La familia perfecta, según sus vecinos de Beverly Hills: José Menéndez, su esposa Marie Louise “Kitty” Anderson y sus hijos Lyle y Erik (ABC)
La familia perfecta, según sus vecinos de Beverly Hills: José Menéndez, su esposa Marie Louise “Kitty” Anderson y sus hijos Lyle y Erik (ABC)

José Menéndez –un próspero ejecutivo del entretenimiento, de 45 años- y Marie Louise " Kitty" Anderson -bella y de 47 años-, sabían perfectamente que sus hijos estaban intentando esquivar el camino que tenían pautado para ellos: estudios, esfuerzo y éxitos. Pero nunca pensaron que la cosa sería tan grave. Ni que la rabia y el odio, que iban acumulando los dos adolescentes, estaba en su punto de ebullición.

En apariencias los cuatro tenían una vida maravillosa. Una casa estilo mediterráneo de 850 metros cuadrados, en el mejor barrio de Los Ángeles, Beverly Hills, valuada en 5 millones de dólares y en la que habían vivido Elton John y Prince. Un Mercedes Benz convertible. Los mejores colegios y universidades. Profesores tiempo completo para los deportes que escogieran. Vacaciones en el extranjero. No les faltaba nada, pero Lyle y Erik no parecían conformarse.

José, que trabajaba sin descanso, tenía depositado en sus hijos las máximas esperanzas, pero poco a poco la decepción iba ganando espacios. Lyle había sido suspendido por un años en la facultad de Princeton, Nueva Jersey, por copiarse de otro alumno. Erik había tenido un par de arrestos en 1988 por robos menores, en la zona de Calabasas, California. Lo salvó la fortuna de su padre.

José y Kitty estaban empezando a creer que la buena vida los había estropeado, cuando ocurrió lo que ocurrió.

La libertad… a quemarropa

Hoy, domingo 20 de agosto de 1989, hace bastante calor y José y Kitty están agotados. Ayer tuvieron una larga y divertida jornada en familia. Salieron en el yacht alquilado, Motion Picture Marine, a pescar tiburones y volvieron esta madrugada. Quieren estar tranquilos y descansar antes de encarar la semana. Los jóvenes se acaban de ir al cine. Los padres aprovechan y se refugian en el playroom a ver televisión: La espía que me amó, de James Bond. Se llevan bowls con frutos rojos y crema y se tiran en el cómodo y gigante sofá blanco.

Minutos antes de la medianoche a José lo despertó, por un segundo, una bala que le entró por la nuca. No llegó a darse mucha cuenta. Fin.

Kitty, sí se despertó asustada por el ruido y se levantó rápido del sillón. Hacía tiempo, se sabría luego, que dormía con un rifle en su armario y con la puerta de su dormitorio bloqueaba. Pero justo hoy había bajado la guardia.

Quiso correr hacia el pasillo, pero un escopetazo le dio de lleno en la pierna. La sangre que salía a borbotones le jugó una mala pasada: patinó sobre ella y cayó al piso gimiendo. Los siguientes balazos los presiente. Ella ya sabe, que detrás de ese orificio de la escopeta Mossberg calibre 12 que la apunta, están ellos, sus propios hijos. Los que parió, los que besó cada noche. Los que malcrió y consoló con cada raspón. No tiene tiempo para suplicar, son segundos. Las balas terminan en su pecho y en su cara, borrándole todos los rasgos. Una mamá sin rostro para besar a Erik y Lyle. Una mamá sin ojos para mirarlos.

Luego, más balas que se incrustan en las rodillas de los dos. Él recibió 6 impactos, ella 10. El gigante sillón blanco, inundado de rojo. La cara alfombra persa del piso, también.

Nacidos para triunfar ¿o para matar?

Esa noche, los hermanos habían planificado sus coartadas para que todo pareciera obra de la "mafia". Volvieron antes de su tourné por las películas para llevar a cabo su siniestro plan.

Primero habían sacado entradas para ver la última de James Bond, Licencia para matar. Curioso y premonitorio título. Pero después, como les pareció muy larga, prefirieron cambiar de sala e ir a ver Batman. Más tarde, se dirigieron a Santa Mónica, a un festival de comida. Regresaron a su casa, el número 722 en la calle North Drive Elm, en Beverly Hills, antes de la medianoche.

