El historiador Jorge Abelardo Ramos fue dueño de una prosa incisiva y muy amena, sostenida además por una profunda erudición
El historiador Jorge Abelardo Ramos fue dueño de una prosa incisiva y muy amena, sostenida además por una profunda erudición

Para Arturo Jauretche, el “Colorado” Ramos era “el único marxista con sentido del humor”. Y cualquiera que lo haya leído coincidirá: nada más alejado de la solemnidad o el academicismo vaciado del calor de las pasiones, las ideas y los intereses que van conformando los acontecimientos que los ensayos de este historiador singular. Es imposible aburrirse con Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1962), su obra maestra en varios tomos (3 ó 5 según la edición), muchas veces reeditada, en la que pinta cuadros animados de los avatares de nuestra historia, sin olvidar ninguna dimensión de la realidad: la economía, la política, la cultura, el clima de época.

En Ramos la crítica mordaz y la implacable ironía están siempre respaldadas por una sólida erudición, condiciones que lo convertían en un temible polemista.

Jorge Abelardo Ramos nació el 23 de enero de 1921 en el barrio porteño de Flores, y murió el 2 de octubre de 1994, en la misma ciudad que lo vio nacer. No fue sólo un intelectual sino también un militante. Tempranamente reconoció el carácter revolucionario del peronismo y adhirió críticamente a sus políticas, manteniendo siempre una autonomía orgánica.

De origen trotskista, pronto se empeñó en la creación de una “Izquierda Nacional”, partiendo de la definición de que, en los países periféricos, el nacionalismo era la fuerza revolucionaria.

Sus libros tuvieron gran influencia en los años 70 en la mirada de los jóvenes hacia la historia y en la interpretación del presente. Desde el comienzo, además, Ramos tuvo una lectura latinoamericanista de los procesos. Eso se refleja, por ejemplo, en las primeras líneas de Las masas y las lanzas (primer tomo de Revolución y contrarrevolución en la Argentina), que se reproducen a continuación:

La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó un día la mitad de América del Sur. ¿De dónde proceden nuestros límites actuales? El origen de estas fronteras ¿responde acaso a una razón histórica legítima? ¿Nos separa una barrera idiomática, cierta muralla racial evidente? ¿O es, por el contrario, el resultado de un infortunio político, de una vicisitud de las armas, de una derrota nacional? Sin duda aparece como fruto de una crisis latinoamericana, puesto que América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá.

El ímpetu continental de los revolucionarios de Mayo había nacido en límites más vastos y complejos que los que hoy nos definen como Estado. Nuestra irrupción a la vida histórica se expresa en grandes campañas que recorren la América toda. Pero el reflujo posterior disuelve la antigua unidad. Aquella grandiosa nación que midieron las espadas de Bolívar y San Martín es amputada en veinte estados. Los ejércitos de argentinos, colombianos y orientales, altoperuanos, venezolanos y chilenos que mezclados combatieron contra la reacción absolutista en América, se disociaron en dos decenas de ejércitos opuestos. Allí permanecen, montando la guardia en las fronteras de nuestra insularidad. De ese hecho nació el mito antihistórico de nacionalidades que jamás existieron en el común origen y que son el símbolo provincial de nuestra debilidad frente al imperialismo moderno. La Nación, que hasta 1810 era el conjunto de América hispana, y en cierto sentido, también España, se disgrega en una polvareda difusa de pequeños estados. Vanidosos y ciegos, se reservan la soberanía de su propia miseria. Mientras disputan con sus vecinos mezquinas lonjas territoriales, los grandes Imperios, poderosos por esta balcanización, ofrecen sus buenos oficios como árbitros de nuestras disensiones de campanario.

Su crítica a la izquierda “no nacional”

Ramos tomó distancia desde el comienzo del Partido Socialista de Juan B. Justo, al que veía liberal y europeizante, y del Partido Comunista Argentina la que calificaba directamente de stalinista. De hecho, una de sus obras más célebres -agotada- es Historia del stalinismo en la Argentina.

La aparición del peronismo dividió a la izquierda. La mayor parte de la dirigencia del PS y del PC se sumó a la Unión Democrática -junto a radicales y conservadores y con la bendición de la embajada norteamericana- aunque muchos militantes y simpatizantes de aquellas formaciones de izquierda se sumaron entusiastas al nuevo movimiento.

Jorge Abelardo Ramos fue pionero en la izquierda marxista en plantear el apoyo al Peronismo. Creó el Partido Socialista de la Revolución Nacional que aspiraba a ser el ala obrera de lo que aún calificaba como “bonapartismo”, categorización que corrigió en 1973.

El golpe de 1955, que derrocó al gobierno de Perón, proscribió al partido peronista y también al partido de Ramos...

En 1949, había escrito América Latina: un país, obra luego ampliada en los 60 con el título La Nación Latinoamericana.

