Los atentados contra Hitler que intentaron cambiar la historia: bombas fuera de tiempo y francotiradores fallidos

El líder nazi sufrió 44 ataques contra su vida. El Führer atribuyó siempre un carácter divino a su simple y terrenal buena fortuna. Un mensaje del destino que así consagraba su misión de salvar a Alemania. Detalles de la Operación Valquiria, el último intento terminar con él

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Hitler rodeado de sus más estrechos colaboradores antes del comienzo de la SEgunda Guerra Mundial
Hitler rodeado de sus más estrechos colaboradores antes del comienzo de la SEgunda Guerra Mundial

Era un blanco móvil. Y lo sabía. Vivía bajo custodia constante y nunca repetía una rutina: llegaba a cualquier sitio más tarde de lo previsto, se iba antes de lo calculado, proyectaba largos discursos que duraban tres minutos, llegaba de manera imprevista a una inspección militar o anulaba las que estaban programadas; rehuía cenas de cualquier tipo, o sí se sentaba a la mesa, rodeado de militares fieles y de sus guardias de la SS, que llevaban la mano en la culata de sus pistolas Luger: era imposible acercarse a Adolfo Hitler y pegarle un tiro durante su ascenso y permanencia en el poder y aun cuando la guerra llevaba impresa en su curso la catástrofe alemana. Había otras chances: explosivos, veneno, francotiradores, pero eran todas nulas.

La historia registra cuarenta y cuatro atentados contra la vida de Hitler, en sus distintas etapas: conspiración, planeamiento, ejecución a medias o frustrada, intentos chapuceros o imposibles de llevar adelante. De todos, sólo tres pusieron en real peligro su vida. Y Hitler tuvo suerte. Mucha. Una de las bombas que debió matarlo fue desplazada a último momento de sus pies y colocada, estaba en un portafolio, del otro lado de una gruesa pata de madera de la mesa donde la jerarquía militar nazi seguía los avatares de una guerra encaminada a la derrota. En otro atentado, Hitler se fue antes de que estallara una bomba colocada a sus espaldas. En el tercero, el mecanismo de detonación de un explosivo que viajaba en el avión personal del Führer se congeló en pleno vuelo y adiós explosión.

El resto de los atentados podrían integrar una antología del disparate o una recopilación de esos anhelos que se confunden con la realidad y caen en el fracaso. Hitler atribuyó siempre un carácter divino a su simple y terrenal buena fortuna; un mensaje del destino que así consagraba su misión de salvar a Alemania. No era tonto. Sabía que no bastaba sólo con el destino y vivió en alerta constante. Al final, Hitler decidió cómo y cuándo morir y lo hizo por propia mano y por vía doble: cianuro en la boca y balazo en la sien.

El primer atentado

El primero de los golpes de suerte que salvaron la vida de Hitler está ligado a sus orígenes como agitador en Múnich. La noche del célebre intento nazi de golpe de Estado, que nació, se forjó y estalló en la cervecería Bürgerbräukeller el 8 de noviembre de 1923, Hitler entró al salón en compañía de dos guardaespaldas, los tres con sus pistolas que apuntaban al techo; Hitler disparó un balazo al cielorraso con su Browning y anunció que el gobierno bávaro quedaba disuelto, que nacía otro presidido por él y con Erich von Ludendorff al frente del ejército. No fue así. Los golpistas fueron incapaces de tomar edificios del gobierno y de controlar los cuarteles: ni el ejército ni la policía se habían unido a ellos. Hitler propuso salir a la calle, a tomar el poder por asalto, y estalló entonces un violento enfrentamiento entre complotados y las fuerzas policiales. Cuando los balazos cesaron habían muerto catorce conspiradores y cuatro policías. Entre los muertos figuraba uno de los jefes del golpe, Erwin Scheubner-Richter; la bala que lo mató y que pudo haber cambiado el curso de la historia, iba dirigida a Hitler, pero pasó treinta centímetros a su derecha. En el tiroteo quedó herido en la ingle Herman Göring, brazo derecho del jefe nazi. Su recuperación lo convirtió en un adicto a la morfina, que sólo abandonó ya preso de los aliados, en mayo de 1945 y antes de ser condenado a la horca en Núremberg, sentencia que eludió con una pastilla de cianuro.

