
Oscar Wilde siempre incomodó a los poderes de turno de su época. Este escritor nació el 16 de octubre de 1854 en dublín, Irlanda. Fue hijo de dos personajes de la sociedad irlandesa, un cirujano oftalmológico y una poetisa. Desde chico estudió en colegios selectos después de haber sido educado en casa durante nueve años. Tenía una inteligencia notable y una especial facilidad para el francés y el alemán. En 1871 ingresó al Trinity College de su ciudad, donde estudió a los clásicos durante tres años y publicó sus primeros poemas. Una beca de noventa y cinco libras anuales le permitió entrar a los 20 años, en 1874, en el Magdalen College, de Oxford.
En esas épocas de estudio, Wilde formaba parte de la corriente del esteticismo. Había recibido influencias de los escritores John Ruskin y Walter Pater que impulsaban la importancia del arte en la vida. A aquel Wilde joven era un tipo de un humor ácido, corrosivo y exagerado siempre a flor de piel, con un ojo siempre alerta para detectar y describir luego los sucesos y los personajes del colegio, y defendía a su vez al arte por el arte mismo.
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Wilde desdeñaba de los deportes llamados “masculinos”, lo que no estaba bien visto en Oxford. Era un remero mediocre, cosa que Oxford tampoco veía con buenos ojos. Total, que sus compañeros lo sumergieron varias veces en las aguas heladas del río Cherwell y le destrozaron varias veces su cuarto, sus objetos de arte, sus lilas, sus plumas y su porcelana erótica.
Sus sombreros con plumas y sus pieles en un mundo en el que los hombres no las lucían, sus péndolas desafiantes, su sonrisa socarrona e incluso su homosexualidad que no era en absoluto desconocida y apenas proclamada, le fueron toleradas hasta con indulgente simpatía ante el éxito de sus obras. Los dibujos paródicos colocaban a Wilde en la categoría que la época definía como “desviado”, para no nombrar las cosas por su nombre.
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En mayo de 1884 se casó con Constance Lloyd, hija de Horace Lloyd, un consejero de la reina. Tuvieron dos hijos, Cyril, que nació en junio de 1885 y Vyvyan, que nació en noviembre del año siguiente. A partir del nacimiento del segundo hijo, Wilde frecuentó cada vez más las aventuras homosexuales hasta que, en el otoño de 1891 uno de sus amigos llegó a su casa, para tomar el té, junto con lord Alfred Douglas, de 21 años. Fue amor a primera vista.
Pero ese imperio hedónico cayó de un día para el otro por el peso de la homofobia y la rigidez moral de la época, empujado por la soberbia de Wilde. Se creyó invulnerable, había perdido escala de su tiempo y la caída fue abrupta y profunda.
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Wilde se sintió fascinado por la belleza del muchacho, a quien empezó a llamar “Bosie”, algo así como muchacho en francés. Lord Alfred, que quería ser escritor y admiraba a Wilde, también se supo fascinado por lo que había despertado en su ídolo.
Los dos empezaron a vivir una apasionada historia de amor, con la incredulidad que Wilde aplicaba a sus grandes metas y con la confianza que le daban la fama, el prestigio y la popularidad. Un poco de discreción, tal vez, no hubiese estado mal.
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El papá de lord Alfred era el marqués de Queensberry, un aristócrata preocupado en implementar las reglas del boxeo, hay gente para todo, y que intentó por todos los medios a su alcance, y tenía muchos, cortar la relación. Por ejemplo, amenazaba a los dueños de los restaurantes que recibían a la pareja con arruinarlos, o con partirles la cabeza. En febrero de 1895 intentó boicotear en el teatro St James, el estreno de La importancia de llamarse Ernesto: Wilde tuvo que entrar por la puerta trasera porque la entrada estaba cercada por la policía, movida por la mano experta del marqués.

Cuando el hombre llegó no tuvo problemas en atravesar la multitud de curiosos. Era conocido y decidido. Todos supusieron que era uno de los invitados al estreno. Cuando logró que la atención se centrara sobre él, el hombre, John Sholto Douglas, el Noveno Marqués de Queensberry, a viva voz dijo que venía a dejar un regalo para el autor. Los presentes se sorprendieron cuando vieron que dejaba en la puerta del teatro un ramo enorme de zanahorias y nabos dispuestos como si fueran flores.