La mansión de los Menéndez en Beverly Hills (captura)
La mansión de los Menéndez en Beverly Hills (captura)

Dijeron haber encontrado la puerta del parque abierta y la de la entrada de la enorme casona, también. Adentro, en el salón de la televisión, cerca de la mesita ratona que tenía los bowls con restos de comida, estaban los cuerpos de los padres bañados en sangre.

En la llamada al 911, a las 23.47 pm, Lyle dijo sollozante: "Alguien ha matado a mis padres". En eso no mentía.

Lyle y Erik Menéndez, tenían 21 y 18 años cuando masacraron a sus padres. Llamaron all 911 luego de la matanza, e inventaron un coartada (AP)
Lyle y Erik Menéndez, tenían 21 y 18 años cuando masacraron a sus padres. Llamaron all 911 luego de la matanza, e inventaron un coartada (AP)

Hacía un par de semanas, Kitty le había confesado a su psiquiatra que temía que sus hijos fueran unos sociópatas. Su miedo quedó justificado.

Lyle (21) y Erik (18), habían ejecutado con gélida precisión su fantasía.

Ahora eran libres para disfrutar, como les diera la gana, de 14 millones de dólares. Al menos, eso creían.

De Cuba a Estados Unidos: hacer la América

José Menéndez había llegado a los 16 años de Cuba, escapando de Fidel Castro. Se fue a vivir con unos parientes y logró una beca en la Universidad de Illinois. Sin embargo, antes de graduarse, decidió irse a vivir a Nueva York con Kitty Andersen, una chica de clase media de Chicago que trabajaba como docente. Se casaron en 1963.

Él estudiaba y trabajaba sin descanso. Inteligente y esmerado, rápidamente escaló posiciones. Cuando entró en la compañía Hertz se le abrió el mundo. Al poco tiempo, Hertz fue comprada por RCA y así fue que José terminó involucrado en el mundo del entretenimiento y la música. Llegó a vicepresidente y luego pasó a la empresa Live Entertainment. Al final de su vida, se desempeñaba en uno de los cargos más altos de la empresa Carolco Pictures. José había logrado el sueño americano: de lavacopas a millonario.

Erik había escrito para el colegio secundario una obra de teatro sobre unos padres que morían en manos de un hijo de 18 años… ¡por dinero! Lyle quedó afuera por un año de la Universidad de Princeton por plagio y se enojó cuando su padre no le dio dinero para viajar (REUTERS)
Erik había escrito para el colegio secundario una obra de teatro sobre unos padres que morían en manos de un hijo de 18 años… ¡por dinero! Lyle quedó afuera por un año de la Universidad de Princeton por plagio y se enojó cuando su padre no le dio dinero para viajar (REUTERS)

El 10 de enero de 1968, nació Lyle; el 27 de noviembre de 1970, Erik. La familia crecía y él orgulloso pretendía darle a sus hijos lo mejor. Pero también esperaba de ellos la misma entrega y el mismo esfuerzo que él había puesto en su vida. Comenzando la adolescencia, esa exigencia empezó a chocar contra la poca empatía de los hijos con sus inflexibles planes.

Lyle, el mayor de mal carácter, y Erik, el sensible de ojos claros, sólo se interesaban por llevar una vida fácil y entretenida.

El año que Lyle quedó afuera de Princeton por plagio no tuvo mejor idea que pedirle a su padre plata para irse a pasear a Europa, con su novia del momento. José se horrorizó. Le dijo que de ninguna manera. Que si se iba a pasar un año sin estudiar, debía trabajar. Lyle desobedeció: consiguió dinero y se fue igual. En 1989 volvió a Princeton, pero ese año después de los crímenes, el estudio quedaría definitivamente relegado.

Curiosamente, dos años antes de los asesinatos, Erik había escrito para el colegio secundario una obra de teatro sobre unos padres que morían en manos de un hijo de 18 años… ¡por dinero!

Las coincidencias no existen.

Compulsión por gastar

Algunas de las frases de los hermanos que recogieron los medios, por ese entonces, fueron por sí solas impactantes. "Parecían de cera. Nunca vi a mi padre así de indefenso…", dijo Lyle; "Él llegó a Estados Unidos a los 16 sin un padre. Ahora, casi a la misma edad, nosotros tampoco lo tenemos", dijo Erik. La hipocresía también los unía.

Lamentablemente, la policía no les realizó enseguida el dermotest para descubrir pólvora en sus manos. Cuando empezaron a sospechar de los hijos, ya era tarde.