Tropas en las calles durante el fallido intento de golpe de Hitler en 1923 (Three Lions/Getty Images)
Tropas en las calles durante el fallido intento de golpe de Hitler en 1923 (Three Lions/Getty Images)

Dieciséis años después de aquella noche, Hitler, Alemania y el mundo eran otros. Hacía seis años que el líder nazi se había convertido en canciller y hombre fuerte del Reich; la Segunda Guerra Mundial había estallado dos meses antes y el Führer tenía ya desplegados sus planes para apoderarse del oeste de Europa, en especial de la de la odiada Francia y de la orgullosa Gran Bretaña.

El 8 de noviembre de 1939, Hitler y las cúpulas militar y civil del nazismo, volvieron a la vieja cervecería Bürgerbräukeller para celebrar un nuevo aniversario del golpe fracasado de 1923, pero que pese a todo había marcado un antes y un después en su ascenso al poder. Ya había generales, viejos mariscales del Ejército Imperial, que querían asesinar a Hitler, un tipo que en materia de ciencia militar no había pasado de cabo austríaco: así lo llamaba Winston Churchill en su correspondencia con el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt.

El alto mando militar alemán quería deshacerse del Führer precisamente por su idea de extender la guerra a las grandes capitales del oeste europeo. Tres días antes de la celebración en la Bürgerbräukeller, el jefe del ejército, general Walther von Brauchitsch reveló a Hitler que los preparativos para marchar hacia Bélgica primero y hacia Franca después, no estaban tan adelantados como Hitler pensaba, que temía una catástrofe y que, además, en esa época el mal tiempo en Francia era uno de los secretos de guerra mejor guardados por el enemigo. Hitler estalló de furia, dijo que mal tiempo habría también para los franceses y acusó al ejército de no querer presentar batalla. La avanzada se suspendió por mal tiempo.

Los planes militares para derrocar a Hitler o asesinarlo también se suspendieron. Pero no por mal tiempo, sino por el recelo del Alto Mando alemán: los generales tuvieron miedo. Temieron que Hitler conociera ya los planes en su contra; pensaron que la Gestapo podía arrestarlos a todos, torturarlos y ejecutarlos. También dudaron porque sabían que el ejército estaba dividido. Si bien algunos jefes del Alto Mando conspiraban contra Hitler, otros lo respaldaban. Y casi la totalidad de los oficiales jóvenes apoyaban al Führer junto a miles de soldados que veían, o creían ver en aquella guerra inicial, el renacer de Alemania.

La explosión en la cervecería de la que Hitler salió sin rasguños (Grosby)
La explosión en la cervecería de la que Hitler salió sin rasguños (Grosby)

La fallida Operación Valquiria

Hitler tenía que saber que parte de sus generales conspiraban. El almirante Wilhelm Canaris, jefe de la marina y del contraespionaje militar, había rechazado furioso cualquier idea que contemplara el derrocamiento de Hitler o su asesinato. Su lealtad lo obligaba a informar al canciller del Reich de esos planes. ¿Lo había hecho? Los conspiradores suponían que sí, de allí sus temores. La idea de asesinarlo durante uno de los almuerzos de camaradería en los días previos al acto en la legendaria cervecería, quedó en la nada. Cinco años después, Canaris sería uno de los cabecillas de la fracasada “Operación Valquiria”, el complot que llevó al coronel Klaus von Stauffenberg a poner una bomba en la mesa de guerra del refugio de Hitler: lo ahorcaron en 1945.

