Él nunca dejó su barrio de Parque Chacabuco, ella jamás posó de diva. Se dice que hasta la incomodaban los elogios a su belleza, que era única e indiscutida. Ambos fueron humildes y austeros y los unía una misma pasión por la justicia social, una misma preocupación y afecto por los desfavorecidos. La opción política los llevó a integrar la comitiva que acompañó a Juan Domingo Perón en su regreso a la Argentina en 1972.
Chunchuna: orígenes patricios, compromiso social y belleza sin artificios
En paralelo con el momento más fulgurante de su carrera en las pasarelas y en la publicidad, Chunchuna, cuya familia tenía orígenes patricios, eligió expresarse a través del trabajo social junto al padre Carlos Mugica en la Villa 31. Al mismo tiempo, terminaba su carrera de Arquitectura.
De su primer matrimonio en la década del 60 con el cantante Horacio Molina, nacieron sus dos talentosas e inteligentes hijas, Juana e Inés. Como ella, naturales y sencillas, sin artificios, directas.
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Por ese entonces, ella y Molina eran habitués de un café frente al Parque rivadavia donde alternaban con gente de extracción social alta entre los que había varios jugadores de béisbol; una rareza en Argentina. En esa mesa, a Chunchuna se la escuchaba defender a Perón con firmeza en ese ámbito más bien hostil.
De esas tertulias, alguien recuerda que Villafañe, que ya hacía prácticas como estudiante de arquitectura, decía que le encantaba el aire húmedo y fresco y el olor a asado que salía de las obras en construcción.
En su madurez, que coincidió con el regreso a la Argentina luego de varios años de exilio durante el Proceso —mientras estaba en pareja con el cineasta Pino Solanas—, Chunchuna Villafañe iba por la vida a cara lavada; su expresivo y armónico rostro no necesitaba aditamentos. En consonancia con eso, se sumó a la lista de actrices que envejecen naturalmente, algo que en su medio requiere valentía y carácter.
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Fueron los años en los que más incursionó en la actuación, a partir de su muy recordada participación en La Historia oficial, pero también en un capítulo de Mujeres asesinas y otras participaciones en cine y TV, incluso como conductora de un programa (Estilo Chunchuna). También fue el tiempo en el que más desarrolló su vocación inicial por la arquitectura y la decoración, incluso se dio espacio para un amor otoñal con un marchand, Adolfo Chango Lavarello, que duró hasta el fallecimiento de él, en 2010.
Los años le jugaron una mala pasada y en los últimos tiempos, en palabras de su hija Juana, “su yo”, su personalidad, “se desdibujó un poco”. Aseguró sin embargo en lo que era un saludo por el Día de la Madre en el año 2023: “El impacto de su influencia no mengua”.
Sanfilippo: resistencia, honestidad brutal y la vida de barrio hasta el final
José Sanfilippo fue uno de esos personajes que trascendieron la cancha y se volvieron relato. Si su vida fuera una película el material más potente no está sólo en los datos estadísticos sino en las escenas.
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La primera pertenece a la literatura. El escritor Osvaldo Soriano llevó a Sanfilippo al supermercado Carrefour de avenida La Plata, construido sobre los terrenos del Viejo Gasómetro. Allí ocurrió una de las imágenes más recordadas de la literatura futbolera argentina. Soriano la contó en una carta a Eduardo Galeano, luego publicada en El fútbol a sol y sombra.
“Pensar que acá se la clavé de sobrepique a Roma, en aquel partido contra Boca” le dijo el goleador al escritor.
Escribe Soriano: “Se cruza delante de una gorda que arrastra un carrito lleno de latas, bifes y verduras y dice: ‘Fue el gol más rápido de la historia’. Concentrado, como esperando un córner, me cuenta: ‘Le dije al cinco, que debutaba: ni bien empiece el partido, me mandás un pelotazo al área. No te calentés que no te voy a hacer quedar mal. Yo era mayor y el chico (Capdevilla se llamaba) se asustó, pensó: ‘A ver si no cumplo’. Y ahí nomás Sanfilippo me señala la pila de frascos de mayonesa y grita: ‘¡Acá la puso!’. La gente nos mira, azorada. ‘La pelota me cayó atrás de los centrales, atropellé pero se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz, ¿ve? -me señala el estante de abajo, y de golpe corre como un conejo a pesar del traje azul y los zapatos lustrados-. La dejé picar y ¡pum!’”
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Al terminar la representación, “los clientes y las cajeras se rompen las manos de tanto aplaudir”. Y remata con una frase memorable: “El Nene Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo pudiera verlo”.
Los números ayudan a entender por qué Soriano lo veía como un héroe de infancia. Sanfilippo fue uno de los máximos goleadores de la historia del fútbol argentino. Marcó 344 goles en 484 partidos oficiales durante su carrera profesional. Es el máximo goleador histórico de San Lorenzo de Almagro, con 207 goles en 265 encuentros. Fue goleador del campeonato argentino en cuatro temporadas consecutivas, una marca excepcional para su época.
Con la selección argentina integró el recordado equipo de los “Carasucias”, fue campeón del Campeonato Sudamericano de 1957 y disputó los Mundiales de la FIFA Suecia 1958 y Chile 1962. Le decían El Nene, un apodo que terminó eclipsando incluso su nombre.
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La segunda escena ocurre el 7 de septiembre de 1993. Argentina acababa de sufrir el 0-5 frente a Colombia en el Monumental, una de las derrotas más traumáticas de su historia. La clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994 dependía de jugar un repechaje. Diego Maradona todavía estaba afuera de la Selección y el país buscaba responsables.
