El interés por optimizar la salud y prolongar la calidad de vida ha impulsado la adopción de nuevas estrategias entre quienes atraviesan la adultez mayor. La nutricionista Carolina Sosky —autora, docente y referente en divulgación científica con más de 400 mil seguidores en redes sociales— destaca que el biohacking se ha consolidado recientemente como una propuesta diferenciada para la generación silver, combinando medición personalizada y evidencia científica para transformar los hábitos cotidianos.
Esta tendencia responde a la creciente disponibilidad de tecnologías, análisis específicos y herramientas que permiten un seguimiento objetivo de variables como glucemia, perfil lipídico o composición corporal, lo que redefine la manera de enfocar la longevidad y el bienestar en América Latina.
Sosky define el biohacking desde la nutrición como el uso intencionado de estrategias alimentarias y de estilo de vida orientadas a optimizar funciones medibles del organismo.
Estas funciones incluyen metabolismo, niveles de inflamación, rendimiento cognitivo y capacidad de recuperación, siempre bajo el control de indicadores concretos. A diferencia de los enfoques tradicionales, la personalización es la regla: se realizan pequeños ajustes, controlando una variable a la vez y midiendo el resultado en el organismo real de cada persona.
La clave del método radica en la medición sistemática. Sosky afirma que la diferencia fundamental con los modelos clásicos es que aquí “el énfasis está en la personalización basada en datos y no solo en recomendaciones generales”. El método evita las fórmulas universales y privilegia la experimentación controlada, especialmente relevante para quienes buscan mantener o mejorar la salud en la adultez mayor.
Cuando el biohacking se practica con rigurosidad científica y basado en la fisiología, puede traducirse en pequeñas modificaciones comprobables: ajustar la distribución diaria de proteínas, mejorar la calidad de los hidratos de carbono o coordinar los horarios de comida con el descanso nocturno. Estas intervenciones, sostiene Sosky, tienen efecto directo sobre la adherencia a nuevos hábitos, la prevención y la mejora sostenida en marcadores de salud.
No obstante, advierte sobre el riesgo de trivializar el concepto. En sus palabras, cuando el biohacking “se banaliza o se presenta como una solución rápida y universal, pierde rigor y se transforma en marketing con promesas exageradas que no siempre tienen sustento científico”. La frontera entre intervención profesional y propuesta comercial se diluye si no se prioriza la evidencia y el seguimiento individualizado.
El auge del biohacking en países como Argentina y otras naciones latinoamericanas tiene raíces en factores tecnológicos, económicos y culturales. Sosky subraya que el surgimiento de dispositivos como wearables: relojes, anillos o aplicaciones de salud, ha masificado el acceso al monitoreo de datos fisiológicos. Estas herramientas ya no se limitan a contar pasos: permiten registrar “calidad de sueño, niveles de actividad física, frecuencia cardíaca, estrés” y la respuesta ante distintas variaciones nutricionales, con una precisión hasta hace pocos años reservada a laboratorios especializados.
La oferta de análisis de laboratorio más precisos y el acceso a dispositivos de seguimiento han revolucionado el modo en que las personas pueden observar, casi en tiempo real, el impacto de sus hábitos diarios en la salud. A esto se suma el crecimiento del mercado de suplementos —como colágeno, magnesio o adaptógenos— y el discurso en torno a la optimización del cuerpo, una tendencia que acompaña la búsqueda de bienestar y rendimiento mejorado en todas las edades.
Sosky señala como motor adicional la insatisfacción con los sistemas de salud tradicionales, que mantienen el foco en el tratamiento de enfermedades y no en la prevención integral. Para muchos, el biohacking ofrece una alternativa: “probar, medir, corregir los hábitos en función de datos concretos”, siempre y cuando se mantenga el criterio científico y se eviten atajos simplificadores.
En su práctica y comunicación pública, Sosky logró posicionar el tema entre las inquietudes de los silver. La nutricionista insiste en que los resultados solo llegan al combinar “medición objetiva, ajustes a medida y continuidad”, evitando la adopción irreflexiva de modas.