Sobre las ocho y media de la noche de aquel 8 de noviembre, en la Bürgerbräukeller iluminada y con la guerra mundial en marcha, Hitler recordó viejos tiempos, viejas glorias, aquel antiguo fracaso muniqués que le había abierto el camino al poder; se enfrascó en un discurso vehemente bajo el mismo cielo raso al que había disparado con su Browning y con la espalda vecina a una de las columnas del local. Cada año hacía lo mismo en una ceremonia que incluía una posterior charla casi ritual con la vieja guardia nazi y que duraba siempre hasta las diez y media de la noche. A su lado celebraron sus palabras Göring, Joseph Goebbels, su jefe de propaganda, Hans Frank que ya era gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis, y Joachim von Ribbentrop, flamante ministro de Asuntos Exteriores del Reich, que tres meses antes, con la guerra en ciernes, había firmado un pacto de no agresión con Viacheslav Molotov, canciller de la URSS de José Stalin.

Hitler habló y, contra la costumbre, dejó de lado la charla ritual con sus fieles y se fue enseguida junto con los suyos; todos abordaron un tren que los pondría en Berlín, quinientos kilómetros después: la guerra los urgía.

Diez minutos después de la partida de Hitler, a las nueve y veinte de la noche, la columna frente a la que el Führer había hablado en la Bürgerbräukeller, estalló, cayó y derrumbó con ella parte del techo del local: nadie de la cúpula nazi, de haber estado allí, podría haber sobrevivido ni al estallido de la bomba, ni al escándalo de los escombros. Entre las ruinas de la cervecería había ocho muertos y sesenta y tres heridos. Hitler se enteró del atentado en el tren que lo llevaba a Berlín y pensó, y lo dijo, “La Providencia me salvó”. No era verdad, había sido pura suerte.

La bomba la había colocado, con una paciencia y un talento de hormiga, George Elser, un carpintero de treinta y seis años, afiliado al Partido Comunista alemán, harto de los nazis, sin demasiada conciencia política pero con la certeza de que la eliminación de Hitler evitaría el desangrado de Alemania. Había robado los explosivos de una cantera en la que trabajaba, tenía experiencia en mecanismos de relojería porque había trabajado en una fábrica de relojes en la ciudad de Constanza, llegó a esconderse treinta noches en el interior de la Bürgerbräukeller, salía en la madrugada sin ser visto, hasta fabricar la cavidad donde esconder el explosivo y había puesto en marcha el mecanismo de activación la noche antes a la visita de Hitler.

La bomba en la cervecería de Múnich la había colocado, con una paciencia y un talento de hormiga, George Elser, un carpintero de treinta y seis años, afiliado al Partido Comunista alemán(Grosby)
La bomba en la cervecería de Múnich la había colocado, con una paciencia y un talento de hormiga, George Elser, un carpintero de treinta y seis años, afiliado al Partido Comunista alemán(Grosby)

El carpintero que atentó contra Hitler

Lo pescaron por casualidad, cuando intentaba cruzar a Suiza sin papeles y por el paso de Constanza. Recién horas después, cuando el atentado contra Hitler era noticia en toda Alemania, la policía relacionó a Elser con el ataque: en los bolsillos tenía una postal de la cervecería con una cruz roja sobre una de sus columnas. Lo torturaron con particular ferocidad entre el 12 y el 13 de noviembre para que confesara lo que no era verdad: que era parte de un complot de los enemigos del Reich. Elser confesó todo, menos lo del complot, que ni siquiera pudo inventar. Lo enviaron al campo de concentración de Sachsenhausen. Era un prisionero especial: cuando la Alemania victoriosa reinara en Europa y en buena parte del mundo, Elser sería exhibido como lo que no era: una pieza ínfima en un complot mundial gigantesco de los enemigos del Reich.

Cuando la derrota nazi era inminente, en abril de 1945, Hitler ordenó que aquellos “presos especiales” fueran todos ejecutados. Elser y el almirante Canaris, aquel jefe del contraespionaje que se había negado a derrocar a Hitler en 1939, fueron matados el mismo día, el 9 de abril, en el campo de Dachau. A Canaris lo ahorcaron. A Elser le dieron un balazo en la nuca.

