La polémica en torno al nepotismo ha irrumpido con fuerza en los primeros días del gobierno de Nasry “Tito” Asfura Zablah, situando el tema en el centro de la agenda política nacional de Honduras.
El nuevo presidente, juramentado en enero de 2026 tras un proceso electoral ajustado y disputado, enfrenta crecientes exigencias para evidenciar un compromiso palpable con la ética pública y la profesionalización del aparato estatal.
En este contexto, la decisión de Asfura de integrar a funcionarios con vínculos de parentesco en su gabinete ha reavivado los cuestionamientos sobre la continuidad de prácticas históricas en la administración hondureña.
Desde el propio Congreso Nacional, la disputa entre oficialismo y oposición se manifiesta como uno de los grandes desafíos que marcarán la actual gestión.
Los acuerdos políticos, habituales en un sistema democrático y especialmente necesarios en un escenario de transición, se han convertido en objeto de críticas debido a la percepción de que los nombramientos obedecen más a compromisos partidarios que a criterios técnicos.
Esta tendencia incrementa la incertidumbre sobre la prioridad que se dará a la eficiencia y la transparencia en el Estado.
El debate actual no se limita al Parlamento. Líderes del partido Libertad y Refundación (Libre) han acusado a la administración Asfura de “doble moral”, señalando que la rápida designación de familiares y allegados en puestos clave contradice los mensajes de renovación anunciados en campaña.
Este cuestionamiento se suma a los análisis de observadores y sectores sociales, que consideran que la legitimidad y la credibilidad del gobierno dependen de manera directa del rumbo que adopte respecto a la lucha contra el clientelismo y la corrupción institucional.
Uno de los protagonistas en la ofensiva opositora ha sido Carlos Umaña, diputado liberal, quien alertó sobre la gravedad de repetir el uso de “familiones” en la gestión pública.
Según Umaña, el país ya mostró en el pasado reciente su rechazo absoluto a la concentración de cargos en manos de familias, y calificó las nuevas designaciones de funcionarios con lazos parentales como un retroceso en la depuración del sistema político.
El legislador destacó: “El pueblo hondureño detesta estas prácticas. Lo que más se gritó en el gobierno anterior fue ‘Fuera el familión’. Numerosas familias llegaron a ocupar más de dos mil puestos públicos y eso lo detestamos los hondureños. Hoy no queremos que esa práctica se vuelva a repetir”, palabras pronunciadas desde la bancada del Partido Liberal.
El debate promovido por Umaña no es episódico. Junto al diputado Rashid Mejía, presentó una iniciativa formal para implementar una “Ley en Contra del Nepotismo”, y recordó que intentos semejantes en el pasado provocaron su remoción de la presidencia de la Comisión de Ética y Transparencia, un costo político que atribuye a su postura contra el clientelismo tradicional en el país.
Desde el oficialismo, diputados del Partido Nacional han salido en defensa del ejecutivo, negando que los nombramientos respondan únicamente a relaciones familiares.
El diputado Eder Mejía argumentó que las designaciones corresponden a acuerdos políticos y sociales necesarios para lograr gobernabilidad, y advirtió que reducir el análisis a la cuestión del parentesco representa una visión parcializada del complejo entramado de alianzas que permitió el ascenso de Asfura.
Controversia se mantiene
A pesar de la ausencia de una lista oficial y exhaustiva de los funcionarios designados, la controversia se mantiene en un plano central para la sociedad civil y los organismos internacionales. El rápido escrutinio al que está sometido Asfura se entrelaza con expectativas elevadas respecto a su agenda económica y social.
Las decisiones adoptadas en materia de nombramientos serán un termómetro del compromiso con la renovación institucional y la respuesta a retos históricos como la corrupción, la inseguridad y la pobreza.
La discusión en el Congreso, especialmente con el impulso de proyectos de ley orientados a prohibir el nepotismo, aparece como un espacio determinante para establecer si el gobierno de Asfura avanzará hacia un modelo de meritocracia y transparencia, o si persistirán patrones de influencia familiar que han caracterizado la gestión pública en Honduras.