
Lo cuenta ahora, 40 años exactos después, y parece como si esa mujer que es hoy estuviera observando desde afuera a la niña que fue. “Yo tenía 5 años. Me acuerdo que me vestía, salía a la puerta de la casa a la que me llevaron, me sentaba en el muro y me quedaba a esperar a que mi mamá volviera. Con el tiempo dejé de recordar su cara, sólo tenía flashes, así que a veces pasaban las vecinas y yo les preguntaba: ¿Vos sos mi mamá?”.
Esta es la historia de Jeanet Suárez, una niña que, tras la denuncia de un vecino, terminó primero lejos de su propia madre y luego, lentamente, también de su padre. Hay negligencias, desprotección y abandonos en su biografía, aún así ahora dice a Infobae: “Es una historia muy linda, aunque muchos no la vean así”.
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Una niña

Jeanet tenía 3 años cuando la llevaron, junto a su hermana de 5, a la casa de un matrimonio completamente desconocido. Es uruguaya y el Instituto del Niño y Adolescente de su país (INAU) así lo había decidido. Jeanet no se llamaba Jeanet pero eso lo supo muchos años después, cuando empezó a escarbar en su propia historia.
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El matrimonio era mayor, incluso tenían nietas de su edad, y la pequeña Jeanet empezó a llamarlos “tíos”. “No era técnicamente un Hogar para niños separados de sus padres, era una familia normal que se dedicaba a criar chiquilines en situaciones como la mía. Era un trabajo, les pagaban, cuando llegué había otros niños, yo era la más chiquita”, cuenta desde Oporto, Portugal, donde ahora vive.
La pareja la inscribió en el jardín de infantes y empezó a criarla como a una hija más. “Pero yo aparentemente creí que era una casa provisoria porque todos los días, a las 5 de la tarde, me bañaba, me vestía y me quedaba en el muro esperando a que mi mamá o mi papá fueran a buscarme. Se ve que nunca vinieron y un día me resigné”.
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Tenía 5 años cuando entró a un colegio de monjas. “Entendí que esa era mi vida, que tenía que salir adelante. Dejé de esperarlos, supongo que ya me sentía querida”, sigue ella. “En mi nueva casa me cuidaban mucho, iba al colegio, tenía a mi hermana y vivía con otros tres hermanos de crianza…tenía una familia”.
Su papá biológico era policía. “Me acuerdo que fue a verme por primera vez cuando yo tenía 6 o 7 años, fueron un par de encuentros nomás. Llegaba vestido con el uniforme y nos traía caramelos”, cuenta con la mirada clavada en una pared de la peluquería en la que trabaja, como si lo estuviera viendo entrar.
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“Hasta que el juez le cortó las visitas”, interrumpe. “¿Por qué? Él tenía autorización para vernos, entonces las autoridades pautaban un día y una hora de visita, la señora que me crio nos preparaba y nos llevaba, pero papá no aparecía”.
Jeanet creció junto a esa familia, fue al colegio, le festejaron el cumpleaños de 15, veraneaban en una casa que tenían en la playa, tuvo amigas y amigos que lo siguen siendo, aquellas nietas del matrimonio hoy son como hermanas.
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“Cuando era adolescente a veces me enojaba si me rezongaban y les decía algo horrible: ‘Ustedes no me pueden decir nada porque no son mis padres’. Pero ahora no pienso así: sé que nos cuidaron mucho, en todos los sentidos posibles”.
Fue cuando cumplió los 15 que Jeanet quiso revolver el pasado para entender qué había pasado. “Fui a buscar mi expediente y así me enteré. Mi mamá tenía 19 años y cinco hijos, vivíamos todos en una pensión, yo estaba desnutrida, por eso un vecino había hecho la denuncia”.
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El Estado había tomado intervención. “La entrevistaron tres veces, nos hicieron dibujar, y decidieron que ya no podíamos vivir con ella. No estaba apta para criarnos, casi no podía alimentarnos”.