A Hitler no le faltaba razón en lo del complot internacional. No había una fuerza multinacional que quisiera matarlo, pero Gran Bretaña trazó varios planes para eliminarlo. Todos disparatados e imposibles de cumplir, pero ideales para mantener activos a los servicios secretos y a sus agentes. Londres pensó, primero, en usar francotiradores para asesinar a Hitler en un acto público. Era una misión suicida e imposible, pero iluminada por el éxito de dos agentes checos entrenados por los británicos, que en 1942 habían asesinado en Praga al delfín de Hitler, Reinhard Heydrich. El espionaje inglés también pensó en matar a Hitler colocando veneno en el té que el Führer bebía con rutinaria frugalidad en las tardes y en el famoso Nido del Águila, la fortaleza instalada en Berchtesgaden, la cumbre de los Alpes Bávaros. Para lograr tamaño propósito, había que colocar un agente británico, o uno alemán al servicio de los británicos, en la intimidad del refugio del Führer donde cada servidor era un miembro activo y fanático de las SS, un nazi convencido y un “ario puro”, según las leyes raciales del Reich. Pero el plan fue elaborado y hasta ensayado en la comodidad de las cuevas británicas del MI5, y forma parte de los atentados que fueron sólo proyectados contra Hitler.

Unidos contra Hitler

La idea de eliminar al líder alemán se hizo carne a partir de enero de 1943, cuando la decisiva batalla de Stalingrado dio vuelta el curso de la guerra, el poderoso ejército alemán del mariscal Friedrich von Paulus cayó en manos soviéticas y el Ejército Rojo inició su avance hacia el sur, hacia Alemania, que le llevaría en dos años a las puertas de Berlín. El año antes a esa batalla decisiva, uno de los grandes enemigos de Hitler había retornado a sus planes de asesinato. Era el general Henning von Tresckow, un prusiano de larga tradición militar, hijo de uno de los generales del káiser Guillermo, fundador del Imperio Alemán. Los nazis lo habían tenido como simpatizante inicial del movimiento por su oposición al Tratado de Versalles. Pero Tresckow había condenado el asesinato de los camisas pardas de junio de 1934 en la Noche de los Cuchillos Largos.

La batalla de Stalingrado que volcó la Segunda Guerra Mundial a favor de los Aliados contra el nazismo
La batalla de Stalingrado que volcó la Segunda Guerra Mundial a favor de los Aliados contra el nazismo

Alejado de Hitler desde 1938 trató desde entonces de reunir a civiles y militares opositores al nazismo. Durante la guerra sirvió en la Polonia invadida y ocupada por la Wehrmacht e intervino en la ocupación de Francia en 1940. Entre 1941 y 1943 fue jefe de operaciones del Mariscal de Campo Günther von Kluge, que era su tío, en el Grupo de Ejércitos Centro en la Unión Soviética. Allí supo, y fue testigo acaso, de los masivos asesinatos de judíos, mujeres y chicos incluidos, a manos de los Einsatzgruppen y de las fuerzas de la Wehrmacht. Supo entonces, o intuyó, o decidió, que aquella guerra no era la guerra de las academias, y que aquel régimen llevaba al desastre. Mucho de los atentados urdidos contra Hitler llevaron el trazo firme de von Tresckow, que logró llevar a su lado en el frente oriental a dos militares ligados a su conjura: Fabian von Schlabendorff y Rudolph-Christoph Freiherr von Gersdoff, que era archicrítico de Hitler. Dos años después, tras el último intento frustrado de matar a Hitler, la Gestapo describiría a Tresckow como el “espíritu diabólico” de los círculos golpistas. Tenía razón la Gestapo. Klaus von Stauffenberg, el joven coronel lisiado que colocaría la bomba en el la “Guarida del Lobo, el refugio de Hitler en la antigua Prusia oriental, hoy Polonia, llamaba a Tresckow “mi maestro”.