Los meses siguientes a los asesinatos los hermanos entraron en un espiral de gasto desenfrenado. Gastaron un millón de dólares en menos de seis meses. Lyle se compró un reloj Rolex de 15 mil dólares, sacos de cashmere, camisas de seda, un auto Porsche carrera y hasta un restaurante, por el que pagó más de medio millón de dólares. Erik contrató un entrenador de tenis full time y se dispuso a participar en el circuito profesional de Israel.

José Menéndez y Kitty sentían que sus hijos podían martarlos: ella dormía con una escopeta al lado de la cama
José Menéndez y Kitty sentían que sus hijos podían martarlos: ella dormía con una escopeta al lado de la cama

Viajaron al Caribe y a Londres y comían en los restaurantes más caros. Dejaron la casa familiar y se fueron a vivir a dos lujosos pent-house, en Marina del Rey. La vida de derroche los expuso ante los investigadores que cada vez desconfiaban más: en la conducta de estos hijos no se traslucía ninguna tristeza.

Los parientes de José Menéndez dijeron que había escrito (lo sabían porque él se los había comentado) un testamento en su computadora. Pero antes de poder acceder a ese documento se supo que había sido borrado "por error" por Lyle. Nunca se pudo saber lo que José había escrito. Quizá sospechaba de sus hijos mucho más de lo que admitía públicamente.

Lo que daría vuelta el caso fue la propia confesión de Erik, en dos sesiones con su terapeuta, Jerome Oziel, dos meses después de los crímenes. Las pesadillas que tenía sobre la muerte de sus padres eran tan vívidas que Erik llamó a su psicólogo.

Lyle y Erik en su infancia, cuando nadie podía imaginar la tragedia
Lyle y Erik en su infancia, cuando nadie podía imaginar la tragedia

El 31 de octubre de 1989, se encontraron y fueron a caminar. Cuando volvían al consultorio, Erik se apoyó en un parquímetro público y le dijo: "Nosotros lo hicimos. Nosotros matamos a nuestros padres". Luego, dentro del consultorio, continuó detallando los hechos. Durante la charla llamó a su hermano Lyle para que fuera a la sesión.

La idea la habían tenido, relataron, una semana antes de los crímenes mientras veían un show británico de tevé dónde un hombre mataba a su padre. Erik contó que creía que su padre quería desheredarlo. Lyle aseguró que José estaba en proceso de hacer un nuevo testamento para dejarlos fuera. Para el doctor Oziel resultó claro que odiaban a su padre.

A la madre la mataron, admitieron, porque era una testigo. Erik, según la confesión, fue el primero en entrar al playroom de la casa familiar aquella noche. José, según dijo, llegó a gritar "No, no…", cuando le disparó. Lyle terminó su trabajo. La madre gemía. Tuvieron que salir a recargar las armas y volver para rematarla. A Lyle no le tembló el pulso.

Kitty con sus hijos en el documental que cuenta la vida de los despiadados hermanos
Kitty con sus hijos en el documental que cuenta la vida de los despiadados hermanos

Tuvieron una segunda sesión de terapia el 2 de noviembre. Esta vez relataron cómo se habían cambiado la ropa manchada y deshecho de las armas. Estaban convencidos, dijo Oziel, de haber llevado a cabo un crimen perfecto. Las dos sesiones habían sido grabadas por el terapeuta. Pero ese día cometieron un error fatal, amenazaron al médico.

Erik le dijo que Lyle había preguntado en voz alta: "¿Cómo matamos al Dr Oziel?". Asustado por el comentario, el psicólogo le contó todo a su novia, Judalon Smyth, quien fue derecho a la policía. Si bien la ley no dejaba exhibir los cassettes por el pacto de confidencialidad con el paciente, la justicia consideró que las amenazas al psicólogo habían roto dicho pacto: existía riesgo de vida para el terapeuta.

El Dr. Oziel contó todo y los cassettes fueron escuchados.

Pero una pregunta sería clave en el futuro: ¿por qué no hablaron con el psiquiatra, en esas sesiones, de los supuestos abusos sexuales que alegarían luego durante el juicio? En una entrevista con NBC4, en 2017, cuando lo confrontaron por esto a Lyle, se defendió diciendo que "por vergüenza… uno no habla de esas cosas tóxicas que te han pasado".

Nadie le creyó demasiado.