En su partida de nacimiento Jeanet leyó el nombre de su mamá biológica: Mabel Aguerre. Supo que había sido empleada doméstica, la buscó en la guía -era el comienzo de la década del 90- pero no la encontró. Se animó a ir al Registro Civil recién dos años después y nada: “Parecía que no había existido”.
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Tampoco es que la buscó desaforadamente. “Siempre iba para adelante y para atrás, que sí que la busco, y después pasaban dos o tres años que no quería saber nada”, cuenta. “Supongo que tenía miedo de que ella me rechazara, si ya me había dejado…. me decía ‘no, no voy a caer en esto’”.
La familia que la crio la había llamado Jeanet porque ese fue el nombre que les habían dado “pero cuando apareció mi partida de nacimiento me enteré de que mi nombre era María Lourdes, nada que ver”, sigue.
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Jeanet decidió conservar el nombre con el que la había criado: así la conocían todos, así había obtenido su título secundario, esa era su identidad. María Lourdes era, para ella, nadie.
Un padre
Se puso en pareja a los 21 años, tuvo primero a su hija, después fue mamá del varón. Estudió peluquería, se separó y cuando ya había cumplido los 40 se le dio por buscar a su papá, de quien sólo conservaba aquella imagen: un hombre joven con uniforme de policía y caramelos en un puño.
Para ese entonces en Uruguay existía algo llamado “Plan Ceibal”, un programa que buscaba la inclusión digital y, entre otras cosas, entregaba computadoras portátiles a jubilados. Jeanet nunca había olvidado el nombre que había leído en su partida de nacimiento: Juan Pedro Suárez.
Abrió Facebook y lo escribió, como ya lo había hecho muchas otras veces. La diferencia fue que al hombre le habían entregado una computadora y le habían abierto una cuenta en esa red social. De foto de perfil Juan Pedro Suárez había puesto, precisamente, una de su juventud, con uniforme de policía.

“Igual que como yo lo recordaba”, dice Jeanet, y se emociona.
Tenía claro que su padre “se había mandado un montón de cagadas. Había pasado 35 años sin saber nada de mí porque no quiso, porque yo siempre viví en la misma casa. Pero yo quería conocerlo, no me interesaba juzgarlo, yo no iba a vivir con ese odio”.
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Jeanet se dio cuenta de que su padre había tenido más hijos - “vi entre sus contactos a una muchacha que era yo casi, era igual a mí”, se ríe-, y fue a ella a quien le escribió contándole sus dudas. “Disculpá, no lo tomes a mal, quizás me equivoque o quizás no, pero bueno, quería consultarte si sabés si tu padre tuvo una hija hace 40 años llamada María Lourdes”.
La hija de Juan Pedro no salió espantada, tampoco pensó que era una estafadora o algo por el estilo. “Me respondió ‘mirá, todo puede ser’”, sigue. Es que la hija sabía la historia: sabía que su papá había tenido otras dos mujeres y al menos cuatro hijos a los que no había vuelto a ver.

Jeanet fue a conocerlos durante la Semana Santa de 2019. “Tenía unos nervios…una felicidad que nunca había sentido. Toda la vida buscando una familia y la había encontrado”, cuenta. El hombre vivía en el campo, en Artigas.
“Mi papá enseguida empezó a decirme ‘mirá que yo no te abandoné’, ‘mirá que yo no quise’, ‘te tengo que contar’, ‘a mí nadie me avisó que se las llevaban’, y yo le dije ‘tranquilo, yo no vine a juzgarte, yo te quería ver, vos me recibiste y para mí eso es suficiente”.
De esa noche Jeanet tiene otro recuerdo que la hace llorar, esta vez, sonoro. “Me prepararon un cuarto para que yo durmiera con mis hijos. Desde ahí lo escuchaba roncar”. Era el ronquido de su papá, la forma en la que ella hubiera deseado tener a su familia.

“Mucha gente me cuestionó. ‘¿Cómo podés perdonarlo? ¿para qué lo vas a conocer?’. Y yo creo que todos tuvimos una historia difícil. Él me contó la suya, y fue muy dura también. No tuvo papá y a los 8 años ya estaba trabajando en el campo”.
Fue él quien le contó algo más sobre su madre biológica: “Me dijo ‘con la vida que llevaba tu madre, no sé si estará viva...’. Yo creo que hablaba de prostitución, porque cuando se conocieron él trabajaba en el cuartel de Policía y era común que entraran y salieran chicas de esa edad, menores, algo que hoy estaría muy mal visto”.
Es por la suma de todo esto que Jeanet está convencida: “Cuando era chica pensaba ‘ojalá pudiera estar con mi mamá y mi papá, aunque viviera en un rancho’. Me fustró ese abandono, yo anhelaba estar con ellos y lo anhelé siempre, incluso de grande, si cuando nació mi hija yo estaba internada y lo único que quería era que estuviera mi mamá”, reconoce.

“Pero con el tiempo dejé de pensar eso. Yo tuve un hogar, fui a la escuela, aprendí a defenderme sola, crie a mis hijos, volví a casarme, armé mi propia familia, emigré, armé mi propio proyecto de vida”, se despide.
“Es probable que si yo me hubiera quedado con mi mamá hubiera sufrido abusos, hambre, maltrato o que hubiera terminado en la calle. Yo no tuve a mi familia real pero tuve a una familia que me cuidó. Por eso digo que la mía es una historia linda, aunque muchos no puedan verlo”.
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