“Cristina y la historia”: el libro que muestra cómo el kirchnerismo hizo un uso político del pasado

La historiadora Camila Perochena analiza desde el discurso de la vicepresidenta en Tribunales hasta la relación de su movimiento con el peronismo

Camila Perochena y su libro "Cristina y la historia" (@camiperochena)
Camila Perochena y su libro "Cristina y la historia" (@camiperochena)

Camila Perochena es Doctora en Historia pero aquí se dedica a un fenómeno del presente. O, para decirlo mejor, de la relación del presente con el pasado. Y cómo una fuerza política puede intentar construir esa relación. En su libro Cristina y la historia. El kirchnerismo y sus batallas por el pasado, Perochena habla de la dirigente que hizo un uso más intensivo del pasado en su gestión.

Entre los temas que se tocan están el regreso de Rosas, la relación del kirchnerismo con los militares, la relación del kirchnerismo con el peronismo, la memoria “incómoda”, de Malvinas.

Aquí, algunos párrafos:

Introducción (Fragmentos)

“He elegido la historia antes de que ellos me declaren absuelta. A mí me absolvió la historia y me va a absolver la historia. Y a ustedes, seguramente, los va a condenar la historia.” Tribunales federales, 2 de diciembre de 2019. Acusada de asociación ilícita y administración fraudulenta, Cristina Fernández de Kirchner cierra una declaración de más de tres horas ante la justicia. Vestida de blanco, denuncia el “lawfare” y se niega a responder a preguntas de las partes. “¿Preguntas? Preguntas tendrían que contestar ustedes, no yo. Gracias.” Falta apenas una semana para que asuma como vicepresidenta de Alberto Fernández, el candidato triunfante al que ella misma ungió para las elecciones del 27 de octubre. Es la primera vez que un ex mandatario regresa para ocupar la vicepresidencia.

El cierre de la declaración condensa el imaginario de CFK respecto del vínculo entre pasado, política y justicia. Para Cristina no es el poder judicial el que la juzga. A ella la juzga la Historia, con mayúsculas; ese insondable tribunal que emite juicios morales sobre los actores de ayer y de hoy. Los jueces en el estrado también serán juzgados por esa Historia y ella quedará libre de cargos. Las grietas del presente se remontan al pasado para absolver a unos y condenar a otros. “A mí me absolvió la historia.” La sentencia de la acusada ya había sido emitida.

Diciembre de 2019, Cristina Kirchner sale de Tribunales. (Foto Adrián Escandar)
Diciembre de 2019, Cristina Kirchner sale de Tribunales. (Foto Adrián Escandar)

El uso intencionado de los tiempos verbales no pasa desapercibido para nadie. Los medios que cubren el juicio se ocupan de recordar a Fidel Castro, cuando en 1953, al concluir su alegato en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada, proclamó: “La historia me absolverá”. La absolución, como la revolución, estaban en el porvenir. La ex presidenta, al igual que el líder cubano, transformó el juicio en un teatro abierto para dar un testimonio político. Sin embargo, reemplazó el uso del futuro por el pasado. La absolución, en su caso, ya estaba consumada. ¿Cuándo se dio esa absolución? ¿Fue durante su presidencia o en las elecciones de 2019? La invocación luego se prolongaba, como una suerte de conjuro, hacia un mañana indefinido: “Y me va a absolver la historia, y a ustedes, seguramente, los va a condenar la historia”.

(...)

De los 1592 discursos emitidos por CFK durante sus dos gestiones presidenciales, en el 51% hizo referencia al pasado, reciente o lejano. En ese lapso se crearon nuevos feriados, se abrieron museos, se produjeron programas televisivos de his- toria para niños y adultos, se inauguraron nuevos monumentos y se conmemoró públicamente el pasado en numerosas ocasiones. La historia vino así a ocupar un lugar político central, y este libro se ocupa precisamente de eso: de explorar los usos políticos del pasado entre 2007 y 2015.