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El Marqués de Queensberry deseaba hundirlo. Iba detrás de él por toda la ciudad. El Marqués era un hombre mayor y arrogante cuyo legado a la posteridad fue el de reunir las doce reglas del boxeo. El boxeo moderno le debe su ordenamiento a él. También era una figura prominente en el Londres de fines del Siglo XIX. Tenía tres hijos y el menor le daba dolores de cabeza. Alfred Douglas mantenía una relación con Oscar Wilde. Bosie tenía 25 años y Oscar 41.
En esos primeros meses de 1895, Wilde tenía en cartel las dos obras teatrales más exitosas de Londres. Se paseaba por cafés, restaurantes y salones con desparpajo, deslumbrando con su ingenio, tratando siempre de llamar la atención.
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Alguna vez le preguntaron cuántos amigos tenía porque siempre se lo veía rodeado de mucha gente: “No tengo amigos; tengo amantes”, respondió. Buscaba escandalizar, divertirse, reírse de las rígidas costumbres.
Wilde se hartó de la persecución y de la insolencia del marqués y, acicateado por Alfred, que vio la oportunidad de sacudirle una buena a su padre, lo denunció por calumnias.
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Durante el juicio, el abogado del Marqués de Queensberry empezó a enumerar a cada uno de los amantes que Wilde había frecuentado en los últimos años. Él negaba pero los nombres se seguían acumulando. Luego llegaron los testimonios que probaban que Oscar había dado regalos y dinero a varios de ellos y que hasta había sido extorsionado por varios para mantener el silencio.
La prensa había cambiado su parecer respecto a Wilde de manera rotunda: “Ostentaba desde hacía años el récord de ridiculez en el mundillo literario de Londres. Era un fraude que supo crear cierto revuelo en su entorno”. Lo que antes era sofisticado y gracioso como por un pase de magia mutó en ruin y ridículo.
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Wilde terminó condenado por “sodomía, grave indecencia y ultraje a la moral”. Dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading. La condena fue de una dureza inesperada y puso un toque de tragedia a lo que, hasta entonces, había sido un juicio con ribetes graciosos, amables, casi de tertulia de las cinco de la tarde, todo siempre favorecido por la ironía, las frases lapidarias, satíricas, cáusticas del acusador que terminó acusado y condenado, que había convertido la sala del tribunal en el escenario de una de sus comedias.
El escándalo y la cárcel destruyeron a Wilde. Su esposa Constance se separó del escritor, cambió su apellido por el de Holland, e hizo lo mismo con el de sus hijos, para evitarles el escándalo. No permitió que el padre volviera a verlos, le obligó a renunciar a la patria potestad, nunca se divorció y aceptó la pensión que sí le pasó Wilde durante algunos años.

Antes de ser recluido en la cárcel, un amigo de Wilde,se ofreció trasladarlo a Francia para escapar de las rejas y para vivir en un país donde la orientación sexual no era delito. Pero Wilde no quiso marcharse. Aceptó su destino con una súbita condición de mártir.
El hombre que pocas semanas atrás era el dueño de Londres, el que había llegado a la sala de audiencias emperifollado como para una fiesta se subía a un tren esposado, con el traje rayado de preso, despeinado y tratando de esquivar a golpes de cintura los escupitajos y objetos que le lanzaban los ciudadanos en el andén. “Tanto si era inocente como si era culpable de las acusaciones que se le formularon, no cabe la menor duda de que cumplió un papel de chivo expiatorio. Su mayor crimen fue el de haber provocado un escándalo en Inglaterra”, escribió James Joyce sobre el destino de Wilde
Tras las rejas escribió dos obras, La Balada de la cárcel de Reading y De Profundis, una larga carta de amor a Douglas que es a la vez, catarsis, admisión de yerros, exhibición de frustraciones y un canto arrepentido a una vida que había de cambiar para siempre. Salió de prisión en 1897. Pasó apenas unas horas en Londres y se exilió en Francia. Lo que quedaba de Wilde se instaló en París. Se convirtió en un paria enfermo y alcohólico. Lo derrumbó la meningitis, probablemente ocasionada por una infección crónica del oído. Murió el 30 de noviembre de 1900, a las 13.50. El 3 de diciembre lo enterraron en Pere-Lacheise. “Estoy muriendo por encima de mis posibilidades”, le dijo a su médico antes de cerrar los ojos para siempre.
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