La creencia instalada dice que las advertencias serias sobre la inteligencia artificial vienen de afuera de la industria: académicos, reguladores, sindicatos. Bill Gates acaba de dinamitarla desde adentro. Este miércoles, el cofundador de Microsoft publicó en su sitio personal un ensayo de casi 6.000 palabras y lo acompañó con entrevistas en The New York Times, Axios, CNN y Semafor. El corazón del texto no es una propuesta técnica. Es una acusación: los que construyen esta tecnología saben lo que viene y eligieron no decirlo.
Le contó a The New York Times cómo suena ese pacto de silencio. Los que entienden qué tan buena es la tecnología, y cuánto mejora cada mes, están muy preocupados en privado. Pero entre ellos la consigna es otra: “Oye, no digas eso. Es malo para nosotros, para el próximo billón de dólares que estamos tratando de levantar”. A Semafor le agregó su propia sorpresa: “Estoy en shock de ser casi el primero en decir que esto es una locura. Me ensordece el silencio”.
Lo que vuelve grave la acusación es que la industria ya había definido sus propias líneas rojas. Durante años, explicó Gates a GeekWire, los referentes del sector señalaron umbrales donde prometían frenar y pensar: facilitar la creación de un arma biológica, abaratar un ciberataque, construir máquinas de las que la gente dependa emocionalmente, eliminar empleos en masa, perder el control de la tecnología. “Estamos en proceso de cruzar cada uno de esos umbrales”, dijo. Y nadie pisa el freno primero: la respuesta típica que escucha es que si los demás bajaran la velocidad, quizás yo también.
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Su pronóstico tampoco deja margen. “Lo bueno avanza lento y, salvo los robots, diría que lo malo es inminente”, le dijo a Axios. En el rumbo y la velocidad actuales, calcula “una probabilidad muy alta de un resultado neto negativo”.
Gates quiere una reserva natural para trabajadores
La propuesta central del ensayo se llama “Human Reserved”, reservado para humanos: empleos que la sociedad decide dejar a las personas aunque las máquinas puedan hacerlos. La analogía que usa es la de las reservas naturales, lugares donde se podrían construir rutas y edificios pero se elige no hacerlo porque la pérdida sería mayor que la ganancia.
Piensa en el cuidado infantil o los jurados como territorio humano sin discusión, y en la salud y la educación como zonas mixtas, donde el profesional conserva su lugar y usa IA para rendir más.
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La reserva tendría dos formas. Algunos oficios quedarían para siempre en manos humanas. Otros recibirían una protección temporal, pensada para quienes no llegan a reconvertirse: no se le puede pedir a alguien de 55 años que pasó su vida en la construcción que se recicle en enfermería.
El otro instrumento es fiscal. Hoy, contratar a una persona implica pagar cargas laborales; comprar un robot se deduce como equipamiento. “El sistema impositivo te empuja a reemplazar personas con máquinas”, escribió. Su respuesta: gravar los tokens de IA (las unidades de texto que estos sistemas procesan) y los robots. Él mismo dimensiona lo que pide: “Hablo de un cambio al sistema impositivo mayor que cualquiera en mi vida, en el momento de mayor polarización política de mi vida”. Ya propuso un impuesto a los robots en 2017 y los economistas lo recibieron con frialdad.
El plan más protector deja al 60% afuera
Ahí está el número que casi nadie miró. Gates intentó calcular cuánto empleo podría preservarse con su esquema y llegó a un techo: en la versión más agresiva, alrededor del 40% de los puestos de trabajo. Traducido: el plan más proteccionista que hoy circula en la industria asume que seis de cada 10 trabajadores quedan a la intemperie. Y su diagnóstico es cerrado: “No hay ningún plan para facilitar la entrada a la era de la IA”.
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La noticia, entonces, no es que Gates tenga un plan. Es que el hombre que fundó la industria del software moderno admite que la mano invisible no va a resolver esto, y que sus colegas lo saben y lo callan. Cuando el optimista original de la tecnología pide reservas para humanos, la discusión sobre si la IA destruye empleo ya terminó. Lo que empieza ahora es la negociación sobre cuántos quedamos adentro de la reserva.
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