Tras 24 horas de viaje desde México, niñas, niños y adolescentes migrantes no acompañados llegaron a Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango, un albergue temporal donde recibieron comida, atención básica y la confirmación de que estaban en un lugar seguro mientras se concretaba la reunificación familiar.
El centro atendió en 2025 a 389 niñas, niños y adolescentes, en su mayoría de entre 13 y 17 años, según los testimonios y datos del personal del albergue incluidos en el texto publicado por la Secretaria de Bienestar Social en Guatemala.
El relato continua, Rosana Hidalgo, trabajadora social de Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango, explicó que muchos adolescentes llegaron con miedo y pensaron que serían sancionados o que estaban entrando a una prisión. Por ello, la primera intervención consistió en aclarar que se trataba de un espacio de resguardo temporal.
PUBLICIDAD
La situación física con la que retornaron también mostró el desgaste del trayecto. La médica del albergue, Ana Mazariegos, indicó que muchos casos presentaron cuadros severos de deshidratación, dolor corporal, agotamiento extremo y largas horas sin descanso, después de días de caminata o de tránsito constante.
El viaje dejó secuelas físicas y emocionales
El impacto no fue solo corporal. Hidalgo señaló que los adolescentes llegaron tristes, frustrados y con sensación de derrota, mientras que el psicólogo Roberto Álvarez agregó que, en muchos casos, cargaban además con la presión de las deudas que sus familias habían asumido para financiar el viaje.
Ese cuadro hizo que la atención no se limitara a ofrecer alimento y descanso. Hidalgo precisó que una parte central del proceso fue escucharlos, porque muchos lloraron al no saber qué hacer tras el retorno, reporta la SBS.
PUBLICIDAD
La primera respuesta fue protección temporal
Al llegar al albergue, el personal los recibió por su nombre y los condujo al comedor, donde se les ofreció un platillo guatemalteco y se les informó que ya estaban en su país. Esa rutina de ingreso buscó reducir la incertidumbre de quienes sí encontraron familiares al bajar del bus y de quienes no vieron a nadie conocido.
La función del albergue, según el personal citado, consistió en brindar atención integral mientras se organizaba el contacto con la familia. El objetivo fue que el regreso ocurriera hacia un entorno seguro y que cada caso tuviera seguimiento a través de las sedes departamentales.
El reencuentro familiar marcó el momento clave
Uno de los episodios más delicados ocurrió cuando el equipo logró restablecer la comunicación con los familiares. Jenni Lemus, jefa del Departamento de Niñez y Adolescencia Migrante No Acompañada, relató que algunos padres respondieron con frases como: “Yo no sabía que mi hijo estaba vivo”.
PUBLICIDAD
La información del albergue muestra qué se encontró en estos retornos: adolescentes que viajaron para buscar trabajo o reencontrarse con familiares, que regresaron con afectación física y emocional, y que necesitaron un espacio de resguardo antes de volver con su familia. La atención incluyó alimentación, atención médica, descanso y acompañamiento emocional especializado.
Muchos adolescentes viajaron para buscar ingresos
El caso de David, citado en el texto fuente, resumió una motivación frecuente entre los retornados: la intención de ganar dólares para ayudar a su familia y construir un mejor futuro. Su relato también describió las condiciones del trayecto, con falta de comida y una alimentación reducida a golosinas y agua.
María de la Paz López, encargada de Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango, definió el papel del centro como el de una “mano amiga” y una “cara amiga” del país para quienes regresan. En el caso de David, tras la experiencia vivida, expresó que quería volver a ver a su familia y continuar sus estudios en Guatemala.
PUBLICIDAD