La llamada le avisó que estaba despedido. Sus padres estaban en la habitación y Gerardo Cea se fue al baño. Frente al espejo, se puso a llorar: no sabía dónde conseguir otro trabajo. Ese mismo día, según recordó, salió rumbo al cine y encontró un local en alquiler. Detrás de la vidriera estaban las dos paredes verdes que había imaginado para su restaurante. Al día siguiente lo alquiló.
La escena forma parte de la historia de Café Prima Pasta, el restaurante de Miami Beach que abrió en 1993 y por cuyas mesas pasó Lionel Messi. En una conversación con Evangelina Ortiz para Planes, Cea, conocido como Gerry, volvió sobre los años en que su familia había agotado el dinero de un departamento vendido en la Argentina. El deseo de devolverles a sus padres lo que habían perdido fue el impulso para abrir el negocio.
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El departamento que financió la partida
Cea nació en Palermo. Durante su infancia, sus padres trabajaron un año en Estados Unidos para reunir el dinero con el que comprarían una vivienda propia; él se quedó con su abuela. Aquella propiedad volvió a definir el futuro familiar cuando quiso emigrar a los 18 años: sus padres resolvieron venderla y acompañarlo.
Llegaron a Miami, donde tenían familiares, pero un tío le consiguió una oportunidad en Nueva York. Gerry empezó a trabajar en un restaurante y sus padres se reunieron con él poco después. Vivía en Astoria, Queens, y trabajaba en Manhattan. Según relató, hacía turnos al mediodía y a la noche. Después de dos años regresaron a Miami, donde la falta de continuidad laboral volvió más difícil sostener los gastos.
La familia trabajaba en gastronomía: su padre en las cocinas, su madre en panadería y repostería, y él en la atención al público. Sin embargo, los ingresos no alcanzaban para asegurar estabilidad. “Se nos va el dinero de ese departamento y quedamos sin nada”, recordó. La nostalgia también tenía un costo: cuando sobraba algo, procuraban pagar un pasaje para recibir a sus hermanos o a un amigo.
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Ante la pregunta de Ortiz sobre la posibilidad de volver a la Argentina, habló del peso de haber propuesto la mudanza. “Tenía una mochila muy grande”, explicó. Sus padres habían vendido la casa para seguirlo y sentía que debía encontrar una salida. La idea de un pequeño restaurante surgió en ese contexto, con la cocina familiar como principal recurso.
Dos paredes verdes y una primera noche de incertidumbre
Antes de encontrar el local, Gerry había imaginado dos paredes verdes, fotografías en blanco y negro y mesas. En la entrevista aclaró que nunca supo si aquella imagen había sido un sueño o algo que había vivido. Por eso le llamó la atención reconocerla cuando, después del despido, caminaba hacia el cine. “Este es el lugar”, se dijo, según recordó.
El alquiler costaba mil dólares mensuales, contó. El espacio ya había funcionado como restaurante y tenía cocina y baños; compró sillas y algunas mesas usadas, además de vajilla y cubiertos económicos. Sus padres se hicieron cargo de la cocina. Para él, la meta inicial era concreta: con veinte comensales, calculaba que podía pagar la renta y dejar algo de dinero para los tres.
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El nombre apareció cuando el salón ya estaba armado: había pensado en Open Pasta, pero una noche, al cruzar un puente, se le ocurrió Prima Pasta. Al día siguiente consultó si estaba disponible. Un cartel anunciaba el futuro restaurante italiano y descontaba los días hasta la apertura.
La expectativa no evitó la angustia del estreno. A las seis de la tarde no había llegado nadie. Cerca de las siete vio estacionar autos y se preguntó si sus ocupantes irían al cine vecino. Cuando empezaron a entrar al restaurante, llamó a sus padres para que se prepararan. El balance que conserva de esa noche distingue la capacidad del salón del servicio que lograron hacer: “Con 28 sillas hicimos 48 personas”.
La pasta de Messi y el cuidado de la mesa familiar
Al explicar qué busca sostener con los años, Gerry puso el servicio en primer lugar: recibir bien a quien entra, procurar que esté cómodo y agradecerle cuando se va. Habló también de los clientes que llegan solos y encuentran allí un trato conocido. “Para mí Prima Pasta siempre fue mi casa”, dijo. Esa es la idea que intenta transmitirle al equipo cuando pide que atiendan a cada visitante como a un familiar.
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En ese marco contó sus encuentros con Messi. Destacó la sencillez del futbolista y recordó que prefería entrar y salir por la puerta principal. En una de esas salidas, según relató, lo advirtió sobre las personas que lo esperaban afuera. Messi dejó que su familia avanzara hacia el auto y se quedó saludando.