El liderazgo que CFK supo construir en esos años la coloca en un lugar excepcional en el derrotero histórico argentino. Fue la primera mujer en ser electa presidenta como primera en la fórmula y en conducir –no sin tensiones y fracturas– al heterogéneo movimiento peronista. En este sentido, las diferencias con María Estela Martínez de Perón son evidentes: su breve período a cargo del ejecutivo fue producto del poder delega- do que le asignó su marido, Juan Domingo Perón, al colocarla como compañera de fórmula en 1973. Pero el lugar excepcional de Cristina se vincula además con el tema central de las siguientes páginas: fue, tal vez, la dirigente política que –al menos desde el siglo XX– hizo el uso más intensivo del pasado durante su gestión.

(...)

Penetrar en las miradas de CFK sobre la historia es una vía de entrada para analizar sus miradas sobre la política. El argu- mento que recorre este libro es la confluencia de un uso político del pasado polarizador y una concepción de la política y su práctica basada en la radicalización del conflicto. Antagonizar en el presente y sobre el pasado convierte a la historia en un campo de batalla. La fórmula habilita a trazar las fronteras entre un “ellos” y un “nosotros”, entre el “pueblo” y sus enemigos, entre el naciente kirchnerismo y el resto del espectro político, en un arco temporal que remonta las disputas a pretéritos remotos y cercanos.

La historia funciona, a su vez, para justificar un rumbo hacia el futuro que se presenta como deseable, pero también inexorable: el punto de llegada es la inevitable redención del “pueblo”. Una filosofía de la historia para moldear la política. Un repertorio hegeliano para que el pasado explique el presente y se proyecte en un porvenir conocido de antemano. Un porvenir que, según enunciaba la entonces presidenta, implicaba comprometerse en “una misma pelea que es la de revertir 200 años de frustraciones, de desencuentros, de fracasos”.

El kirchnerismo en el espejo del peronismo (Fragmentos)

Las relaciones entre kirchnerismo y peronismo fueron siempre sinuosas, como lo fueron las representaciones del pasado peronista. El “cuarto peronismo”, el kirchnerista, se inscribía en una tradición que, al mismo tiempo, buscaba superar.

¿Qué rupturas y continuidades estableció CFK con la tradición peronista? ¿Cuáles fueron las representaciones que construyó en torno a Juan Domingo Perón y a Eva Perón? ¿Qué asocia- ción guardan dichas representaciones del pasado con las luchas y conflictos que atravesó el gobierno en el presente?

El peronismo, ¿de quién es? (TELAM)
El peronismo, ¿de quién es? (TELAM)

Consolidar una identidad política kirchnerista invitaba a –e incluso exigía– una relectura del peronismo. Relectura que no podía quedar ajena a las relaciones entabladas con el PJ, los sindicatos, las agrupaciones no peronistas que formaban parte de la coalición oficialista y los partidos de oposición. En este sentido, como había ocurrido desde la caída de Perón en 1955, se generó una disputa en torno a la simbología peronista y a quienes encarnaban “verdaderamente” sus valores e ideas. Pero además de esas disputas, la historia de los diversos momen- tos peronistas requería ajustar cuentas con pasados –una vez más– incómodos en algunos casos, o reprobados explícitamente como fueron los gobiernos menemistas, según veremos en el siguiente capítulo. ¿Cuánto hubo de recuerdo y olvido en esas operaciones memoriales? ¿Cuánto de apropiación selectiva y de resignificación en esa relectura que implicaba adscribir a una tradición para superarla?

El kirchnerismo como continuación del peronismo

La presidenta le dio un lugar central al movimiento al que perteneció desde su juventud. En un acto por el Día del Camionero en la cancha de Vélez, y frente a setenta mil personas, sostuvo: “Estoy orgullosa de ser parte de ese movimiento político en el que milité desde muy joven […] porque ha sido siempre un movimiento político […] de toma de posición clara y concreta en pos de los intereses de los trabajadores y de los sectores más vulnerables de la Argentina”. Ese día la precedió en el uso de la palabra el sindicalista Hugo Moyano, quien destacó el “coraje” de la presidenta y aclaró que “millones de trabajadores la van a apoyar permanentemente”. La permanencia duró poco: dos años después el apoyo del líder de camioneros se interrumpía hasta el fin de la gestión.

En numerosos discursos CFK subrayó una continuidad indiscutible entre el movimiento peronista y el kirchnerista. Según Gindin, dicha continuidad se establece con tres postulados fundamentales: la centralidad del estado, la idea de justicia social y la interpelación popular que busca responder a las demandas de ese pueblo.