A finales de 1942, Tresckow presionó para que Hitler fuese asesinado lo antes posible. Estaba convencido de que no podía esperar un golpe de estado por parte de la cúpula militar. “Todo lo que van a hacer es seguir órdenes”, llegó a decir a los suyos. Se puso al frente de la conspiración y reservó para sí la tarea de la “ignición”, el encendido de la llama, que no era otra cosa que el asesinato de Hitler, la eliminación de la cúpula nazi y la toma del poder. En el verano del 42, él y Gersdoff se habían armado de explosivos ingleses, destinados a la resistencia francesa y capturado por los nazis, y de un pequeño artilugio, también inglés, del tamaño de un libro normal y corriente, fácil de transportar y de ocultar: era una mina magnética.

Era difícil acercarse a Hitler para matarlo. En febrero de 1943, los generales Hubert Lanz y Hans Speidel acordaron detener al Führer en su visita al cuartel general del Grupo de Ejército B, con asiento en Poltawa, Ucrania. Pero Hitler llegó el 17 al frente ucraniano en Zaporozhye, y no al de Poltawa, donde lo esperaban para matarlo. Para entonces, su guardia personal se había reforzado, se desplazaba rodeado de guardaespaldas de las SS y su auto lo manejaba siempre su fidelísimo chofer, Erich Kempka. Uno de los ayudantes de Hitler había comentado a Tresckow y a Gersdoff que el Führer llevaba puestos un chaleco y un sombrero antibalas.

Un mes después, el 13 de marzo, los conspiradores decidieron atacar a Hitler durante su visita al cuartel general de la Wehrmacht en Smolensk, territorio soviético. El encargado de disparar a quemarropa contra el Führer era el teniente coronel Georg Freiherr von Boeselager, Cruz de Hierro con hojas de roble, él y un grupo de tiradores iban a atentar contra Hitler durante el corto trayecto que separaba el coche de la puerta de entrada del cuartel general. Pero los tiradores, que habían infiltrado el cordón de seguridad, no lo hicieron. O temieron asesinar a los altos oficiales que rodeaban a Hitler, o el Führer caminó muy rápido el corto trayecto, o no se atrevieron. Tresckow entonces decidió en ese mismo momento regresar al plan original de acabar con Hitler con una bomba.

Durante la comida que siguió al frustrado atentado en Smolensk, comida que no hubiera existido con Hitler muerto, Tresckow pidió al teniente coronel Heinz Brandt, que viajaba en el avión de Hitler, que en el viaje de regreso llevase un paquete de su parte al coronel Hellmuth Stieff, del alto mando del ejército. Tresckow dijo a Brandt que había perdido una apuesta con Stieff y que allí le enviaba lo apostado: dos botellas de coñac envueltas con primor. Era la mina magnética que Tresckow tenía preparada para Hitler.

Henning von Tresckow, un prusiano de larga tradición militar. Los nazis lo habían tenido como simpatizante inicial del movimiento por su oposición al Tratado de Versalles. Pero Tresckow había condenado el asesinato de los camisas pardas de junio de 1934 en la Noche de los Cuchillos Largos
Henning von Tresckow, un prusiano de larga tradición militar. Los nazis lo habían tenido como simpatizante inicial del movimiento por su oposición al Tratado de Versalles. Pero Tresckow había condenado el asesinato de los camisas pardas de junio de 1934 en la Noche de los Cuchillos Largos

La bomba que nunca explotó

Fue Schlabendorff quien llevó el paquete al aeropuerto, minutos antes de que el Junker de Hitler despegara rumbo a Minsk. Antes de ponerlo en manos de Brandt, Schlabendorff accionó el mecanismo de ignición de la bomba que debía estallar a los treinta minutos y provocaría la muerte de Hitler y de todo su séquito, incluido el bien dispuesto Brandt, que no sabía nada de la bomba. Pero el avión aterrizó en Minsk sin novedad e intacto. El explosivo no había estallado. Por qué, era un misterio. Los conspiradores pensaron que la temperatura bajo cero en el exterior del Junker había perjudicado, alterado o congelado los mecanismos que debieron hacer que el artefacto estallara. Hitler se había salvado una vez más.