Este cambio de paradigma —del control externo y la generalización al autoconocimiento y la personalización— resume por qué el biohacking se afianza como tendencia en los adultos mayores de la región, y cuál es el desafío: garantizar su aplicación como un proceso profesional y validado, lejos de promesas mágicas y cerca de la ciencia aplicada a la vida diaria.
―¿Qué hábitos alimentarios tienen mayor impacto en la longevidad y el rendimiento físico y mental?
―En general son aquellos que pueden sostenerse en el tiempo. La evidencia científica muestra que una alimentación basada principalmente en alimentos reales, con bajo consumo de ultraprocesados, azúcares añadidos y grasas trans, se asocia a una mejor salud metabólica y a menor riesgo de enfermedades crónicas. Patrones como la dieta mediterránea, caracterizada por un alto aporte de verduras, frutas, legumbres, proteínas de calidad y grasas saludables, se vinculan de forma consistente con menor inflamación y mejores indicadores de salud a largo plazo.
En este sentido, no se trata de un alimento aislado ni de estrategias extremas, sino de construir una base nutricional sólida que el organismo pueda sostener durante décadas y que acompañe el proceso de envejecimiento con mayor funcionalidad y calidad de vida. Para el rendimiento físico y mental, además, hay dos ejes prácticos especialmente relevantes.
Por un lado, asegurar una ingesta adecuada de proteínas y distribuirlas correctamente a lo largo del día, lo que resulta clave para preservar la masa muscular, favorecer la recuperación y mantener la saciedad y la energía. Por otro, priorizar el consumo de fibra y compuestos bioactivos como los polifenoles, presentes en frutas, verduras, legumbres y aceite de oliva, que contribuyen a una microbiota intestinal más saludable, a una regulación más estable de la glucemia y a una menor inflamación de bajo grado, con impacto directo en la función cognitiva y el rendimiento diario.
La dieta mediterránea y el paso del tiempo
La especialista afirmó que la evidencia científica sobre la relación entre alimentación antiinflamatoria y salud a largo plazo es consistente y se basa en patrones sostenidos en el tiempo, como la dieta mediterránea, asociados con menor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, deterioro cognitivo y mortalidad total.
Indicó que estos beneficios se explican, en parte, por su efecto sobre la inflamación crónica de bajo grado y por mejoras en marcadores como la proteína C reactiva y el perfil metabólico, especialmente en personas con riesgo cardiometabólico. Señaló que, mantenido en el tiempo, este patrón reduce eventos a largo plazo.
Remarcó que no se trata de consumir alimentos aislados, sino de sostener un esquema alimentario basado en productos mínimamente procesados, con fibra, grasas insaturadas y compuestos bioactivos, y con menor presencia de ultraprocesados y azúcares añadidos. Añadió que su impacto se consolida cuando se integra a un estilo de vida saludable.
―¿Qué opinión tiene sobre prácticas como el ayuno intermitente o la dieta cetogénica dentro del biohacking?
―Pueden utilizarse como herramientas dentro del biohacking, pero no son universales ni indispensables. Su utilidad depende del contexto clínico, del perfil de la persona y del objetivo que se busque, y no deberían presentarse como estrategias válidas para todos.
En el caso del ayuno intermitente, la evidencia disponible muestra beneficios modestos sobre el peso corporal y algunos marcadores cardiometabólicos, que en muchos estudios resultan comparables a los de la restricción calórica tradicional cuando la calidad de la dieta y la ingesta total de calorías son similares. En la práctica, el principal mecanismo de efecto suele ser una mejor adherencia y una reducción espontánea del consumo calórico, más que un beneficio metabólico “mágico”. Además, los datos de largo plazo en población general son limitados y los resultados varían según el protocolo utilizado, el contexto clínico y, sobre todo, qué se come dentro de la ventana de alimentación.
