Hacia fines de la segunda década del siglo veinte, la estadounidense Dorothy Parker escribió un divertido relato sobre el teléfono, que no hacía mucho se había inventado. Cualquiera que lea hoy "Una llamada telefónica" con su smartphone en la mano podrá comprobar la vigencia que ese texto sigue teniendo, cómo la persona enamorada (y lo que define ese vocablo dios lo sabrá) mira el teléfono y espera que suene y del otro lado hable esa persona y no otra. Ignoro si Dorothy Parker, una mujer de armas tomar, elaboró ese relato en base a una experiencia personal, si hizo diván con eso o le tomó el pelo a alguna amante obsesiva de la alta sociedad. Para cualquier lector esa particularidad no importa tanto como la de que él mismo haya tenido o no una experiencia similar: la de la espera. O que sin haberla tenido (cosa rara) sea capaz de sentirla a través del relato y empatice por un momento con la tragicomedia de su protagonista.
En esa encrucijada se inscribe para mí el proceso de escritura. Una zona de intersección de conjuntos, para el propio escritor –un ser fragmentado que va uniendo sus pedazos con letra- y para el intercambio que se da o se puede dar entre el texto y el lector. En general, escribo novelas y relatos con la vida que vivo y con la que observo. Digamos que he estado algunas veces esperando que el teléfono suene y otras decidiendo si llamo o no.
La catarsis de Dorothy
La medida de lo autobiográfico que pueda haber en mi escritura no la conozco bien ni me preocupa; la mediación de las palabras cambia cualquier suceso y lo convierte en otro, y además al cabo de un tiempo los escritores somos seres tan de papel como lo que escribimos.
Mi novela Rojo (1997) fue escrita en primera persona con un narrador masculino. Trataba sobre una partida de "canasta", un juego al que fui aficionada un tiempo, pero coloqué el asunto en un ambiente casi gansteril y psicopático, juntando a cinco hombres y un gato en un departamento. Las emociones que puse ahí y los tecnicismos del juego los tomé de mi experiencia. Pasaron años en los que no escribí ficción hasta que en 2009 llegó Hispania Help. Incluso para mí es una novela difícil de clasificar, con bastante metaliteratura y una protagonista vulnerable y jodida. Hasta ahora fue lo que escribí con más adrenalina y donde cierto humor sarcástico se nota más. Retomé ese tono en Iris Play (2016). Antes publiqué la novela Irreversible (2010), una historia propia contada en tercera persona con la subjetiva del personaje masculino. El francés Michel Butor con La modificación (1957) me ayudó (porque contra lo que se piensa los escritores nos ayudamos, sobre todo involuntariamente). Hay historias personales y ajenas en los relatos de Caja negra (2014), y las hay en lo que estoy escribiendo ahora. A veces pasa que la gente teme que un escritor cuente su vida o la vida compartida y no consideran dos cosas: que a la larga la vida propia es poco más que un relato, y que la escritura tiene o debe tener una vida propia.
No tengo claro que la escritura salve ni que debamos ser salvados. Tampoco que sea algo ineludible a lo que estemos atados de por vida los escritores. Puede que sí o que no. En el mejor de los casos sirve para ir andando; puede ser un espejo, una muleta, un cómplice o un enemigo. Trato de divertirme en el proceso, como Dorothy con su llamada telefónica, pero sé que el precio de la diversión de escribir siempre es alto y suele esconder dolor.
Por ahora pago con entusiasmo, pero nunca sé cuántas monedas quedan.