Ahora, los complotados tenían otra misión: rescatar la bomba. Tresckow llamó a Brandt para decirle que había habido un error y que no entregara el paquete al coronel Stieff. Al día siguiente, Schlabendorff voló al alto mando en Minsk, con dos auténticas botellas de coñac, rescató la bomba y en privado y a riesgo de su vida, con una cuchilla desactivó la bomba. Entonces fue Gersdorff quien dijo que estaba dispuesto a inmolarse para matar a Hitler.

Los conspiradores eligieron el 21 de marzo de 1943, en Berlín. Ese día, Hitler visitaría una exposición de material de guerra capturado a los soviéticos, exhibido en el patio con techo de cristal del antiguo arsenal Unter den Linden. Los conspiradores cronometraron minuto a minuto cada paso a dar por Hitler y concluyeron que la única oportunidad que Gersdorff tendría de estar cerca de Hitler para accionar el mecanismo de la bomba, sería durante su visita a la muestra de material de guerra y no en las ceremonias previas y posteriores a esa visita. Cuando Gersdorff alzó el brazo derecho en el saludo nazi para dar la bienvenida a Hitler, también accionó con la mano izquierda el mecanismo detonante de la bomba, colocada en el trayecto que debía recorrer el Führer y lista para estallar en treinta minutos: en menos de media hora, todo habría terminado. Pero ese año, Hitler recorrió la exposición casi sin mirarla, sin detenerse un instante, sin pasar casi por todo el material soviético expuesto como botín de guerra: al cabo de unos pocos minutos, se había marchado con toda su comitiva y Gersdorff tuvo que ingeniárselas para desarmar el detonante en un baño cercano.

En la primavera de 1944, Klaus von Stauffenberg, ya en el equipo de conspiradores de Tresckow, sondeó a varios militares para volcarlos a la decisión de asesinar a Hitler. Entre ellos al coronel Stieff, aquel que iba a recibir las falsas botellas de coñac, que rechazó integrarse a los complotados. También lo rechazó el coronel Joaquim Meichssner, del estado mayor operativo de la Wehrmacht. Pero sí aceptó el capitán Alex Freiherr von dem Bussche, otro militar condecorado con la Cruz de Hierro. Bussche estuvo dispuesto a suicidarse haciendo estallar una granada al lado de Hitler, mientras, en diciembre de 1943, el Führer visitaba una exposición de uniformes. Pero el atentado tuvo que cancelarse porque el tren que llevaba los uniformes a la expo fue destruido por un ataque aéreo aliado. Después, en enero de 1944, Bussche fue herido en el frente ruso, perdió una pierna y quedó fuera del complot para asesinar a Hitler. Un nuevo intento criminal, encarado ahora por el teniente Ewald Heinrich von Kleist, fue planificado cuando se programó para nueva fecha la famosa exposición de uniformes, pero también fue luego cancelada.

Klaus von Stauffenberg uno de los protagonistas de la Operación Valquiria
Klaus von Stauffenberg uno de los protagonistas de la Operación Valquiria

En marzo de 1944, Eberhardt von Breitenbuch. Ayudante del mariscal de campo Ernst Busch, jefe de los Ejércitos del Centro se ofreció para matar a Hitler de un tiro en la cabeza durante una sesión informativa en Berchtesgdaden. Se presentó a la reunión con su pistola Browning en bolsillo del pantalón y lista para disparar en cuanto su dueño tuviese acceso a Hitler. Peo ese día, el protocolo impidió la entrada de los ayudantes a la reunión informativa. Stauffenberg, recién ascendido a coronel, se convenció entonces de dos cosas: el avance del Ejército Rojo, el desembarco aliado en Normandía y la derrota inevitable hacían más imperioso que nunca asesinar a Hitler. Lo segundo: él debía ser el asesino.

