"El ahijado", la tercera parte de una trilogía sobre homosexualidad de Oscar Hermes Villordo

Los personajes de la novela se dividen entre los que dan y los que reciben, entre los penetradores y los penetrados, entre el hombre y el que “hace de mujer”. Sin embargo, a pesar de su rusticidad, de los chistes groseros que circulan en esas rondas de damajuana o de mate amargo, del miedo y la fascinación que les provoca poseer el cuerpo de otro varón, una extraña ternura se filtra en esas escenas de palo y a la bolsa.

Y la figura del Ahijado, el fauno irrestible que alimenta la fantasía de todos: “–Qué piel blanca tenés –me decía mirándome, levantando su pecho sobre mi pecho e inclinando la cabeza para cubrirme de besos y de saliva. El miembro, entonces, volvía a hinchársele. Y aunque me apretaba y yo sentía la presión hasta el ahogo, creí en ese momento que no era a mí a quien estaba poseyendo sino a una imagen incorpórea que tomaba mi forma para darle placer. Y lo vi, cuerpo de carne y hueso, pesado y con todas sus urgencias, flotando sobre el fantasma que era yo”. El Ahijado es abismo y redención, quien lo conoce queda prendado de él para siempre, aunque sea traicionado o abandonado, como el caso de El Acróbata, el joven del circo que se escapa para estar con él.

La historia del Acróbata y del compañero que lo trae a trabajar a la obra es la más sensual y amorosa de cuantas narra la novela: “Se encarnizaban, estrechamente unidos y, separados de pronto, se bus-caban esquivándose, entregándose y negándose al mismo tiempo. Allí, olvidados de los otros, sin testigos, parecían cumplir un rito secreto, e inmediatamente se pensaba que sus asaltos en broma tenían que ver más con el sexo que con el combate, con la atracción del uno por el otro que con la fuerza bruta, aunque no lo supieran, como lo demostraba uno de ellos que, en los avances y retrocesos, al dar un salto, mostró el miembro insinuado debajo del pantalón. Parecía la escena de una pelí-cula en cámara lenta, que transcurría lejana y próxima a la vez, por la impresión de distancia que causaba y porque los protagonistas estaban al alcance de la mano, especialmente en las formas que ahora se les abultaban a los dos”.

"La brasa en la mano", el arranque de la trilogía sobre homosexualidad de Oscar Hermes Villordo.
"La brasa en la mano", el arranque de la trilogía sobre homosexualidad de Oscar Hermes Villordo.

La literatura argentina es bastante reticente a mostrar el erotismo en las clases bajas. Siempre que aparece en contextos de marginalidad, el sexo es abuso, violación o sordidez. En cambio, en esta novela de Villordo, los cuerpos moldeados por el trabajo bruto retozan entre ellos y el coito es festivo excepto en la escena en que el sereno, voyeur y también soplón de la policía, es violado: “–¡Yo te voy a enseñar! ¡Así vas a aprender! ¡Vas a sacarte el gusto! ¡Pero no te lo hago por mirón sino por alcahuete! Y al decir ‘mirón’ y ‘alcahuete’, como si estas palabras tuvieran la fuerza que necesitaba, las repetía y se hundía, volvía a hundirse dentro del desgraciado, y jadeaba, lo obligaba a seguirlo, a infligirle el castigo haciéndoselo sentir como placer”. La violación como castigo, en la literatura y en la vida diaria con un reperterio bastante amplio en expresiones populares, también es un tópico en Villordo.

Unos meses antes de morirse dio una última entrevista al periodista Alfredo Serra. Había terminado una novela por encargo, Ser gay no es pecado, que se publicó en 1993. En esa charla dice: “Soy homosexual, fui promiscuo, y nunca lo disimulé. Ni por vergüenza ni por discreción”. Y un poco más adelante: “Ya no sueño. Es como si lo onírico se hubiera muerto. ¡Yo, que vivía de la imaginación! Recuerdo el último sueño, ya muy lejano. Trataba de consumar el acto sexual con un desconocido en una especie de estadio inmenso y vacío. Después, nada. Cayó el telón”.

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