¿Hay que ir a vivir a Finlandia para ser feliz?

El último Informe Mundial sobre la Felicidad de la Universidad de Oxford vuelve a colocar a ese país en la cima del ranking. La clave no está en idealizar un lugar, sino en aprender de ellos y adaptar esas enseñanzas a nuestra propia idiosincrasia, forma de vida y pensamiento personal

Por noveno año consecutivo, Finlandia encabeza el ranking de paises más felices de la Universidad de Oxford (Foto: Helsinki. Fuente: Freepik)

Hace apenas unos días se dio a conocer el último Informe Mundial sobre la Felicidad, un reporte publicado anualmente por el Centro de Investigación del Bienestar de la Universidad de Oxford, junto a la consultora Gallup y con el respaldo de las Naciones Unidas. Este informe evalúa el nivel de felicidad de los países a través de encuestas poblacionales que consideran una serie de indicadores clave: ingresos, apoyo social, salud, libertad, generosidad y ausencia de corrupción. El dato más destacado de esta edición fue que Finlandia fue elegido nuevamente como el país más feliz del mundo, marcando su noveno año consecutivo en la cima del ranking.

Hablar de felicidad muchas veces puede parecer una aspiración demasiado elevada, casi inalcanzable. Por eso, personalmente prefiero enfocarme en el concepto de bien-estar, que resulta más tangible y alcanzable en nuestra vida cotidiana. En este contexto, considerando que por cuestiones familiares tengo una conexión cercana con Finlandia, me parece interesante reflexionar sobre cómo los aprendizajes de este país —que año tras año lidera el ranking mundial de felicidad— pueden ser aplicados no solo a la realidad de América Latina, sino también a la forma de vida individual de cada uno de nosotros.

En una ocasión, un paciente me respondió que, para él, la felicidad era como la “acupuntura”, haciendo referencia a lo ligera y efímera que puede ser esa sensación. Esto contrasta con la era de las redes sociales, donde nos quieren convencer de que con cinco “tips” podemos alcanzarla al instante. Sin embargo, si observamos cómo viven los finlandeses, entenderíamos que la felicidad, tal como se mide en estos reportes, no es un estado de euforia constante, sino un equilibrio entre diferentes factores que promueven el bienestar y una vida con propósito. Son factores que bien conocemos quienes estamos viviendo la segunda mitad de la vida. A partir de las investigaciones de David Blanchflower de la Universidad de Darthmouth en Estados Unidos, este investigador fue quien describió la famosa “curva en U”, en la que el segundo pico corresponde a la segunda mitad de la vida, momento en el cual la satisfacción de vida suele ser alta según sus estudios.

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La felicidad no es un estado de euforia constante, sino un equilibrio entre los factores que promueven el bienestar y una vida con propósito

Sus investigaciones nos invitan a reflexionar sobre la importancia de adoptar hábitos que prioricen el bienestar físico, mental y emocional, porque estos, inevitablemente, terminan construyendo un bienestar social. Esto implica ser más conscientes de nuestras prioridades y, por encima de todo, aprender a valorar lo esencial en lugar de lo material. Por supuesto, este enfoque no depende únicamente de nuestras decisiones individuales; también es fundamental el rol de las políticas públicas. Un gobierno comprometido con el bienestar debe fomentar una cultura de apoyo mutuo y colaboración comunitaria, promoviendo entornos donde las personas puedan prosperar tanto a nivel personal como social. Sin embargo, a nivel individual, podemos comenzar por reflexionar sobre nuestras propias elecciones diarias, priorizando aquello que realmente contribuye a una vida equilibrada y significativa.

¿Por qué digo que esto es importante? Porque muchas veces escuchamos a personas preguntarse: “¿Hay que ir a vivir a Finlandia para ser feliz?”. La clave no está en idealizar un lugar o una cultura, sino en reflexionar sobre qué podemos aprender de ellos y, más importante aún, cómo podemos adaptar esas enseñanzas a nuestra propia idiosincrasia, forma de vida y pensamiento personal. La felicidad no es un destino geográfico, sino un equilibrio que cada uno puede construir desde su entorno.

El Bien-estar no depende únicamente del lugar donde vivimos, sino de cómo vivimos y, sobre todo, de cómo contribuimos al bien-estar de quienes nos rodean. Este es uno de los elementos clave que comparten los países más felices: la comprensión y necesidad de una construcción colectiva.

Cada uno de nosotros puede estimular, de manera consciente, aspectos fundamentales como las relaciones sociales, el propósito y el sentido de vida, la salud física y mental, y la libertad para tomar decisiones. Estas son cuestiones profundamente personales, pero que, en nuestro caso, y a diferencia de los finlandeses, deberían complementarse con ciertos valores culturales que nos son propios, como la resiliencia, la fortaleza, la modestia, la satisfacción con lo esencial y el enfoque en la comunidad. Estos valores forman parte de nuestro bagaje y pueden ser un puente hacia un bienestar más auténtico y sostenible. El bienestar no es un logro externo, sino un estado que cada uno puede cultivar a través de sus elecciones y su forma de vivir.

David Blanchflower, de la Universidad de Darthmouth, EEUU, postula una “curva en U”, en la que el segundo pico corresponde a la segunda mitad de la vida, momento en el cual la satisfacción de vida suele ser alta según sus estudios (Imagen Ilustrativa Infobae)

En este sentido, nuestra capacidad para generar conexiones significativas, para apoyar y ser apoyados, y para contribuir de manera activa a nuestro entorno juega un papel esencial. La felicidad no es un estado aislado, sino un equilibrio entre nuestras decisiones personales y el impacto que estas tienen en la comunidad que nos rodea. Finlandia nos enseña que el poder de la simplicidad, la equidad y la conexión con la naturaleza no se encuentra en los lujos, sino en garantizar que cada persona tenga acceso a una vida digna, tiempo para disfrutar y un entorno que fomente la paz y la estabilidad. Este enfoque nos invita a reflexionar sobre cómo el bienestar puede construirse desde lo esencial, priorizando aquello que realmente importa.

En América Latina, a pesar de los desafíos, tenemos la oportunidad de repensar nuestra vida social y cultural para encontrar el bienestar en lo cotidiano. Podemos aprender que la verdadera riqueza no está en acumular, sino en construir relaciones significativas y en valorar la sencillez. Es fundamental que comprendamos que la felicidad no es un destino final, sino la calidad del viaje que emprendemos día a día, en cada elección, en cada interacción y en cada experiencia que nos conecta con los demás y con nosotros mismos.

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