Así nació la “Operación Valquiria”, el último gran intento de asesinar a Hitler. También falló. El 20 de julio de 1944, von Stauffenberg se presentó en la “Guarida del Lobo”, el cuartel general de Hitler en Prusia, porque los mandos iban a analizar allí la marcha de la guerra. Von Stauffenberg, que tenía treinta y seis años, había perdido el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la izquierda en combate, volaría de inmediato a Berlín luego de que la bomba que llevaba encima estallara en el búnker de Hitler; una vez en la capital del Reich, se pondría al frente del golpe y del nuevo gobierno. Había explicado su decisión en un breve escrito: “Ya es hora de que se haga algo. Pero el hombre que tiene el valor de hacer algo debe hacerlo sabiendo que pasará a la historia alemana como un traidor. Aunque si no lo hace, será un traidor a su propia conciencia”.

Aterrizó en Rastenburg con su ayudante, el teniente Werner von Haeften, a las diez y cuarto de la mañana del 20 de julio. Enseguida lo llevaron a la Guarida del Lobo, a sólo seis kilómetros de la pista de aterrizaje. A las once y media, oyó un informe del mariscal Wilhelm Keitel, jefe del ejército y, a la espera del encuentro con Hitler, preguntó dónde podía hallar un baño para refrescarse un poco y cambiarse la camisa. Era un pedido lógico: hacía mucho calor y el coronel llegaba de un largo viaje. Camino al baño, y en un pasillo, se reencontró con Haeften, que traía los explosivos en un maletín. Eran dos artefactos potentísimos que pesaban un kilo cada uno y al que debían serle conectados los detonadores. Los conspiradores conectaron la primera bomba pero no pudieron hacerlo con la segunda porque los llamaron de urgencia al salón principal: Hitler estaba por llegar. Con la segunda bomba sin armar, la suerte volvía a jugar a favor de Hitler.

Al entrar al salón principal, Stauffenberg se encontró frente a un gran plano del frente oriental extendido sobre una enorme mesa sostenida por gruesas patas de roble. La reunión ya había empezado, Hitler, que escuchaba al comandante general Arnold Heusinger ni reparó en el joven coronel lisiado que se sentó muy cerca de él. Stauffenberg había pedido estar cerca de Hitler: sus heridas, dijo, también le habían disminuido la audición. No era verdad. La cercanía le garantizaba colocar su maletín explosivo a los pies de Hitler. Eso hizo: lo apoyó en la parte externa de la enorme pata de roble de la mesa de exposiciones, y pidió permiso para irse. A nadie le extrañó. Era normal que en esos días los militares jefes entraran y salieran de las reuniones informativas, o que les llamaran por teléfono, o para llamar ellos por teléfono al frente de guerra o a Berlín. Stauffenberg salió para escapar, para regresar al aeropuerto y volar a Berlín para encabezar el golpe.

Frente a la mesa, Hitler trataba de descifrar un mapa de reconocimiento aéreo. No era el único. También quería descifrarlo el coronel Heinz Brandt, aquel que en febrero de 1943 había aceptado llevar en el avión del Führer un paquete con dos supuestas botellas de coñac, sin saber que era una bomba destinada a estallar en vuelo. Brandt se acercó a Hitler, tropezó con algo, el maletín de von Stauffenberg, lo tomó y lo colocó del otro lado de la gran pata de roble de la mesa. Así salvó la vida de Hitler.

Hitler se salvó de la bomba que explotó en su búnker en uno de los últimos atentados en su contra
Hitler se salvó de la bomba que explotó en su búnker en uno de los últimos atentados en su contra

La bomba estalló a las doce y cuarenta y dos.