La dieta cetogénica, en cambio, sí cuenta con evidencia robusta en indicaciones específicas, como la epilepsia refractaria, especialmente en población pediátrica. Fuera de esos contextos, trasladarla como una “dieta óptima” para toda la población no está justificado desde la evidencia. En algunos perfiles puede ser útil a corto plazo, por ejemplo, para control glucémico o descenso de peso bajo supervisión, pero requiere evaluación clínica, planificación cuidadosa y seguimiento, ya que la respuesta metabólica y lipídica es muy variable. En ciertas personas, incluso, puede observarse un aumento de LDL o ApoB.
Desde una mirada profesional, el error no está en la estrategia en sí, sino en aplicarla como una receta universal. Dietas bajas en carbohidratos, altas en grasas, vegetarianas o cetogénicas pueden funcionar muy bien en algunas personas y resultar contraproducentes en otras. Esto se observa con frecuencia en adultos mayores, donde alguien puede “comer perfecto” según las reglas, pero presentar fatiga, inflamación persistente, alteraciones del sueño o desregulación glucémica.
El ayuno no es un dogma
La especialista planteó que el timing nutricional requiere un abordaje específico y advirtió que el ayuno no debe adoptarse como un dogma. Señaló que los ayunos prolongados o mal indicados pueden resultar contraproducentes, en especial en población adulta mayor, en contextos de alto estrés, baja masa muscular o desequilibrios hormonales. En esos casos, indicó que suele ser más beneficioso trabajar con ventanas de alimentación razonables, asegurar una adecuada ingesta proteica y energética luego del ejercicio y optar por cenas más livianas que favorezcan el descanso y la recuperación.
En relación con la suplementación, advirtió que su uso sin control profesional no es inocuo y conlleva riesgos. En primer lugar, mencionó el exceso: explicó que muchas personas asumen que lo “natural” no genera daño, cuando en la práctica se observan efectos adversos por dosis innecesarias o sostenidas, sobre todo con vitaminas liposolubles y minerales. En segundo término, señaló las interacciones con medicamentos o patologías preexistentes, una situación frecuente en adultos mayores. Por último, destacó la falsa sensación de seguridad, ya que algunos recurren a suplementos para compensar hábitos deficientes que no pueden ser reemplazados por estos productos.
Desde su experiencia clínica, Sosky sostuvo que la suplementación debe responder a un objetivo fisiológico concreto y aplicarse con criterio. Indicó que, en determinados casos, puede ser útil priorizar nutrientes con evidencia y alta prevalencia de déficit, como la vitamina D, el magnesio, los ácidos grasos omega 3, el zinc y, en situaciones específicas, la creatina, tanto para el rendimiento físico como para la preservación de la masa muscular y la función cognitiva. Concluyó que la clave es que estas estrategias se definan según el contexto clínico, la alimentación, la etapa de vida y los objetivos de salud de cada persona.
―¿Qué rol cumplen los datos biométricos y la tecnología en la personalización de la alimentación?
―Cumplen un rol valioso en la personalización de la alimentación cuando se entienden como herramientas para la toma de decisiones, y no como soluciones automáticas. La base sigue siendo la evaluación clínica tradicional: biomarcadores como glucemia y HbA1c, perfil lipídico, presión arterial, composición corporal y, según cada caso, niveles de hierro, vitamina B12 o vitamina D. Estos datos permiten establecer un punto de partida y definir objetivos concretos.
Los dispositivos tecnológicos y wearables aportan un complemento importante, ya que brindan información sobre el comportamiento cotidiano: horas y calidad de sueño, nivel de actividad física, frecuencia cardíaca, variabilidad cardíaca o respuesta al estrés. Su principal valor es que hacen visible información que muchas veces pasa inadvertida y, de ese modo, pueden mejorar la adherencia a los cambios de hábitos.
Sin embargo, los datos por sí solos no alcanzan. Se necesita criterio profesional para traducir esa información en acciones útiles. La tecnología aporta valor cuando responde a una pregunta clínica clara: identificar patrones, evaluar la respuesta a una intervención nutricional o ajustar estrategias de manera personalizada. También tiene límites. En personas sin diabetes, por ejemplo, el uso rutinario de ciertos dispositivos de monitoreo puede inducir a interpretaciones erróneas si los datos no se analizan en contexto.