Los años 70

Entrevistado en febrero de 1972 por Rodolfo Pandolfi, para la revista Confirmado, Ramos decía. “Desde mi punto de vista, América Latina es una nación no constituida. Como somos una nación fragmentada, estamos dominados por las potencias antinacionales”. “El atraso histórico -explicaba- se expresa también en la pérdida de la conciencia aguda del interés nacional, en la pérdida de la tradición histórica”.

De Perón, destacaba que había establecido “la legislación obrera más avanzada en América latina, para su tiempo” y que eso había determinado “la perdurabilidad política del peronismo”.

Criticaba a los que creían que Perón era socialista “y sobre la base de esa convicción errónea son peronistas”. Ramos, que también había tomado distancia en su momento de las concepciones guevaristas, advertía en la misma entrevista que “las utopías por más que se revistan de sonoridades epopéyicas son armas para el enemigo.”

En la contratapa de Crisis y resurrección de la literatura argentina (Ediciones Continente, 2014), puede leerse un texto de Arturo Peña Lillo que vale la pena reproducir aquí:

De Jorge Abelardo Ramos se ha dicho mucho y posiblemente se lo seguirá enjuiciando duramente. Hombre atrevido en circunstancias adversas; polemista mordaz y temido, cuyos juicios lapidarios no buscan, precisamente, la adhesión, optó, en un mundo opuesto y confundido, por descubrirle sus falacias. Su brillante pluma fue considerada por José Gobello —que algo sabe de esto— como la mejor de los argentinos contemporáneos. (Digamos nosotros como una de las mejores...) [...] Jauretche sostenía que (Ramos) era el único marxista con sentido del humor. Ramos solía observarme oblicuamente, y un odio cordial hacia mí lo embargaba cada vez que, admirado yo por las imágenes y metáforas que derrochaba en sus charlas, me sentía obligado a recordarle que había errado su destino. Él hubiera sido el novelista más brillante de Latinoamérica. García Márquez o Vargas Llosa serían admirados discípulos suyos”

Crisis y resurrección de la literatura argentina fue definido por su propio autor como un “análisis social de las letras nacionales”; allí, entre otras cosas, refuta la caracterización del Martín Fierro hecha por Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada. Una visión negativa del poema nacional que ha vuelto a ponerse de moda recientemente, lo que sin duda reactualiza también la refutación de Ramos.

En cuanto a Revolución y contrarrevolución en la Argentina, los títulos de cada tomo son un adelanto interpretativo en sí mismos y una muestra de la originalidad del autor. Este largo ensayo, publicado por primera vez en 1957 y varias veces reeditado, contiene algunos tópicos del revisionismo, como la crítica a Rivadavia y a Mitre, pero se diferencia por ejemplo en la reivindicación del Roca del 80, el de la organización nacional.

El primer tomo de Revolución… se titula Las mazas y las lanzas (1810-1862); el segundo, Del patriciado a la oligarquía (1862-1904); el tercero es La bella época (1904-1922); el cuarto, La factoría pampeana (1922-1943), y el quinto, La era del peronismo (o La era del bonapartismo, según la edición) y abarca el período de 1943 a 1976.

En Del patriciado a la oligarquía, Ramos reivindica el rol de Roca en la organización nacional
En Del patriciado a la oligarquía, Ramos reivindica el rol de Roca en la organización nacional

En sus actividades y profesiones, Ramos fue tan ecléctico como en sus temáticas: fue historiador, profesor, periodista, editor, ensayista, conferencista, y también militante y referente político, candidato a presidente y diplomático.

Juan José Hernández Arregui escribió sobre él: “Jorge Abelardo Ramos es la mejor pluma política del país. Es la inteligencia más notoria de la promoción que irrumpe en la vida política argentina en 1945. A Ramos le corresponde, sin disputa, la prioridad de una concepción histórica y política del proceso nacional que invalidó las falsificaciones de la izquierda extranjerizante y las del nacionalismo oligárquico.” (en Historia de la Nación Latinoamericana, Ediciones Continente, 2016)

Otros títulos de Ramos son Manuel Ugarte y la revolución latinoamericana (1961); El Partido Comunista en la política argentina (1962); Historia política del ejército argentino (1964), Ejército y semi-colonia (1968), El marxismo de Indias (1973); Adiós al Coronel (1983); Introducción a la América Criolla (1985).