Sobre la comida, identificó un pedido que el jugador repitió: pasta rellena de ricota y espinaca con salsa rosada. La elección llegó a despertar la curiosidad de Rodrigo, uno de sus hermanos, quien le preguntó qué pasta comía Leo. Con los años y las visitas de toda la familia, Gerry empezó también a preparar pequeñas porciones de distintos platos, entre pastas, risotto y milanesa, para compartir.
La atención de los chicos ocupa un lugar especial en su relato. Recordó pedidos de pasta con albóndigas y la importancia que le daban a que la comida llegara rápido. Su método es tomarles la orden enseguida y consultar con los padres si prefieren servirles antes o junto con el resto de la mesa. Ortiz observó que esperar suele ser lo más difícil para los niños.
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Las guitarras de Lenny Kravitz y el último encuentro con Cerati
Gerry situó el comienzo de su relación con Lenny Kravitz en 1998, frente a una estación de servicio. Cruzó a preguntar si vendían un auto antiguo y, según contó, reconoció al músico por un tatuaje que recordaba de un disco. Kravitz ya pedía comida en Prima Pasta. Un contacto posterior de su secretaria dio continuidad al vínculo. Con los años, Gerry llegó a prestarle una guitarra para una gira; al recordarlo, destacó su trato con la familia.
Con Gustavo Cerati, en cambio, la primera impresión había sido de distancia. Era tranquilo, saludaba y hablaban poco. Después se hicieron amigos: Gerry recordó que podía llegar a las cinco de la tarde aunque tuviera una cita a las ocho, y quedarse conversando con él. De aquellos encuentros conserva una foto en la que también estaban Luciano Pereyra, Diego Torres y su hijo con una guitarra. La escena, según contó, transcurría entre música de Michael Jackson y una reunión familiar.
Al evocar la última vez que vio a Cerati, describió una invitación sencilla. Lo había notado cansado después de un show en Miami y le propuso volver al día siguiente para comer una sopa de vegetales. El músico fue. Más tarde, cuando Gerry pensaba retirarse sin interrumpir a quienes se acercaban a saludarlo, se lo encontró afuera, fumando solo.
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Se dieron un abrazo que, según dijo, había sido distinto de sus saludos habituales. Gerry evocó el intercambio de agradecimientos por el show y por la sopa. Después se alejó, miró hacia atrás y vio que Cerati lo estaba mirando. “Y esa fue la última vez que lo vi”, recordó. La guitarra que había firmado en otra ocasión quedó entre los objetos que conserva de esa amistad.
Una clienta que ya no podía pagar y la decisión de no expandirse
La cercanía con quienes comían allí también intervino en sus decisiones comerciales. Gerry recordó que, después de la crisis de 2008, se encontró en un supermercado con una clienta que le dijo que el restaurante se había vuelto demasiado caro para ella. La respuesta que ideó, según contó, fue ofrecer un descuento del 50% sobre el menú entre las cinco y las seis de la tarde. La medida nació de esa conversación cotidiana.
La posibilidad de abrir otros locales apareció varias veces a lo largo de los años. En la entrevista explicó que había visto negocios perder calidad al expandirse y que eso le generaba temor. Además, el restaurante que ya tenía le permitía sostener a su familia y a un equipo que describió como de sesenta personas. “Me va tan bien con uno”, resumió. Su pregunta era qué necesitaba comprar o conseguir para justificar ese paso.
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Esa elección convive con una operación que, según explicó, sigue mucho después de que se retiran los comensales: elaboración de pasta fresca, limpieza y preparación para el día siguiente. También con la incorporación de su hijo Lucas y su sobrino Nicolás. Al hablar de ellos, valoró que aportaran otra mirada y que conocieran distintas áreas del negocio. La continuidad familiar y una eventual venta aparecen como posibilidades, sin una decisión cerrada.
Cuando Ortiz le preguntó qué significaba el éxito, volvió a sus padres. Lo asoció con devolverles lo que habían perdido, ayudarlos a tener nuevamente su departamento y asegurarse de que estuvieran bien. “Gracias a ellos yo pude hacer ese restaurante”, afirmó. Para Gerry, la atención que podía ofrecer en el salón dependía también de la comida que ellos preparaban en la cocina.
Su balance termina en una imagen cotidiana: llama a sus padres y su papá le pregunta cómo estuvo Prima Pasta la noche anterior. Después de la casa vendida, los trabajos inestables y el salón vacío de aquella primera hora, el negocio sigue siendo una conversación familiar. Eso explica el límite que pone a la expansión: con lo que construyó, dice, ya tiene suficiente.
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