―Más allá de la dieta, ¿qué peso tienen el sueño, el ejercicio y el manejo del estrés en este enfoque?
―Factores como el sueño, el manejo del estrés, la respiración, la exposición a la luz, el movimiento diario y la salud intestinal tienen un impacto igual o incluso mayor sobre la salud que la alimentación en sí misma. Todos estos elementos regulan procesos fisiológicos centrales como el apetito, la sensibilidad a la insulina, la inflamación, la recuperación y la función cognitiva, y determinan en gran medida cómo el cuerpo responde a cualquier estrategia nutricional.
El movimiento regular, que combine actividad aeróbica, fuerza y movilidad, es clave para preservar masa muscular, funcionalidad y salud cardiometabólica a lo largo de los años. De la misma manera, el sueño —tanto en cantidad como en regularidad— cumple un rol fundamental en la regulación metabólica, el equilibrio hormonal y el rendimiento mental. Dormir mal o de forma irregular altera estos sistemas y limita los beneficios de una buena alimentación.
El manejo del estrés y la respiración consciente influyen directamente sobre el sistema nervioso y el eje neuroendocrino. El estrés crónico, sostenido en el tiempo, puede perpetuar un estado inflamatorio de bajo grado, afectar la calidad del sueño y favorecer conductas alimentarias desordenadas. Estrategias simples orientadas a regular el sistema nervioso pueden tener un impacto significativo en el bienestar general y en factores de riesgo cardiometabólico.
La exposición adecuada a la luz natural, especialmente durante la mañana, ayuda a sincronizar el ritmo circadiano, lo que repercute positivamente en el sueño, el metabolismo y la energía diaria. A su vez, la salud intestinal actúa como un eje integrador entre alimentación, inflamación, sistema inmune y función cerebral, reforzando la idea de que la nutrición no actúa de forma aislada.
En la práctica clínica, esto se observa con claridad: dormir mal, vivir en estrés constante o moverse poco puede neutralizar incluso el mejor plan nutricional. En un enfoque de biohacking serio, la longevidad y el rendimiento se construyen integrando alimentación, descanso, movimiento y regulación del sistema nervioso. Sin estas bases, no existe una “dieta perfecta” que logre compensar el desequilibrio.
Los principales mitos o errores sobre biohacking
Sosky advirtió que en redes sociales se confunde ‘optimización’ con restricción extrema, sin evaluación clínica ni contexto, y se demonizan alimentos o se sobredimensionan datos biométricos aislados. Señaló que también persiste la idea de que la suplementación puede reemplazar hábitos básicos, cuando la variabilidad individual exige abordajes personalizados y con criterio profesional.
“Otro mito frecuente es la sobreinterpretación de los datos biométricos. Se toman valores aislados, como un pico de glucosa o un registro puntual de un wearable, y se los convierte en conclusiones absolutas”, agregó.
“Las redes sociales además suelen promover promesas de resultados rápidos y universales, cuando en biología humana la variabilidad individual es la regla. Esto se traduce en protocolos extremos aplicados sin criterio profesional, incluso en personas con antecedentes que requieren especial cuidado, como trastornos de la conducta alimentaria, hipoglucemias, embarazo o alteraciones tiroideas”, dijo.
Para Sosky el biohacking útil se asemeja a una medicina del estilo de vida basada en métricas y autoconocimiento, con el objetivo de preservar masa muscular, función cognitiva, salud metabólica y energía, especialmente en mayores de 50 años.
Como cierre, la nutricionista recomendó tres cambios sostenibles: adoptar un patrón de alimentación tipo mediterráneo con alimentos reales y pocos ultraprocesados; mantener la masa muscular mediante proteínas adecuadas y entrenamiento de fuerza; y priorizar el sueño regular como base de la regulación metabólica y la recuperación. Concluyó que la mejora de la salud no depende de rutinas extremas, sino de hábitos simples, medibles y sostenidos en el tiempo.