Juicios, dimes y diretes

Las primeras semanas, después de los homicidios, la policía se centró en gente que podría haber tenido motivos para asesinarlos. No encontraron nada. Al poco tiempo la conducta de los jóvenes Menéndez empezó a llamar la atención de todos. La policía contactó a un amigo del colegio de Erik, Craig Cignarelli, para que -con un micrófono oculto- le preguntara sobre el crimen de sus padres. Fueron a almorzar frente al mar y Cignarelli preguntó. Erik negó tener algo que ver.

Tuvo que aparecer el doctor Oziel para que ellos fueran acusados formalmente de los crímenes por el Gran Jurado de Los Ángeles. Era el 8 de diciembre de 1992.

Erik Menendez y su hermano Lyle en mayo de 1991 frente a los tribunales. Fue el momento en que la Corte de California debió decidir si las confesones hechas a su psiquiatra -y que fueron grabada- podían ser usadas como evidencia (REUTERS)
Erik Menendez y su hermano Lyle en mayo de 1991 frente a los tribunales. Fue el momento en que la Corte de California debió decidir si las confesones hechas a su psiquiatra -y que fueron grabada- podían ser usadas como evidencia (REUTERS)

Los hermanos fueron juzgados juntos, pero cada uno tenía un jurado independiente. El juicio, en 1993, fue transmitido por tevé. El país entero seguía el caso como un policial atrapante. Los Menéndez se convirtieron en celebridades: eran atractivos, educados, iban muy bien vestidos. Además, tenían una abogada defensora aguerrida que se animaba a todo: Leslie Abramson.

Se llegó a esgrimir la teoría de que los asesinatos habían sido el resultado del temor de los adolescentes a ser asesinados por sus padres, porque pensaban denunciar a José por abuso sexual. La defensora describía a José como un hombre cruel, exigente y perfeccionista; a Kitty, como una alcohólica, adicta a las drogas. Las víctimas eran malvadas; los hijos pobres inocentes. La tragicomedia televisiva estaba perfectamente montada. Nada pudo probarse.

En el primer juicio el jurado no pudo llegar a ninguna definición, pero hubo un segundo juicio menos mediático. Esta vez el juez, Stanley Weisberg, no permitió cámaras ni shows. El 2 de julio de 1996, el jurado los condenó a perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Se salvaron de la pena de muerte por un pelo.

Cárceles separadas durante veinte años

Querían ser encarcelados juntos, pero no se les permitió. En enero de 1997, Lyle se casó por correspondencia con una amiga ex modelo, Anna Erikson. No llegaron lejos porque ella lo pescó escribiéndose con otra mujer. En noviembre de 2003, a los 35 años, Lyle volvió a casarse. Esta vez con una editora de una revista que se llamaba Rebecca Sneed.

Erik, por su parte, se casó en 1997 en una ceremonia telefónica, en la prisión estatal Folsom. En junio de 1999 reincidió en el matrimonio. Esta vez con Ruth Tammi Saccoman, quien luego escribió un libro sobre la relación.

En abril de 2018, después de pedirlo muchas veces, Erik consiguió ser trasladado a la prisión de San Diego dónde estaba Lyle. Hoy los dos comparten su vida (no la celda), en el correccional R.J Donovan de San Diego.

El 2 de julio de 1996, el jurado los condenó a perpetua sin posibilidad de libertad condicional (AP)
El 2 de julio de 1996, el jurado los condenó a perpetua sin posibilidad de libertad condicional (AP)

Sus vidas han inspirado películas, documentales, capítulos de serie, programas especiales, podcasts y hasta ¡una canción de un grupo mexicano!

Los Menéndez tienen bien ganada su oscura fama.

Es escalofriante pensar que las señales estaban ahí. Solo había que verlas a tiempo. Algo que Kitty y José no pudieron. No era tarea fácil. Ningún padre, por muy preocupado que esté por la conducta de sus hijos, podría imaginar que deberá ponerse a salvo de ellos.

Lyle y Erik decidieron arrebatarle la vida a quiénes se las habían dado para poder vivir del dinero que ellos jamás supieron ganarse.

Lyle y Erik, buenmozos y educados, malcriados y exigidos, no resultaron al fin y al cabo ni tan brillantes ni tan inteligentes ni tan nada. Ya no hay para ellos cashmere ni seda, convertibles ni viajes, mansiones ni restaurantes caros. Solo mamelucos naranjas y unas enormes barras que los separan del mundo que tanto pretendían disfrutar.

Lyle y Erik fueron dos fríos asesinos, hermanados no solo por el adn que comparten, sino también por la sangre que decidieron derramar.

Su propia sangre.

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