En el estudio de Tiempo Nuevo, el programa de Bernardo Neustadt era el ágora política de los noventa. Ahí estaban sentados Sergio Goycochea, José Sanfilippo, Norberto Alonso, Hugo Gatti, Carlos Enrique y Adolfo Pedernera. Ninguno sabía que esa noche se iba a inventar el reality show como género.
Sanfilippo lanzó una crítica feroz mirando a los ojos al arquero que había sido el héroe de Italia 90: “Usted, pibe, recibió en los dos partidos contra Colombia cuatro goles en el mismo lugar. Las jugadas fueron sobre la izquierda, amague a la izquierda, corte hacia adentro y le metieron las cuatro pelotas en el mismo palo. Ellos siempre le amagaron y usted se comió todos los amagues”.
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La frase quedó para la posteridad en un latigazo mucho más corto: “Te comiste todos los amagues, nene”. Goyco cerraba el puño y quedaba en silencio. Una especie de trompada contenida. En Argentina aún no habían nacido los “mediáticos”, pero El Nene lo estaba inventando a fuerza de una sinceridad incómoda.
Carlos Bilardo, que estaba mirando el programa desde su casa, manejó hasta el estudio e irrumpió en vivo para defender a su arquero. Fue uno de los primeros grandes momentos de confrontación televisiva espontánea. “No estoy de acuerdo con Sanfilippo. ¿Qué le tiene que dar consejos a Goycoechea?”, tiró Bilardo. Sanfilippo fue capaz de decir en televisión lo mismo que podía decir en un café.
Su vida estuvo atravesada por la política. Su identificación con el peronismo venía de sus orígenes populares. “Yo tenía 10 años, era 1945, recién asomaba el peronismo. Pero me acuerdo que le agarré dos tapas de olla a mi vieja y con los pibes del barrio, en Parque Chacabuco, para jorobar un poco, salimos a gritar ¡Viva Perón! Uno o dos años después, mi papá -que había sido simpatizante radical- nos llevó a mi hermano y a mí a la Avenida 9 de Julio. Recuerdo un palco enorme y a mi viejo que nos dejó en un lugar seguro y nos dijo que no nos moviéramos. Y él hizo distintas colas para retirar un juguete, una sidra y un pan dulce. Nos quedamos toda la tarde. Fue la primera vez que en mi casa tomamos una sidra. Y nos hicimos peronistas. Nosotros éramos de una familia muy humilde, cuatro hermanos. El único que laburaba era mi viejo que mantenía la familia, trabajaba de motorman de tranvía y ómnibus”.
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Sanfilippo tuvo su primer contacto personal con Perón en 1951, cuando el entonces presidente recibió en la Casa Rosada a participantes de los Campeonatos Evita. “Yo me afilié después al peronismo, fui amigo de dirigentes de la UOM como Lorenzo Miguel y Rucci, los dos fans de San Lorenzo. Y cuando Perón estuvo exiliado en Madrid, lo fui a visitar a Puerta de Hierro cada vez que viajaba con algún equipo de fútbol”.
Y, aunque no se jactaba de ello, en los años duros de la proscripción del peronismo, frecuentaba la casa del dirigente sindical gráfico Donato Torrone en Parque Chacabuco donde, junto con Armando Cavalieri, Spinelli y Juan Minichillo, recibían instrucciones para la resistencia. De esos años, se lo recuerda saludando a todos los vecinos, llevando a los chicos a la cancha, y pellizcándole una oreja a uno, diciendo: “Usté cuando sea grande tiene que cuidar a su madre y ser peronista”.
Ya estrella de su club, se prestaba frecuentemente a jugar amistosos en la Medalla MIlagrosa, la iglesia cuya inmensa silueta se percibe desde todo el Parque Chacabuco.
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Después de San Lorenzo, Sanfilippo inició una nueva etapa. En 1963 pasó a Boca, donde llegó a la final de la Copa Libertadores, aunque el equipo cayó ante el Santos de Pelé. Jugó en Nacional de Uruguay y más tarde vistió la camiseta de Banfield durante dos temporadas.
En 1972 regresó a San Lorenzo para escribir el último capítulo. Jugó ocho partidos en el Torneo Metropolitano y convirtió ocho goles. Ese mismo año, el 17 de noviembre, integró la tripulación que escoltó a Juan Domingo Perón en su regreso a la Argentina tras 17 años de exilio y proscripción.
Almas gemelas
Mientras que con demasiada frecuencia la militancia de hoy va asociada a la obtención de privilegios, en los 50, 60 y 70 se vivía peligrosamente y el compromiso o la toma de posición de entonces podía acarrear grandes contratiempos e incluso pérdida de libertad y hasta de la vida.
Integrante del Seleccionado Nacional en dos ocasiones y máximo goleador de San Lorenzo, él; glamorosa y exitosa modelo, hermosa e inteligente actriz, ella; ninguno de los dos temió las consecuencias de expresarse con honestidad ni buscó acomodarse al aire del momento.
Pese a haber alcanzado la cima en sus respectivas actividades nunca se la creyeron ni olvidaron el camino recorrido. Con estilos muy diferentes —famoso por su fogosidad, Sanfilippo, Chunchuna más discreta y tranquila pero no menos firme— ambos fueron emergentes de un tiempo de hombres y mujeres para admirar.
En definitiva, como dijo el joven pensador Ricardo Mario Romano, “Sanfilippo y Chunchuna, una mística común subyacente, de un sentido sofisticadamente popular, clásico y trascendentemente argentino”.