Von Stauffenberg y su ayudante la oyeron desde el edificio de los ayudantes de la Wehrmacht, donde trataban de hallar el auto que debía llevarlos al aeropuerto. Los dos estaban convencidos de que en aquel salón nadie había quedado con vida. A la una menos cuarto, veloces pero no tanto como para despertar sospechas llegaron al aeropuerto, donde ya había sonado la alarma. Pero el oficial de caballería Leonhard von Möllen que conocía a Stauffenberg, no sospechó del joven oficial y lo dejó pasar. A la una y cuarto, el avión con los conspiradores enfiló su nariz hacia la capital del Reich.

Más intentos para matar al Führer

En el búnker de Hitler, donde había veinticuatro personas, la escena era demencial. La explosión había derribado a todos, a muchos los había hecho volar; otros tenían el pelo o la ropa en llamas; once oficiales habían sufrido heridas graves; el estenógrafo Heinrich Berger, que había recibido el impacto de lleno, tenía las piernas destrozadas y murió poco después; el coronel Brandt perdió una pierna y murió al día siguiente; también murió, atravesado por una astilla, el general Günther Korten, jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe; el comandante general Rudolf Schmundt, ayudante de la Wehrmacht de Hitler, había perdido un ojo y una pierna, tenía la cara quemada y murió una semana después. Los únicos que no recibieron el impacto directo fueron Hitler y Keitel.

“¡Mi Führer! ¡Está usted vivo!, gritó el mariscal Keitel, que sería colgado en 1946 en Núremberg y corrió entre lágrimas a abrazar a Hitler que sólo tenía heridas superficiales, pero estaba maltrecho: caminó hacia la puerta a tropezones y entre los escombros, con los pantalones negros del uniforme hechos jirones y chamuscados; el brazo derecho estaba hinchado y le dolía, apenas podía levantarlo; el brazo izquierdo mostraba rasguños y contusiones; las piernas, llenas de astillas de madera y cristal, tenían quemaduras y ampollas; tenía un corte en la frente. Con paso vacilante dejó el salón y regresó a su búnker personal mientras llamaban de urgencia a su médico principal, el doctor Theodor Morell. Cuando el sirviente de Hitler, Heinz Linge, entró al dormitorio, lo encontró tranquilo pero muy asustado. Hitler lo miró y con una tiste sonrisa le dijo: “Alguien ha querido matarme, Linge”. Esa misma tarde, recibió a líder fascista italiano Benito Mussolini, le hizo una visita guiada por el sitio del atentado y le hizo la misma pueril reflexión: “Han intentado matarme”.

El atentado y el golpe habían fracasado. Von Stauffenberg y parte de los complotados fueron fusilados en Berlín esa misma noche. Al resto les esperaba la tortura y el ahorcamiento, muchos de ellos con lazos colgados de ganchos de carnicería, como reses, y ahorcados con cuerdas de piano que prolongaban la terrible agonía. Todo fue filmado y fotografiado. Al día siguiente, 21 de julio, más recuperado Hitler sintetizó el drama: “Una exigua camarilla de oficiales ambiciosos, desaprensivos y al mismo tiempo criminales y estúpidos, ha forjado una conjura para eliminarme y para erradicar también conmigo a casi toda la jefatura de las fuerzas armadas alemanas”.

Cinco meses más tarde, en diciembre de 1944, con la suerte de la guerra ya echada en su contra, hizo más clara sus intenciones. Dijo algo tremendo a Nicolás von Below, su ayudante en la Lutwaffe, la fuerza aérea nazi: “No capitularemos. Jamás. Podemos caer. Pero arrastraremos un mundo con nosotros”.

Así fue. La tarde del 30 de abril de 1945, con los rusos a pocas cuadras de la cancillería del Reich, en la profundidad de su búnker al que había entrado en enero para no salir ya más, Hitler se encerró en su dormitorio con su amante, Eva Braun, convertida el día anterior en su flamante esposa. Ella mordió una cápsula de cianuro. Él hizo lo mismo y se disparó en la sien con su pistola Browning.

La función había terminado.