Para finalizar, un extracto de Breve historia de las izquierdas en la Argentina, como muestra del humor del que hablaba Jauretche y también de las cualidades literarias que veía Peña Lillo en Ramos:

EL PATRICIADO SE DIVIERTE: 1910

Al festejarse el primer siglo de nuestra independencia, las bombas de los anarquistas no lograron empañar la solemnidad del acontecimiento patriótico. La infanta Isabel, tía de Alfonso XIII de España, se exhibió en los saraos del Centenario y recibió las aclamaciones de los 700.000 españoles radicados. Tan sólo unos pocos centenares de ellos participaron en la organización de las huelgas; y un puñado quizás en la química de explosivos. El patriciado estaba satisfecho de sí mismo y del precio internacional de los vacunos. El humo de las guerras civiles se había disipado hacía treinta años. Sus propios actores estaban reconciliados: cerriles porteños y prominentes provincianos se unieron para fundar el poder político de una sólida oligarquía. El general Roca, que al frente de cuarenta mil soldados criollos había federalizado en 1880 la capital porteña no era recibido en los salones de los porteños linajudos. Pero un año después de concluir su primer gobierno era aclamado por la Banca Baring en Londres, en un banquete célebre.

Un lujo asiático, aparecido ya en la década del 90, rodeaba la existencia de los ganaderos, comerciantes y banqueros de la ciudad de Buenos Aires. La euforia del Centenario contagió el espíritu de los poetas. Ruben Darìo escribió su Canto a la Argentina y Leopoldo Lugones proclamó sus Odas seculares.

Darío rendía así tributo a la ayuda que los Mitre le otorgaban desde “La Nación”. Trágico había sido el sino del artista: cantó en su juventud a Francisco de Morazán, unificador de Centroamérica y a Mitre, el localista porteño, en la edad de la razón. Lugones, a su vez, había condenado la injusticia social en los versos esmaltados de su adolescencia anarquista. En 1910 elevaba a la dignidad poética a toros y vaquillonas. Su tributo lírico se llamó Oda a los ganados y las mieses. Pero ni siquiera los poetas cortesanos eran escuchados en la orgía de oro. Prevalecía aún en la ciudad mercantil y cosmopolita la amarga verdad de Miguel Cané: “Publicar un libro en Buenos Aires es como recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio.”

La Grande Argentina se regodeaba en la contemplación de sí misma. Relucía en los ferrocarriles triunfantes, los nuevos Bancos, las avenidas creadas por Don Torcuato, las pampas ubérrimas y las chacras gringas que derramaban sobre el puerto de Rosario el trigo áureo. Ya no había lanzas, ni degüellos, ni patriadas, ni proclamas. La edad heroica quedaba atrás, diríase que para siempre. Habíala reemplazado la religión de la prosperidad en esa tierra afortunada por el “humus” pampeano. Las familias de mayor arraigo perdían la vieja austeridad española de sus mayores. La rápida asimilación de la clase ganadera con la burguesía comercial, y de ambas con el Imperio británico, no sólo modificaba los gustos sencillos de la sociedad aldeana, sino que la soldaba políticamente a las categorías europeas. El patriciado será desdeñoso entonces con el peón criollo como con el “gringo” labrador, artesano u obrero. Su patriotismo heredado asumirá la forma decadente de un “nacionalismo social” perfectamente compatible con la admiración que en él despertaba el gentleman de los intereses británicos, introductor del fútbol, el criquet, el bridge, el golf y el polo. [...]

La contramedalla de ese período dorado se encontraba en los suburbios retratados por otro poeta, que no era cortesano y que murió tísico en 1912. Evaristo Carriego, nieto de un federal entrerriano, describirá los conventillos, las costureras, el nacimiento de las “clases bajas”, el mundo sórdido de los guapos y cuchilleros de comité, la clientela de hospital, los trabajadores- criollos y gringos- sin apellido resonante. Al comenzar los festejos del Centenario, había dos mil obreros presos. La policía del coronel Falcón había disparado sobre la multitud de trabajadores en el 1º de mayo anterior. Las huelgas generales se extendían. Los choques con las fuerzas militares se vuelven frecuentes. La oligarquía estremecida, forma bandas armadas de “jóvenes patriotas” que colaboran con los crumiros patronales y las fuerzas del orden en aplastar a los “extranjeros”, “ácratas” y “elementos disolventes”.

[...] … el Ingeniero Bialet Massé daba a conocer su “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República”, a solicitud del gobierno de Roca. En dicho trabajo minucioso podía leerse sobre las jornadas de los peones: “…aunque se dice que se hace de sol a sol es falso, porque se aprovecha la luna, el alba o después de la puesta de sol para alargar la jornada…” Añadía que en los ingenios azucareros del Norte los niños de ocho y diez años de edad trabajaban hasta doce horas diarias con un salario de seis pesos mensuales. Cuando Bialet Massé visitó una fábrica en Rosario observó que los niños- obreros “estaban anémicos, flacos, con todos los síntomas de la sobrefatiga y de la respiración incompleta.” Al concluir su estudio observa: “Renuncio a traer a este Informe los numerosos cuadros de miseria que he visto en los conventillos y fuera de ellos”.

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