En esa línea, Cristina reivindicó la gran movilización del 17 de octubre de 1945 como el mito de origen peronista y fecha emblemática para la Argentina: “La gente sabía a qué había ido y que había ido tras un objetivo. Y esto es lo que diferencia a un pueblo de gente que se junta con distintos objetivos, con distintos intereses, muchas veces contradictorios entre sí y por eso imposible de triunfar políticamente”. En esa fundación originaria –en la que el peronismo hizo suya la distinción clave entre el “pueblo” que el nuevo movimiento venía a encarnar y un simple conglomerado de “gente”– se inscribió Cristina.

Desde ese registro, en el punto de partida la presidenta recuperó algunas de las dimensiones clásicas del peronismo para trazar su filiación con el kirchnerismo. En primer lugar destacaba la transformación social y el nuevo papel del sindicalismo y de los sectores trabajadores en la historia del país: “Y fuimos nosotros desde la historia, desde la construcción que hizo el peronismo, en el que siempre he militado, los que volvimos a articular la alianza entre el capital y el trabajo”, sostuvo en otro acto de la Federación Nacional de Camioneros en 2008. En segundo lugar, reivindicaba el modelo económico del primer peronismo que había planificado una política de industrialización vinculada al mercado interno y a la redistribución social. Buscaba, quedaba claro, reeditar los años dorados de bonanza económica (de 1946 a 1949), cuando el país contaba con una importante reserva de divisas, altos precios para las exportaciones de alimentos y una industria en crecimiento. En aquel contexto, el Estado adquirió un rol central en la economía reforzando la estrategia mercadointernista y de redistribu- ción más equitativa del ingreso nacional. El proceso que Juan Carlos Torre denominó “democratización del bienestar”.

Así lo expresó la presidenta, desde El Calafate, a pocos meses del fallecimiento de NK:

Recuerdo la Argentina que a mediados del siglo pasado producía los primeros aviones en América latina, locomotoras, autos, una industria pujante, un pueblo pujante, una nación que crecía, llegamos a ser el producto bruto más importante de toda Latinoamérica. Se produjo la inclusión social más importante cuando millones de trabajadores fueron reconocidos en sus derechos y se produjo una movilidad que permitió que hijos de trabajadores, como quien les habla, hayan podido llegar a la universidad y hasta aspirar a ser presidentes de la República.

Néstor y Cristina Kirchner en El Calafate
Néstor y Cristina Kirchner en El Calafate

En términos económicos, el kirchnerismo se ilusionaba con un retorno al pasado dorado del peronismo pero en un mundo globalizado. ¿Era posible? Al menos así lo postulaba CFK discurso tras discurso. En la presentación del “Plan estratégico territorial”, en 2008, afirmó que el último recuerdo que tenía de “planificación, de pensar un país con objetivos, era un libro muy grande que yo leía de chiquita, que era el Plan Quinquenal”. La planificación desde el Estado era, para la presidenta, la única manera de construir un proyecto a largo plazo.

(...)

La memoria del primer peronismo se trajo también al presente para reeditar la unión entre el peronismo, las Fuerzas Armadas y el pueblo. En la inauguración de sesiones del Congreso, en marzo de 2010, CFK recordó el golpe de estado de 1943 que dio lugar al ascenso del peronismo:

Esta Argentina virtual y mediática que planteó que odiábamos a las Fuerzas Armadas, por Dios, ¿nosotros los pero- nistas contra los militares? Somos el único partido político vigente en la República Argentina fundado por un general. Nuestro ADN se gestó allí cuando las Fuerzas Armadas aca- baron con el fraude patriótico de la ‘Década Infame’ y Perón fue presidente. Así que no tenemos nada, al contrario, yo creo que han humillado mucho más a las Fuerzas Armadas los que las redujeron a ser simples encapuchados en lugar de defensores de la soberanía nacional. […] Nosotros queremos recuperar a esas, nuestras verdaderas Fuerzas Armadas. Por eso hemos iniciado una muy fuerte política de recuperación del rol industrial de la defensa, que ha sido clave en el desarrollo estratégico de la defensa nacional.

A diferencia del resto de los golpes militares del siglo XX, como veremos en el próximo capítulo, el perpetrado en 1943 fue representado como un acontecimiento positivo que venía a poner fin a los gobiernos fraudulentos de la década de 1930. Nuevamente, la incomodidad que podía generar que el líder del movimiento nacional-popular hubiese surgido de un golpe se justificaba a través de una memoria que devolvía la ima- gen de un ejército que encarnó los ideales industrialistas y de defensa de la soberanía nacional. La presidenta aspiraba a que esa unión entre Fuerzas Armadas y pueblo se viera replicada en el presente.

El kirchnerismo como etapa superior del peronismo

Ese arco de unión entre el pasado y el presente peronista estuvo sometido, sin embargo, a experimentos políticos y memo- riales complicados. El papel que el kirchnerismo se asignaba en la historia de dos siglos no podía sino estar atravesado por una tensión entre las ideas de restauración y de superación del peronismo. Hubo allí dos momentos de inflexión. El primero fue la crisis con el campo, cuando el gobierno, luego de cinco años de transversalidad, intensificó los vínculos con el PJ. Peronismo y kirchnerismo aparecían como parte de una misma entidad e identidad política. El segundo sucedió a la muerte de NK, cuando ese nexo se resquebrajó y el kirchnerismo comenzó a afirmarse como la etapa superior del peronismo.

(...)

Como adelantamos en el primer capítulo, el conflicto con el campo marcó el fin de la transversalidad y el repliegue sobre el PJ. El oficialismo buscó redefinir el partido como un instrumento político fundamental para dar certidumbre y continuidad al proyecto y para ello se colocaría al frente de su conducción nacional a NK, según señalaron los politólogos Novaro, Bonvecchi y Cherny en Los límites a la voluntad. Esto llevó, según los autores, a que el pejotismo dejara de ser sinónimo de reacción y atraso, “para ser considerado como lo que realmente venía siendo desde un principio: la columna vertebral de la coalición oficial”. Una suerte de autocrítica de NK sobre la estrategia seguida hasta el momento. En La grieta desnuda, Pablo Touzon y Martín Rodríguez describen ese retorno al PJ del ex presidente: “Kirchner ordena, organiza, aliena, purga. Conduce. Y viste al Partido Justicialista de combate. Y su guerra será contra la misma sociedad civil a la que había cortejado y enamorado poco tiempo atrás”. El repliegue sobre el núcleo peronista de la coalición oficialista fue un punto de inflexión en las representaciones del peronismo.

Esta nueva estrategia se puso en práctica en las elecciones de 2009 con las candidaturas “testimoniales”: Kirchner, Scioli y Massa encabezaban listas de cargos que, en muchos casos, no ocuparían. Pero la estrategia no dio resultado y el kirchnerismo sufrió una derrota inesperada en la provincia de Buenos Aires. El repliegue sobre el PJ no había funcionado. Tras las elecciones de 2009, se empezó a plantear la ley de reforma política y los discursos de la presidenta en relación con el peronismo se ampliaron a otros sectores.

Malvinas

¿Cómo compatibilizar la reivindicación nacionalista de la “causa Malvinas” con la defensa de los derechos humanos y los cuestionamientos a la dictadura? Esto hizo de Malvinas una memoria incómoda. Una incomodidad que se sumaba a otras mencionadas en anteriores capítulos, de la que no pudieron escapar las gestiones kirchneristas. La grilla clasificatoria del pasado que trazaba momentos positivos en oposición a otros negativos presentaba dificultades para encuadrar a la guerra de 1982. ¿Cómo lidió CFK con esa tensión entre una “causa justa” y una “guerra injusta”? ¿Qué lugar debían ocupar las FF.AA. y los derechos humanos en esa memoria? ¿Cómo “malvinizar” el discurso político y, simultáneamente, cuestionar la dictadura mediante la reivindicación de la verdad y la justicia? El discur- so oficial debió echar mano a las diversas memorias sobre el hecho conmemorado desde la transición a la democracia para resolver estos dilemas. La forma en que NK y CFK resolvieron estos dilemas fue muy diferente. En el caso de NK, se acentuó un discurso patriótico y nacionalista que procuraba atenuar la contradicción con las políticas de derechos humanos impulsa- das por su gobierno. Por el contrario, CFK, se inclinó más por las memorias sostenidas por organismos de derechos humanos y ex combatientes pero buscó diluir las contradicciones con el nacionalismo recurriendo a una memoria de dos siglos.

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